»O sea, que volví a atizarle. Y esto es lo que ocurrió: Yo había dejado que me atara a la cerca del prado (esto ocurría en la granja que tengo cerca de Balbriggan). Y lo primero que se le ocurrió fue decirme que no había sido Tony Eist quien me la había jugado en España. ¡Que había sido él, Keith el Serpiente! Así que le dije: “Eres un traidor. Hazme lo que quieras, compañero. Pero sin navaja, ¿vale?” Y Keith el Serpiente dijo: “Vale.” ¿Y qué crees que fue lo que hizo? Me atacó con la jodida guadaña. Allí, en paños menores, gritando como un poseso. Y me dejó revolcándome en mi propia sangre. Sólo en el pecho tuvieron que darme más de doscientos puntos. Un corte va desde la oreja, cruzando la mejilla, por debajo de la nariz, pasa por encima de la boca, atraviesa la mandíbula y llega hasta el cuello. [ Clic. ] Me rajó también mis partes, incluso. Hasta tan abajo llegó. ¡Ah, Keith, muchacho…! ¿Qué te sucedió? [ Clic. ] Jamás entenderé por qué no remató el trabajo, cuando nada se lo impedía. ¿Se volvió loco, o qué?
»Después de una corta estancia en Paraguay, Argentina y Brasil, por fin me he instalado en el sur de California. Y si mi nombre apareció alguna vez en los periódicos, fue por la foto de un vejete sentado junto a una piscina en Río, con una copa de champán en la mano y una fulana mulata en las rodillas. Pero ése es mi hermano Fred, y ningún sujeto lo ha tenido más fácil en la vida que él, con la pensión que le paso. Mi historial aquí, en el sur de California, está absolutamente limpio… y…, bueno, he hecho otra fortuna en la industria del vídeo doméstico. Por completo legítima. [ Clic. ] Así que, si desea ver a una reina de la belleza metiendo la cabeza por el culo de una jirafa, o al revés, estaría encantado de mostrársela. [ Clic. ] He dedicado cuantiosos fondos a obras de caridad, y desempeño el cargo de tesorero de la asociación local de ciudadanos.
»Ya ve… No soy un mal tipo, en realidad, una vez sabido y dicho todo. Yo diría incluso que soy el hombre más encantador de la tierra… Ya sabe, a la hora de entrar en el coche, siempre “Después de ti, querida”. En las tiendas, “Buenos días a todos” y “Que Dios los bendiga”. He vivido según mis propias reglas… y, sí, ¡pobre de quien las quebrante! Soy el que soy. Jo es Jo. Éste es el camino que he seguido. El juego al que he jugado. Sí…, justamente el juego al que he jugado.
»Y ahora, hablemos de negocios.»
Un grueso tábano se materializó de pronto entre los moteados nudillos de su mano derecha. Bajó despacio la izquierda hacia la funda con los aerosoles.
– Esto no te va a gustar, no te gustará, amigo…
Inclinó el cuerpo hacia delante para respirar de lleno la fragancia del propelente. Como ocurre con un ambientador barato, trataba de ocultar la esencia negativa de todos los olores. Se le humedecieron los ojos: aquello lo tiraba de espaldas.
Fue como la asfixiante dulzura de una celda nueva a la que acaban de arrojarte. Olor a detergente perfumado, librando una batalla perdida contra los fluidos de otro hombre, el miedo de otro hombre.
Clint Smoker se había sentado, de momento, en un bar-granja del Ignacio Boulevard. Escribió: «Algunas sedicentes quinceañeras se ponen a dar gritos de que han sido violadas después de haber pasado un buen rato retozando en una cuneta con un chico algo mayor que ellas.» Borró lo escrito: tenía que apresurarse… Esperaban su visita, hora y media más tarde, en Producciones Karla White, en Inocencio Drive… No, tenía que reconocerlo: él, Clint Smoker, estaba viviendo la oportunidad de su carrera periodística. Aquella mañana había entrevistado a un macarra llamado DeRoger Monroe en la estación de los autobuses Greyhound de Lovetown, y escribió una admirativa semblanza. Mientras vertía en su Coca-Cola una bolsita de azúcar tras otra, DeRoger le había contado cómo funcionaba la cosa: les decías a todas que iban a ser superestrellas, y, entre tanto, te dedicabas a consumir drogas duras con otros macarras. Luego, cuando las chicas habían perdido hasta el último diente, las “llevaban a Florida”: les daban una paliza final y las arrojaban de un puntapié a la calle… Dentro de un rato, Clint mantendría su entrevista con Karla White. Y, más tarde, tenía la apetecible perspectiva de una hora con Dork Bogarde. Para hacérsele la boca agua a cualquiera.
