Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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Ésta se hallaba de espaldas, algo retirada con respecto a su séquito (el patio era ahora un remanso de agentes de seguridad), en una franja de césped que se extendía entre el sendero y un arriate de flores de color rosa. Observando su silueta encorvada, Brendan comprendió de nuevo lo que era tener quince años; cuando sufrías, sufrían todas tus células. La princesa llevaba unos tejanos negros y una cazadora corta de piel, y Brendan se preguntó por qué la intensidad y el dolor de la crisis alcanzaban su máxima expresión en las tensas nalgas de la joven, que parecían inseparables de su pesar.

Brendan se adelantó hacia ella. Al rodearla para verla de frente, estaba preparado para ver sus ojos anegados en lágrimas, pero los tenía serenos y azules como de costumbre. Sin embargo, al igual que en los labios, la serenidad de sus ojos era fruto de productos químicos: la química de la desolación, que se traslucía en un aliento acre.

Tal vez por eso hizo él entonces algo sin precedentes: la abrazó, diciendo:

– El rey os perdonará cualquier cosa que hayáis podido hacer, estad segura. Sin pensárselo dos veces. Y yo lo haré también. Siempre os protegerá, como yo mismo.

– ¿Perdonarme? -dijo. Acentuando todas y cada una de las sílabas, pensó él mientras soltaba su mano y se retiraba.

En el Rolls real, el rey, con un diestro y ostentoso movimiento de su muñeca, activó el televisor y se retrepó en su asiento con un gruñido de satisfacción para seguir una partida de billar durante el resto del viaje.

– Oh…, un toque perfecto… Hacen que parezca tan… Veamos… ¿Tiene el ángulo bueno para la amarilla?

Al cabo de una hora, o algo así, Brendan comenzó a pensar con lógica o, al menos, con consecuencia. Si uno hacía uso de su propia imaginación, se dijo, la reacción de Victoria probablemente se podía explicar con facilidad. ¿Qué solemos hacer en los baños? Nada de lo que podamos sentirnos muy orgullosos. Tal vez alguna mera función fisiológica. Quizá emplear un tampón. O algo todavía más íntimo. ¿Acaso no le había contado una amiga que las chicas jóvenes se referían a la ducha de teléfono como al «hombre-lluvia»? ¡Y ella tenía quince años! Había que recordarlo: la extravagante desproporción de tener quince años, cuando aún estás a la espera de averiguar quién eres.

– ¡Carambola! Y ahora irá por la azul… Oh, no…, se ha pasado… ¡Un fallo!

Lo cual comprende: una sorprendente incongruencia, que nunca debería repetirse, pero que, sin embargo, era un hecho inalterable. Recordaba la trágica amargura del aliento de la princesa. Y la rigidez de su cuerpo, y la rigidez con que había respondido su propio corazón. Con toda la sangre dentro de él; con toda ella.

– Ya hemos llegado. Bueno…, me alegra haber quitado esto de en medio, Bugger. No voy a decir que no haya estado atormentándome por dentro. Pero espero que en un par de semanas todo pase a ser cosa del pasado.

Brendan respondió con sólo unos momentos de reflexión. Necio, necio, pensó. ¿No comprendes que su temor era precisamente la espera…, de este día, de este momento? Y siguió en voz alta:

– No estoy de acuerdo, señor. De hecho, sugiero dar la vuelta aquí mismo y regresar inmediatamente a St Bathsheba. Habría que sacar inmediatamente de la escuela a la princesa y enviarla a…, a Ewelme, por ejemplo. Si el material ilícito va a ser hecho público el día treinta y uno, sugiero que sigamos el consejo de nuestro…, de nuestro topo, e insistamos desde el primer momento en que el material es falso. Es una apuesta infernal, lo sé, pero no volveremos a tener otra oportunidad. Entre tanto, debemos elaborar una estrategia de control de daños con Downing Street. Porque, señor…, esto no será una tormenta en una taza de té.

– Tranquilízate, Bugger. ¿Acaso sabes algo que yo no sepa?

– Es sólo una deducción, pero me parece probable. La princesa no estaba sola en el baño de la Casita Amarilla.

Iba a ser una tormenta en todos los océanos de eso que llamamos «el mundo».

Y entonces pensó…: ¡Dios mío…! ¡Cuánto necesitaría ahora Victoria a su madre!

