La bobina se puso a girar. Y escucharon una frase final pronunciada con voz metálica:
« Prepárese . Prepare a la prensa. Prepare a la princesa.»
– ¡Oh, cielos! ¡Bugger, esto va en serio!
14 FEBRERO (12.01 P. M.): 101 HEAVY
Auxiliar de vuelo Robynne Davis: ¿Hay alguien en casa?
Comandante John Macmanaman: Oh, hola, Robynne.
Davis: Aquí lo tienen. El zumo de frutas especial de Robynne.
Primer oficial Nick Chopko: Gracias.
Macmanaman: Mmm. ¿Qué le has puesto?
Davis: Mi receta secreta. Adivina.
Macmanaman: Bueno… Zumo de naranja.
Davis: Lo dices por el color, ¿no?
Chopko: Ah, y… ¿arándanos?
Davis: ¿Y qué más?
Chopko: ¿Lilt? [18]
Davies: Casi. Ting. Ting baja en calorías.
Mecánico de vuelo Mal Ward: Sabría mejor si le pusieras un poco de ron oscuro.
Davis: Sí, es verdad.
Ward: O un chorrito de vodka.
Davis: Sí, ya sé.
Ward: O incluso un poquito de ginebra.
Davis: Sí, de acuerdo.
Ward: O también podría ser una chispa de ron blanco…
Davis: Vale, vale.
Ward: Disculpadme.
Macmanaman :… ¿Adónde va éste ahora?
Davis: A darle un poco de guerra a Conchita en la clase business.
Chopko: No se le puede censurar al muchacho.
Macmanaman: Sí se puede. ¿Cómo está el radar, Nick? ¿Ves lo que se nos viene encima? Vamos a pedir autorización para subir. A tres nueve cero. ¿Robynne? Haz que se sienten todos allá abajo. