Cuando todo hubo acabado, la pasó de nuevo, empleando el mando a distancia. Contemplando pornografía, viendo practicar el sexo a otros (esto lo tenía muy claro), te estabas diciendo a ti mismo constantemente: No, no hagas esto…, haz esto otro, para, no pares, sigue, desiste… El espectador estaba inerme ante las dimensiones espaciales, pero el control remoto le daba poder sobre el tiempo. Haciendo uso de ese poder, Brendan se concentró en congelar los primeros planos del rostro de la actriz. Desde determinados ángulos, sí, se parecía mucho, tenía un gran parecido. Pero era mayor. No sólo un año mayor… Si Princesa Lolita tenía figura o forma, el poder era su leitmotiv. El ejercicio de ese poder era simbólico y demasiado complejo para ser percibido fácilmente: era el marginado que sujetaba a la princesa con un par de esposas de papel; o el noble español que la seguía a cuatro patas, conducido por una correa de gasa. Hasta que llegaba aquel momento final, cuando se rompía el equilibrio. El rostro sonriente, con semen de hombre goteando de él, colgando de él. A Brendan no le gustaba este espectáculo. Pero a su sangre, sí.
Con una dramática sensación de haber caído muy bajo, apretó finalmente la tecla de expulsión de la cinta. Por un instante alentó la absurda certeza de que la máquina retendría la casete (atrapando su contenido para posterior deleite… de Enrique, de Victoria), y él se vería obligado a arrancársela con uñas y dientes. Pero allí estaba, escupida a disgusto en el embaldosado suelo… De camino hacia su habitación, al doblar una esquina casi se dio de bruces con ella: con la princesa. Extendió ambos brazos en dirección a ella, para sostenerla o levantarla, y, al hacerlo, soltó lo que llevaba sujeto bajo el brazo. En clara contravención de todas las leyes de la vida (que exigen que todo objeto caído aterrice en el suelo con la cara más inconveniente hacia arriba), la casete de Princesa Lolita fue a descansar con la carátula boca abajo y casi sin hacer ruido sobre la gruesa piel que servía de alfombra. Aun así le dio tiempo a pensar que su abrigo y batín se abrirían ahora para revelar no ya el complemento obligado de su pijama, sino un par de calzoncillos largos, diligentemente acortados con las tijeras, y con las perneras aseguradas por cintas elásticas, que acaban justo encima de las rodillas.
– Lo siento mucho, señora. Perdonadme.
Victoria apretó contra sí su salto de cama. Era obvio que se dirigía al cavernoso baño que los tres compartían (junto con las conejeras y los arcos deportivos). Brendan esperó, mientras se recuperaba de su desconcierto, y la vio poéticamente pálida, tan pálida como la indecisa alborada que casi había amanecido ya sobre ellos. Pero lucía un rubor desigual y un tono rosado extendido por su labio superior y el tabique nasal que evidenciaba que no se había sentido bien -por supuesto no se había sentido bien- aquellas navidades y aquel largo mes de enero…
– Oh, no tiene importancia -dijo, y dio un paso para dar un rodeo. Pero, ya en la esquina, se volvió diciéndole-: ¿Sabes, Brendan…? Sólo hay una cosa que él pueda hacer.
– No comprendo, señora…
Victoria le hizo un gesto burlón con la mano, y desapareció.
Una hora después, Brendan seguía aún musitando a su almohada… ¿Cómo era la cosa? Oh, sí: trabajo. Es lo que estáis haciendo todos. Plantar cara a la situación, ¿no es eso? Y esforzándoos en salir del forzoso letargo de Ewelme… Trabajar es lo que hacen, y lo que los hace parecer tan viejos: lo que explica el cansancio de sus ojos. ¿Qué es la pornografía? ¿Sólo prostitución filmada? ¿O hay algo en ella más afín a los gladiadores? Los preservativos para protegerse…, al final no los conservan. Y la cara tiene agujeros… Gladiadores… Eran esclavos. Pero podían conquistar su libertad. ¿Qué te ha ocurrido exactamente?, se preguntaba a sí mismo. Me has matado, esclavo. Quédate con mi bolsa, villano. Y, si alguna vez prosperas, entierra mi cuerpo… Tori Fate cumplió diecisiete años el 3 de enero. El rodaje de Princesa Lolita se inició el 12 de enero, y comenzó a distribuirse el 19 de enero, el día después de que la historia de Victoria se reprodujo como por metástasis. Dificultad tras dificultad…, una sobre otra. Y eso explica el fenómeno. En el fondo de la mente, por razones nobles o viciadas, había una princesa virgen. Una muchacha de quince años… en todo su esplendor.
