– Encantador…
– Se acerca el momento, hombre. Llega la hora. «Y he aquí que se produjo un violento terremoto; el sol se puso negro como un paño de crin, y la luna toda como sangre, y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra…»
– ¡Oh…, eso…! ¡El cometa! Vuestra gente erró un poco con el anterior. ¿Correrán a lanzarse anticipadamente contra el próximo desde toda California?
– No mi gente. Mi gente ni siquiera estará aquí, hombre. Será todo vuestro. -Durante unos momentos, Darius rió en silencio-. Pensáis que América es poderosa… Gustad la ira del gran monstruo, hermano. Que vendrá por ti…
– ¿Qué sentido hay en esto? Son sólo fuerzas de la naturaleza.
– No te engañes. El cometa es como yo, hombre. Puro músculo, Músculo de Dios.
La habitación -el hotel entero- era posmoderno, pero sin gracia, de un modo vago. Era como si el mobiliario de bronce estuviera tratando de parecerse al refrigerador, a la televisión, a la caja fuerte. Entre las baratijas que Clint tenía en su mesa, había un intercomunicador de silueta anormalmente ovoide (obsequio de Desmond Heaf, el solitario padre del Lark ). Alargó la mano para encenderlo. Y se oyeron, entonces, las voces de Ainsley, de barítono, arrastrando laboriosamente las sílabas, y la atrevida y de contralto de Donna.
… por los dos. El cruzado se llama Bena. El alsaciano es Mick. ¿Sabes por qué me gustan los perros?
Dime, cariño.
Los perros no te atacan cuando te ven caído.
Es verdad.
Los perros no te incordian. No te asaltan queriendo joderte. Los perros no vienen con tonterías.
Sí, pero se te cagan.
Bien, sí…, pero… Pero… Los perros no…
– ¡Joder! Espero que, por lo menos, estén metidos en la cama…
– ¿Cuánto tiempo tiene? -preguntó Darius-. Se diría que está comportándose como un capullo. ¿Y qué hace Donna Strange?
«Yo siempre me lo paso muy bien con el Gran Concurso Anual del Descote que organiza el Lark (pp. 19-26)», tecleó Clint. «Es una excelente oportunidad para tomar unas copas, reír y relajarse todo el mundo. Después del almuerzo y el desempate final, nos sentamos en torno a la orgullosa vencedora, Donna Strange, y sirvieron unas bebidas. Reinaba un humor excelente. ¡Y lo difícil que se nos hacía apartar los ojos del escote de Donna! ¡Ríanse del Silicon Valley! Al rato, alguien sugirió que fuéramos al bar a tomar otras copas más. En aquel momento a mí ni se me pasaba por la imaginación hacer nada fuera de lo normal. Soy un hombre felizmente casado. Y, por otra parte, la pequeña Beryl tenía que venir a reunirse conmigo a las siete.
»Después de unas copas, Donna sugirió que fuéramos al restaurante a comer algo, y tomar otras rondas. Llámenme ingenuo, pero no me pareció nada raro cuando Donna se quejó en el vestíbulo de que tenía la boca seca y me preguntó si podía darle un vaso de agua. Subimos a mi habitación, en el piso 21. No sé si me estaba tomando el pelo al decirme que sentía picor en la garganta. Pero así fue. Y a los cinco segundos después de cerrar la puerta a nuestras espaldas, Donna Strage estaba con una formidable carraspera…»
Sorteé a su número dos y me metí en el área. El guardameta se acercó a derribarme, pero yo me escapé y le lancé una vaselina… ¡Empate a dos! La multitud enloquece. En el minuto ochenta y siete, Gibbsy me sirve un pase largo por la izquierda…
– El tiempo apremia.
– Sí, bueno… Donna ya sabe la hora que es.
Durante el siguiente cuarto de hora, Clint escribió a toda velocidad.
«Al final», siguió, «levantó la vista, sonriendo, de mis huevos, que estaban empapados de su saliva. No necesité más invitación cuando se ofreció a desnudarse. Y con la excitación del momento olvidé completamente que…»
– Menos cinco -advirtió Darius.
… con un testarazo, justo antes de la media parte. Después, apenas reanudado el juego…
¿Dónde estamos ahora, Auto de Choque? ¿Con los Kestrel Juniors?
¿Los Kestrel Juniors? No, querida, esto fue con los alevines. Muy poco después de…
Mira, cariño…, será mejor que empecemos.
Oh, bueno… No es que esté preocupado.
¿Perdón?
Digo que no es que esté preocupado. Porque Beryl esté a punto de llegar. Pero no deja de ser un poco embarazoso para un hombre que su esposa lo vea con el culo al aire. No te ofendas.
No me ofendo, querido, pero ya sabemos a qué hemos venido, ¿verdad? Mira… Quítate el… Si tengo que… Desnúdate…
– ¡Pero si Ainsley todavía no se ha desnudado! -exclamó Darius.
– Ya lo hará. ¿No me has preguntado qué hace Donna Strange? Pues ponerlo a punto. Lo conseguirá.
Ahora la podían oír, a través del intercomunicador, cuya lucecita roja no cesaba de emitir destellos, y a través de la pared insonorizada: Donna le estaba levantando… la moral.
Ainsley Car había convencido a Clint de que Beryl era una mujer de puntualidad patológica…, especialmente en sus tratos con cosas como la Estación Central de Londres, los espacios públicos y Ainsley Car, cuando intentaba enmendarse… Clint se acercó a la puerta y la abrió un poco. El espejito que tenía en la mano le dio una visión fugaz del pasillo vacío. Asomó luego la cabeza, semejante a la joroba afeitada de un camello. El Bostonian había sido remozado recientemente para trasplantarlo al siglo XXI, pero seguía siendo un hotel anticuado, anárquico, proclive a los incendios; el pasillo se desenrollaba hacia el infinito, como en una visión provocada por el opio. Clint esperó. A las 7.58 la diminuta imagen de Beryl Car comenzó a distinguirse en la lejanía. Seguía tan pequeña y tan torturada por el miedo como siempre. Curiosamente, se acercaba cada vez más, pero no parecía crecer. ¡Qué mierda de mujer!, pensó Clint… Su escasa estatura semejaba un ejercicio de humildad; y sus andares, asimismo, no eran más que una serie de arranques y vacilaciones, sacudidos por invisibles papirotazos de burla o reproche.
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