Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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Tras una larga búsqueda, encontró la salida y el aire fresco. Deteniéndose sólo para dejar una vomitona junto a una alcantarilla, y mascando a conciencia la punta ya deshecha del último cigarro que le quedaba, Xan se encaminó a casa con un plan claro (acababa de concebirlo bajo una farola al dar una vuelta sobre sí mismo): exigiría la escrupulosa satisfacción de sus derechos conyugales.

Y eso no fue lo peor. Lo peor tuvo que ver con Billie.

2. UNA TORMENTA EN UNA TAZA DE TÉ

– Oh, antes de irme, señor… Estuve hablando hace un rato con unos amigos de Madrid. ¿Recordáis un escándalo que hubo hace…, bueno…, hará como unos cinco años, en el que se vio implicado el rey Bartolomé?

– ¿Tendrás la amabilidad de recordármelo tú, Bugger?

– Ciertamente, señor. Tuvo que ver con la existencia de una grabación de vídeo, que circuló entonces ampliamente, en la que el rey aparecía manteniendo una… sesión… con la esposa de un entrenador de polo local.

– ¿Un qué local…? Oh, perdona…, creí que me lo estabas diciendo en español… ¿Y bien?

– Se dio orden de silenciar el asunto, que la prensa acató bastante bien, y la cosa se olvidó en cosa de un año.

– ¿En un año? ¿Y lo dices para animarme, Bugger? Además, el primo Tolo no es un auténtico… No tiene el más mínimo estilo. Aquel asunto suyo fue sólo otro…, otro escándalo suburbano.

– Es verdad, señor…, en cierta manera.

– Victoria es la futura reina de Inglaterra, Bugger. Los ojos de todo el mundo están fijos en la princesa.

– Así es, señor.

– ¡Dios Santo, Bugger…! ¿Qué voy a decir ? No, no me lo digas ahora o no dormiré tranquilo. Supongo que me habrás librado de todos esos pelmas a los que tenía que ver mañana.

– Faltaría más, señor. Estáis libre hasta la una. ¿Puedo desearos que descanséis bien?

– Es un deseo demasiado amable, pero puedes. Y te deseo lo mismo, Bugger.

Enrique IX se acomodó en el asiento del váter. A los pocos segundos, irguió el cuerpo para adoptar una postura de intensa indagación, y después se dejó caer una vez más.

– Adelante -dijo-. Sí, por doloroso que sea. ¡Ten piedad de mí, ojete mío! ¡Uf!

Enrique VIII empleaba a un hombre, a un tal Sir Thomas Heneage, que, en calidad de mozo de letrina, tenía el dudoso privilegio de asistir a las evacuaciones regias (con un lienzo húmedo preparado en la mano). Pero Enrique IX estaba solo en ese trance.

– ¡Uf! Ahora sí. Ya, ya.

Sus problemas intestinales se habían visto complicados últimamente por un «eczema de estrés» aparecido en el lugar más inconveniente. Al rey no le había hecho falta la consulta con su ennoblecido cirujano para saber que «la infección secundaria es, por supuesto, inevitable»: Enrique ya tenía muy claro que, en términos generales, su culo estaba muy expuesto al desastre. ¿Cómo podía mantener algo limpio si lo tenía a un dedo de la cloaca máxima? Y tampoco le podías dar un descanso porque, por cómico que parezca, jamás lo tienes ocioso y estás siempre sentado encima de él. Y lo peor era caminar: una acción que desencadenaba un frenesí de fornicación hasta las mismísimas entretelas. E irse a la cama no servía más que para fomentar el calor, y el continuo hormigueo se transformaba en un nido de avispas.

– ¡No te pares, no te pares! ¿Me oyes? ¡No hay derecho! ¡Cabrón! ¡Ah, por fin…!

Con un retortijón de dolor que le hizo zumbar los oídos, Enrique expulsó lo que tenía el tamaño de una pistola de avancarga mediana; aplicó luego un par de cientos de metros de papel higiénico, y realizó el delicado tránsito del váter al bidé. El abominable cosquilleo se había calmado ya. Por fin había sido rascado a fondo por dentro. Pasarían varios minutos antes de que volviera a desear (no demasiado constructivamente, sin duda) ser el muchachito más apetecible en una prisión de Alabama… El váter era una auténtica pieza de museo, con sus balanzas, pesas y ruedas dentadas. Parecía un planetario o un instrumento de recóndita tortura. El bidé era una artesa baja de mármol con venas varicosas, que habría estado perfectamente a tono en un viejo hospital o manicomio.