3. SUDOR DE COCHE

El Avenger familiar se hallaba a la espera bajo el rótulo luminoso de Esso. Haga una pausa y sea bienvenido. Deténgase y compre. Smoker tenía la costumbre de conducir hasta allí y quedarse sentado en el coche o enviando mensajes con su ordenador portátil. Tiene usted 124 mensajes nuevos. La gente entra y sale: es más divertido. Llenas el depósito y lo aparcas cerca de la máquina que cambia billetes. Y entras, si te apetece, a tomar una pizza o lo que sea. En las estaciones de servicio de Esso a menudo te encuentras también con grupos de personas que se ponen de acuerdo para compartir por turno sus coches. Y con mujeres que llaman por teléfonos móviles, mujeres que esperan solas bajo las luces del aparcamiento, en actitud de aguardar algo…, sin hacer otra cosa que aguardar; están así en los parques y zonas de recreo, con una correa de cuero en la mano: aguardando a que el perro haga sus necesidades. Podías bajar la ventanilla del coche y decirles: «¿No se ha presentado el coche que debía llevarte, querida? Sube al mío.» Pero los tiempos del autoestop a ciegas habían pasado. Por los teléfonos móviles, que infundían mayor seguridad. Puedes tener un breve intercambio allí mismo, en la acera. Pasar el rato. Sentir que la sensación de confinamiento se relaja un poco. Es divertido. Deben de pensar: si me monto en ese coche, paso a través del espejo y penetro en un mundo que es reflejo de ese hombre, un hombre que tiene cierto poder, con todas las perversiones y las distorsiones que ello implica. Porque ese hombre puede transformarse. Cada hombre mantiene reprimido un antihombre. Y el tronado vehículo familiar, cuyos intermitentes se encienden y se apagan en el callejón suburbano, tiene su aceite y su refrigerante, su motor oscuro, bajo el reflejo de las hojas y ramas que brillan en el parabrisas.

En el periódico vespertino de Clint había una «impresión artística» de la princesa en su baño. Ya saben: como en un juicio. El artista no era bueno, y su impresión no era nada del otro jueves. Idealizada (y, por así decir, autocensurada por la colocación de sus miembros), la imagen de la princesa podía haber servido para decorar las tarjetas de felicitación enviadas por una madame suburbana a los miembros selectos de su clientela. Reducida a una «impresión artística» en razón de las normas de protección. Un poco tarde ahora, pensó Clint: como cerrar con candado la puerta del establo después de que el cuadrúpedo devorador de grano ha escapado. Todos los habitantes de la tierra estaban ahora mirando embobados las fotos…, en Internet…, en la prensa extranjera… y, por supuesto, en el Morning Lark, que esa mañana no contenía prácticamente nada más. La línea oficial, impuesta desde arriba, afirmaba que, en todo caso, el material era una falsificación: puro software, un falso film, «sin base real». Tenía que ser eso, o bien la acción de un fisgón escondido en el baño durante un mes… Pero lo que Clint no podía entender era a quién beneficiaba todo aquello. Cui bono? Además de al Lark , claro, que había visto agotarse tres ediciones… Clint jamás se había sentido atraído por chicas tan jóvenes. Pero las vírgenes tenían sus ventajas. Probablemente te hacían sentir más… Y, por otra parte, no podían decir que eras una mierda en la cama, puesto que no tenían a otro con quien compararte.

Tiene 125 mensajes nuevos… Alrededor de ciento veinte serían de temas comerciales: invitaciones para que Clint invirtiera dinero en sus genitales…, por diversos medios y para diferentes propósitos. Tres o cuatro serían flirteos de salón de Internet con indiferenciables chicas de carrera, dedicadas todas ellas aparentemente a obtener su siguiente empujón profesional o futuro enchufe. Clint se las imaginaba como una sucesión de descaradas, con los labios fruncidos en incesantes cálculos. Pero, por supuesto, podían ser cualquier cosa: las suyas eran identidades improvisadas y conjuradas a partir del éter. Se decía de la web que sus contenidos eran (por término medio) verdaderos en un sesenta por ciento. Aunque, ¿acaso tú, camarada, dijo para sí, puedes jurar que contribuyes a mejorar ese porcentaje…? Pero allí, entre las demás, estaba la voz que parecía penetrar en su soledad:

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