Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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En cualquier caso…, ¿qué estaban haciendo allí, tan avanzada la estación del año? ¿Qué traición atmosférica las mantenía aún vivas? Eran carroña viva…, muertas ya, ya muertas.

A la casa de St George’s Avenue habían acudido pocos visitantes desde la noche de la agresión. Se presentaron tres o cuatro individuos de anchas espaldas y azulada barbilla luciendo trajes brillantes que estuvieron sentados con Xan aproximadamente una hora y no pararon de preguntarle si había molestado a alguien, y si alguno tenía cuentas pendientes con él de que no tuviera noticia. Al oír sus respuestas, los amplios hombros se encogían y las barbillas azuladas temblaban con aire grave. Finalmente, dejaron de ir. Xan tenía amigos entre los actores, amigos entre los directores, amigos entre los productores; estas personas (y Xan lo comprendía en parte, porque era una de ellas) no podían hacerse a la idea de contemplar el fracaso, la desgracia o la humillación de uno de los suyos. Sus amigos escritores quizá tuvieran una actitud diferente, pero, puesto que no tenía ninguno, puede decirse que también los escritores se apartaban de él. Iban a visitarlo los músicos con quienes solía tocar la guitarra; iban y siguieron yendo durante algún tiempo. Al igual que los chicos.

El martes de la tercera semana en casa, Russia llevó a cabo un experimento. Con una resignación no del todo falta de humor, había leído en los libros que a las personas «con lesiones en la cabeza a menudo les resulta más fácil relacionarse con personas ancianas, que tampoco pueden seguir el mismo ritmo rápido que cabe esperar de las personas de la misma edad que el herido». Muy bien, se dijo. Pero ¿qué piensan de esto los viejos? Y se estuvo pensándolo sentada ante su escritorio, con la cabeza inmovilizada entre las manos; se mordió luego el labio inferior y sus pensamientos fueron a posarse en los Richardson, un matrimonio que andaba por la setentena, buenos y viejos amigos ambos. Russia había tenido una larga conversación por teléfono con Margot Richardson; y Margot se había mostrado muy amable, resaltando su inmunidad a todos los extremos de aburrimiento, escándalo y alarma. O sea que siguió adelante con su proyecto.

Los cuatro -los Meo y los Richardson- estaban en la salita de estar del piso de arriba. Poco antes se habían presentado Billie y Sophie, con sus camisones y los cabellos rizados, recién salidas del baño, y habían sido objeto de un caluroso recibimiento. Russia se ocupaba de pasar una bandeja con las bebidas (una solitaria botella de Chardonnay, más todas las cervezas sin alcohol de Xan, sus refrescos, zumos e infusiones), en tanto que su marido estaba sentado de cara a sus invitados, con una expresión especialmente leonina esa noche: la boca curvada hacia abajo en las comisuras, grandes, soñolientas, tolerantes. Margot Richardson, más conocida como Margot Dresler, profesora emérita de Historia Moderna en la Universidad de California, estaba hablando acerca de la situación mundial, con especial referencia a Cachemira.

– Corresponde a Occidente -estaba diciendo en su estilo académico- establecer una cultura de guerra fría en el subcontinente. Comenzando por la fijación de la línea divisoria. Más conversaciones sobre limitación de armas, tratados para impedir pruebas nucleares, canales para el tratamiento de las crisis y el resto de los medios. Estuvimos cuarenta años librando una guerra así. Sabemos cómo hacerlo. Ellos, en cambio, no. Pero está, además, la cuestión de la religión. En el Gujarat te enteras de que un cabecilla local de poca monta se niega a decir «Hail Ram», y la siguiente noticia que te llega es que hay dos mil muertos. De un lado de la frontera está el nacionalismo hindú; del otro, el islam. Imagínense esto: una yihad, una guerra santa nuclear.

– Pakistán es una mierda -sentenció Xan Meo.