De allí pasó Enrique a la bañera para darse un buen remojo. Enrique era casi hinduista en su higiene, lo cual era poco usual para un monarca inglés: en las residencias reales inglesas el lujo jamás se extendía hasta los baños, que eran fríos, grandes y estaban repletos de lavadoras, redes de badminton y cestas de gatos. Se ocupaba por sí mismo también de muchas otras cosas, naturalmente. Por ejemplo, entre los artículos de tocador alineados en el estante de debajo del espejo, uno no encontraría el pequeño artilugio, como unos nudillos de peltre, con el que Ricardo IV había apurado sus tubos de pasta de dientes. Enrique era enemigo de la frugalidad y derrochador por naturaleza. Hasta entonces las personas del servicio real que se jubilaban tras medio siglo de trabajo solían recibir una servilleta de té con el monograma real, una alfombrilla de baño o una entrada gratuita para visitar la sala de los Rubens en el castillo de Windsor. Pero, tras la llegada al trono de Enrique, recibían veinte cajas de champán de añada, o un precioso coche nuevo. Les dobló también los salarios a todos… y después, encogiéndose de hombros, se los redujo de nuevo a la mitad tras la revelación al público del astronómico descubierto en sus cuentas. Las gratificaciones y pluses que aún seguía dando estaban siendo financiados ahora a través de ventas secretas de las colecciones privadas de la Casa de Inglaterra: un Tiziano aquí, un Delacroix allá. Brendan Urquhart-Gordon casi pudo oír el crujido de las carretas y el rechinar de dientes de las comadres que hacían calceta alrededor de la guillotina cuando Enrique anunció, haciendo un mohín, que «las navidades no serían navidades» si su presupuesto de regalos no pasaba de las seis cifras.

Podía decirse que, cuando el rey estaba sentado en el váter, se mezclaba con su pueblo. Que se bajaba de su castillo y hacía lo que cualquiera de sus súbditos. Así pues, primero se mezcló. Y, después, se humilló para aplicarse la feroz loción de Lord Fletcher mediante un guante desechable. Mientras lo hacía, se vio asaltado por un pensamiento incontrolable: difícilmente podía pedirle a Victoria, su bondadoso ángel sanador, que lo curara con un beso, para mitigar el picor, todas y cada una de aquellas pequeñas y dolorosas ulceraciones.

Los días recientes habían pasado con implacable rapidez. Ahora tenía por delante tres horas antes de que vinieran a buscarlo: un lapso que, de pronto, parecía casi geológicamente enorme. Sentado ante su escritorio, bebiendo té chino, hizo gala de paciencia y se dedicó a hacer solitarios. Dieron las once y pasaron sin causar la más mínima impresión en su complacencia, y lo mismo ocurrió con las once y media y las doce menos cuarto…, aunque tenía que admitir que sintió un pequeño sobresalto cuando el minutero dio una sacudida igual que si tuviera un tic y avanzó adustamente más allá del mediodía. Cincuenta y nueve minutos aún: una eternidad. A eso de las tres menos diez, Enrique estaba comenzando su vigésimo séptimo solitario. Diez minutos… no, ¡once! Miles de años todavía. La reina roja, el rey negro, el rey rojo, la reina negra. Seis minutos, cinco… A punto estuvo de protestar que aún le quedaban treinta segundos cuando sonó el golpe en la puerta y entró en la estancia Amor.

Brendan sabía guardar un secreto. El Rolls real acababa de ocupar su lugar en el cortejo, y el rey (tras un escueto «buenos días») sacó ostensiblemente de uno de sus bolsillos laterales un ejemplar de Pasatiempos y Rompecabezas24. Estaba ahora enfrascado en un complicadísimo crucigrama… A Brendan siempre lo asombraba afectuosamente la cantidad de tiempo que su patrón era capaz de dedicar -ya fuera sentado al borde de una azul piscina del Caribe o en la terraza de una estación de esquí de los Alpes- a la misma edición de Pasatiempos y Rompecabezas. En el curso de un largo verano pasado en Nueva Zelanda, Australia, África y Micronesia, Brendan había releído las obras completas de Henry James mientras Enrique fruncía el ceño, introducía garabatos y, frecuentemente, pegaba las hojas rotas de su ejemplar de Pasatiempos y Rompecabezas19. Esto había provocado un momento muy delicado cuando, en cierta cabaña construida en un árbol en Kenya, mientras bebían a sorbitos sus gimlets, Enrique había dicho:

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