Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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Clint retrocedió, muy serio, al interior de la habitación 2011.

– Aguarda -susurró a su compañero-. Primero el llanto. Y, después, ¡zas!, ¡zas!

Con las cabezas gachas y las bocas marcadas por sonrisas de expectación, los dos hombres escucharon lo que habían oído muchas veces antes. Pero sólo en sus televisores: el estremecedor y autocomplaciente cántico natalicio de Donna Strange trasladado con operístico dramatismo a la cama.

Clint dejó pasar un minuto más. Luego se incorporó y abrió la puerta. Su mirada recorrió el pasillo a derecha y a izquierda.

– ¡Mala puta! -exclamó.

Cuando Clint entró en la sala de reuniones, al día siguiente, los presentes le dedicaron una ovación. No era un aplauso triunfal: más bien la expresión de una grave y pensada solidaridad, así como de la sensación de que, aunque era mucho lo ya conseguido, quedaban muchas consecuencias que considerar y de que, aunque el resultado fuera incierto, el intento en sí hablaba por sí solo, y con voz bien alta, de la intrepidez y el espíritu profesional de su protagonista.

– Bueno, muchachos, gracias por vuestro apoyo moral. Y muchas gracias, jefe. Lo valoro mucho. Jamás pensé que fuera a ser fácil lo de anoche, pero yo estaba… «Cargarse a Beryl» era mi proyecto, y no iba a permitir que se fuera al traste. No había peligro de eso.

Era costumbre de Desmond Heaf retirarse entre bambalinas un par de días cuando el periódico montaba uno de sus coups de théâtre. Ahora tenía el aire de un aturdido cabo emergiendo de una trinchera:

– ¿Te importaría explicárnoslo, Clint?

– Sí, claro. Beryl nos la jugó. Sí, señor. Por lo visto, al acercarse a la puerta oyó desde fuera los lloros de Donna, y se largó. Siguió hasta el otro extremo del pasillo y se difuminó en su polvoriento extremo. Había que adoptar el plan B. Saqué a Auto de Choque de debajo de Donna y lo arrastré a la habitación contigua. Una vez allí, le dije: «¿Ya sabes lo que tienes que hacer, muchacho? Has de volver ahí y atizarle a Donna.»

– Casi me pongo a dar saltos cuando lo leí -dijo Heaf. La edición matinal del periódico crujía aún débilmente en su mano-: por qué le aticé a donna, por ainsley car. exclusiva mundial. Auto de Choque pierde la cabeza tras una orgía sexual en un hotel. «¿Por qué le aticé a Donna?»

– «¿Atizarle a Donna?», me pregunta Auto de Choque -siguió Clint-. «¿Por qué debo atizarle a Donna?», y le respondo: «Tú no tienes que atizarle a Donna. Lo que has de hacer es fingir que le atizas. Cuando yo te lo diga, te pones a hacer ruido y a romper muebles; nosotros nos encargaremos del resto.» «¿Y esto para qué?», pregunta, y le digo: «Si lo que necesitas es un motivo, piensa que ha echado a pique tu matrimonio.» Ni que decir tiene que yo ya estaba reescribiendo mentalmente mi artículo. Por ejemplo: «Cuando me di cuenta de que aquellas tres horas de locura podían significar la pérdida de mi pequeña Beryl, mi ira se volvió, como es lógico, contra la maldita furcia que me había llevado por el mal camino.» Etcétera. Y entonces llamé a Marge Fitzmaurice.

Los colegas de Clint escuchaban sus palabras con inquieta solemnidad, mientras sus rostros se ponían cada vez más cenicientos. Hasta Supermaniam se asemejaba cada vez más a Voltaire.

– Le dije a Marge que se trajera consigo su neceser de maquillaje y que viniera enseguida a la habitación del Bostonian… Fue un placer verla trabajar. Si pasas la página, jefe…, ¿ves esas magulladuras en la cara interior del muslo? ¿Y en el pecho? Después le hicimos el ojo morado y el labio partido. Le dije a Auto de Choque que pusiera manos a la obra. Que le daría un minuto y llamaría a seguridad. Bueno…, oí un golpe o dos, no muy fuertes, y volví a mirar: Ainsley estaba en el suelo, y Donna, en bragas, le golpeaba la cabeza con un cenicero de cristal. Me explicó que Ainsley le había atizado un directo con la derecha, y ella se había vuelto. Después, todo lo demás fue pura logística.