Pero no se trataba sólo del reportaje de Clint. Habría que mencionar las editoriales que escribiría a su vuelta, los artículos de pensamiento, de «culto virtual», del Perro Callejero, como lo había descrito Strite. Ahora escribió:
• Y por eso alguna espabilada reina del hielo busca compensación al «acoso sexual» tras dejar su trabajo después de un rato de inocentes bromas alrededor del refrigerador de agua.
Ha sacado ya unas pocas libras por su ropa hecha trizas y sus pagos al dentista.
Y ahora pretende llevar a los tribunales a esos nueve muchachos por «daños emocionales».
Bueno…, no va a reconocerlo, ¿o sí?
No va a decir: «¡Me gustó a rabiar!»
El Perro Callejero ha consultado a todas las chicas a propósito de si las chifla recibir una palmada en el trasero.
Y no me digan que hay una sola de ellas que, estando a solas en el ascensor, le haría ascos a un sano pellizco en los pezones.
Anda, aquí llega la vieja Marge, gruñendo y suspirando con su fregona y sus cubos.
Se ha arrodillado sobre sus lustrosas y enrojecidas rodillas, quejándose y gruñendo, con su enorme culo al aire.
Miradla, chicos, y animaos. ¿Dónde está la aguijada para espolear a las vacas?
Clint hizo una pausa y se quedó pensando. Karla White: las mejores tetas de Lovetown. Era cosa sabida. ¿Gafas oscuras? Correcto. Cerró los ojos, hizo otra pausa y siguió escribiendo:
• Y así un par de muchachos sacudieron a una anciana de Hammersmith, al tiempo que le quitaban el dinero de su pensión.
Está bien, muchachos, pero no volváis a hacerlo.
Y dejad en paz su instrumento, ¿vale?
Respetad las viejas fotos de la anciana de los ojos negros que retienen el tiempo.
Tiene sólo 77 años -una niña para los tiempos que corren- y es capaz de aprovechar las oportunidades como la que más.
Además, lleva ya mucho tiempo apestando el lugar, ¿no?
Cuando se ponen así, más les valdría estar muertas. Así que póngase pronto bien, Abuela…, si puede ser. Pero deje ya de quejarse. ¿Vale?
Una lucecita le indicó a Clint que acababa de recibir un e-mail; lo abrió enseguida:
kerido: todo fue maravillosamnt, maravillosamnt, con papá, yo siempre fui su favorit@, ya sabs qando era niñ@, él adrba por donde yo pisaba: y para él brillaba el sol d mi*… stuvo tan puntual cmo siempre y muy galnt con el ramo d flors y los toffes, siempre un prfecto caballro pra mí, llno de divertid@s histori@s acrca de sus amigas. yo le prparé su cmida favrit@ (callos & ssos), con vino a la luz d las vlas, pro luego la bomba, la catástrofe; a mi pdre le han diagsticdo cáncr. stoy absolutamnt dstrozada. k8.
¡Pobre pequeña !, pensó Clint. Aun así, esto puede resultarle ventajoso a un hombre. Hace que des gracias de no estar muerto.
Por una vez en la vida.
– Fucktown -comenzó Karla White-, en su fase actual, que podría estar llegando a su fin ahora con el fenómeno de Princesa Lolita, pudiera muy bien llamarse Hatefucktown. Porque ésta es la forma hoy dominante: el Jodiar. [32] Pero retrocedamos un poco.
– Permítame ver si este trasto…-dijo Clint, que dedicó a su grabadora una malevolente mirada.
– … La pornografía se controló a sí misma hasta la segunda parte de la anterior administración, cuando, como usted ya sabe, nos encontramos todos de pronto con que teníamos un presidente porno. Bajo esta porno-presidencia, la pornografía dejó de regularse a sí misma y entró en su etapa de Salò.
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