3. APOLOGÍA-2: KEITH EL SERPIENTE
– ¿Lo hiciste, querida? ¿Lo hiciste? ¿Te aseguraste de que mis flores estuvieran bien colocadas? Ah… ¿De verdad? ¿De verdad, querida? ¿Y dices que él va a venir aquí? ¡Espléndido, querida! Que Dios te bendiga.
Joseph Andrews dejó un instrumento y levantó otro. Clic .
«Recordando cuanto he hecho hasta este momento, pienso que tal vez haya podido dar una impresión errónea acerca de mí. Pensará usted que soy un tipo testarudo y todo eso…, y un poco testarudo sí soy a veces, ¡por mi propio bien! Y quizá no esté usted muy equivocado. El último día de mis dieciocho meses por [ clic ] Jesús… Oh, sí [ clic ] , por alteración del orden público…, viene a verme un tipo y me dice: “¿Echamos una carrera hasta el muro, amigo?” Habían puesto en el patio una mesa del comedor, y debía de medir como unos cinco metros de lado a lado, calculamos. Así que respondí que estaría encantado. Tanto más cuanto que ya me habían dado ropa de paisano. En una funda de almohada. Levantar la mesa junto al muro, subirse a ella y largarse. De hecho, la fuga duró sólo media hora, Y, por supuesto, una vez conseguían enchironarte de nuevo, te cargaban con una nueva condena. ¡Maldita sea…! ¿Adónde va a ir el oso, si no al bosque? Me echaron encima los dieciocho meses, de nuevo, más otros seis por el quebrantamiento de condena, más un año por lo que les hicimos a la pareja a la que le robamos su coche. Pero yo hubiera dicho entonces que echar una carrera hasta el muro era una buena idea, y lo haría otra vez. Has de mantenerte en forma, si quieres jugársela. Tienes que seguir pateando, como decimos allí. Pero entonces llega un día en que… la prisión es como el mar. Ya puedes ser el mejor nadador que haya existido nunca, y seguir pateando, pateando y pateando con todas tus fuerzas hasta tu último suspiro… Pero el mar es el mar. Permanecerá donde está y jamás se cansará. [ Clic… Clic. ]
»Así que, cuando salí después de cumplir ocho años, me asocié con Tony Eist y Keith el Serpiente. Negocios de importación-exportación en la Costa del Sol. Tony y yo habíamos recorrido un buen trecho juntos a través de Wormwood Scrubs, Borstal, en Centro de Detención y el Reformatorio. Pero el tal Keith el Serpiente era un desconocido para mí. ¿Y sabe una cosa? No me pregunte la razón, pero había algo en Keith el Serpiente que no acababa de… Llámelo un sexto sentido, si quiere. Yo no sabría definirlo, pero había algo en Keith el Serpiente que no era convincente. Un tipo muy elegante, Keith el Serpiente…, nada ostentoso. Listo. Siempre perfectamente atildado.
»Lo que hacíamos era… Bien, ahora bebería gustosamente a su salud, pero personalmente jamás he soportado las drogas. Ofrézcame una aspirina y la arrojaré de su mano. En cuanto a las drogas…, son un peligro para los jóvenes. Pero también en esto tienes que adaptarte e ir de acuerdo con los tiempos, como muy bien sabe; no puedes permanecer pegado al pasado. Teníamos dieciocho lanchas que movían a través de Puerto Banús dos toneladas de heroína al mes. Lo que hacíamos era viajes cortos a Argel -a veces incluso dos en una noche-, adonde llegaba la carga procedente de los pakistaníes y los afganos. Luego teníamos que subir siguiendo la costa y distribuirla a Europa a través de Marsella. Era un negocio muy lucrativo…, pero estaba siempre el elemento humano…
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