– … El término técnico para eso es perseveración -explicó Russia tras una pausa-. No te importa que lo diga, ¿verdad, cariño? Cuando tienes un accidente como el de Xan, puede ser que te quedes enganchado a algunas palabras o ideas. Parece que en nuestro caso es «mierda». -Sí, mierda, pensó, y cualquiera de sus no demasiado numerosos sinónimos-. Hay también un toque de Witzelsucht, o humor inadecuado. ¡Diantre, cómo le encanta a esa gente el término «inadecuado»! Pero ya se le pasará.

– ¡Pero es que Pakistán es realmente una mierda. La India es la India, pero Pakistán es una verdadera mierda. Lo crearon simplemente sobre un mapa. «Pakistán» es una abreviatura. Lo mismo hubieran podido llamarlo Kapistán o Akpistán. Una mierda, sí.

Margot se apresuró a asentir:

– Xan tiene razón en cierto modo. «Pakistán» es un acrónimo. Si perdieran Cachemira, se quedarían sin la ka. [19] Y tendría que ser… Paistán.

– En todo caso, merecería llamarse Krapistán. [20] Pero hay algo que no entiendo a propósito de la Partición. Algo que no comprendo a propósito de Pakistán. Tomas un país y lo transformas en dos países que están destinados a enfrentarse en una guerra. Y esto ocurrió… dos años después de Hiroshima. Que está a la vuelta de la esquina. Geográficamente. No hace falta ser un… ¿cómo se llamaba ese tipo? ¿Cosanostra…?

– Nostradamus.

– Eso. Nostradamus…

Mientras Xan proseguía, Russia tenía los ojos fijos en Lewis Richardson. Como suele ocurrir con muchos maridos de mujeres distinguidas, irradiaba de él una aprobación incesante y silenciosa. Las arrugas de su rostro, mientras hablaba Margot, temblaban levemente con sentimientos de ánimo, afecto y orgullo. Aquello le recordó a Russia que Xan había demostrado en ocasiones algo semejante hacia ella: una aprobación callada, pero expresiva. Un silencioso respeto que ahora ya no manifestaba.

– Sobre el tema de la mujer -estaba diciendo Xan- han ido para atrás. ¿Sabes cuál es el castigo que se aplica en el norte si te violan? Violarte. ¿Sabes una cosa, querida? -siguió dirigiéndose a Russia-, los libros están equivocados. No son los viejos quienes me tranquilizan. Son los jóvenes. Como los chicos. Porque ellos tampoco saben quiénes son.

Russia se sacudió el flequillo de la cara y dijo:

– ¡Qué día he tenido hoy! Ha empezado a las cinco, cuando Sophie se despertó del todo. Luego Billie tuvo que irse a la escuela…, pero no llegó a quedarse allí ni cinco minutos. Y después me han tenido ocupada hasta las dos de la tarde. A continuación he dado tres horas de clase. Y aún no he tocado mi conferencia de Múnich. Supongo que trabajaré en ella esta noche, a menos que Sophie se despierte de nuevo.

– Ah -dijo Xan en tono autoritario-. ¡Me tocará quedarme sin follar!

En el silencio que siguió, añadió:

– ¿Y cuándo llega el cometa, pues?

– Odio el espacio -dijo Russia sin alterarse.

– El cometa es un enviado del cielo -dijo Xan.

Aunque quizá venga para destruirnos.

Entre tanto, en el dormitorio de matrimonio… La noche en que volvió Xan del hospital, Russia se había visto más o menos agradablemente sorprendida cuando él, todavía con el apagado resplandor del linóleo reflejado en sus rasgos, se puso a gatas sobre ella. Russia elogió su esfuerzo, lo calmó, y se hicieron mutuas confesiones. Pensaba que aquello era de lo más… ¿natural? A la noche siguiente ocurrió otra vez, y también a la otra. Y también a la mañana siguiente, y a la otra. Una vez satisfecho, Xan se quedaba tumbado rugiendo sordamente como un motor al ralentí. Russia pensaba en ese motor. Se diría que era el de un potente vehículo al ralentí, pero manteniendo un régimen alto. Y la «palanca» seguía dando sacudidas de vez en cuando y temblando en un intento de no calarse.

– ¿Qué dicen? -preguntó Billie en la cocina durante una merienda con otra niña de la escuela. Su amiga le había traído un par de chapas en las que estaba escrito: «Sólo di No».

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