– ¿Había estado bebiendo Ainsley?

– ¿Bebiendo? No recuerda nada de lo que le ocurrió desde las doce del mediodía en adelante. Y mirad una cosa: no le atizó a Donna, realmente, y tampoco se la folló. Estuvieron hablando de sus perros y de los Kestrel Juniors. Donna se abrió de piernas para él, y todo eso, en atención a Beryl; pero la cosa fue estrictamente porno suave.

– Bueno, jamás pensé otra cosa -dijo Heaf-. Te felicito, Clint. Has manejado una situación difícil con mucha delicadeza. Y todo ha salido estupendamente, ¿verdad, Jeff?

– Mañana -dijo Strite- publicaremos la historia de Donna.

– ¿Cuál es su versión?

– Bueno…, expresa su profundo respeto por los intensos sentimientos de Ainsley hacia Beryl. Nada en el mundo la inducirá a presentar cargos contra él. Dice que los malos tratos de la pelea son insignificantes en comparación con el tratamiento de cinco estrellas que le dio antes. Ya sabéis: ¿habéis visto el tamaño de su polla?

Hay un consejo para eso. No te preocupes. Pero hay también una palabra que define los sentimientos de los demás de un modo perfecto. Desprecio.

Los hombres en el vestuario mirarán con envidia. Se quedarán boquiabiertos de envidia.

Puedes consultar a todos los psiquiatras, a todos los charlatanes y psicólogos o como quieras llamarlos… Es algo que va calando dentro de ti. Que va calando dentro de ti.

Una le dijo que era una mierda en la cama. Otra le dijo que era una mierda follando. Al principio no lo entendió y respondió de la misma manera: las invitaba a volver y a probar de nuevo cuando hubieran perdido un par de toneladas y se hubieran operado el culo. Pero después comenzó a despuntar la comprensión. «¡Oh, qué pequeña la tienes, Clint!», y eso que, para entonces, él ya se había aplicado una mano de Potentium… De guasa, ¿no? Pero más tarde, esa misma noche, le pagaba con la misma moneda: «Joder», le decía a la mujer cuando se quitaba el sujetador, «si tienes un crío, tendrás que emborracharlo para que se acerque a ese pecho tan pequeño.» Al cabo de un minuto de juegos amorosos, ella le pedía: «¡Ay! ¡Quítate el anillo, por favor!» Y Clint le contestaba: «¿El anillo? ¿Qué anillo? ¡Es mi reloj!» Pero la comprensión empezaba a calar en él. Vamos , ríete, estaba ya murmurando mientras se soltaba el cinturón. Ríete todo lo que quieras. Pero ellas no se reían. Le decían: «Lo lamento, amor, pero no consigo sentirte dentro.» O: «No puedo sentirte, Clint. Lo intento, pero no estás ahí.» ¡No estaba allí! Esos insectos microscópicos llamados ladillas por lo menos muerden. Pero… ¿y Clint? Ni mordía ni se le notaba. Simplemente, no estaba allí. ¿Dónde estaba, si no estaba allí?

Los hombres del vestuario masculino se quedarían boquiabiertos de envidia, se asombrarían de envidia. Había una palabra para eso: desprecio.

Tienes 125 mensajes en el ordenador: la mitad de ellos ofreciéndote vírgenes desvirgadas y abuelas preñadas; la otra mitad con ofertas de productos y estrategias para aumentar el tamaño del pene. Clint los había probado todos.

Satisface el reto de cualquier mujer… Tendrás absoluto dominio en todo momento…, mantendrá tu secreto…, descubierto por el doctor Trofim Frenkel, especialista en medicina… procurar el máximo rendimiento… de su potencial… hierbas procedentes de Polinesia… «me siento muy satisfecho de mí mismo» (P. L., Alemania)…; aromas naturales que transforman a las mujeres en…, 55 millones de consumidores satisfechos…, montaje del émbolo…, muelle de carga fijo…, mecanismo de gatillo para la aplicación…, «el mío mide ya treinta centímetros, pero aspiro a conseguir los treinta y cinco» (R. B., Estados Unidos)…

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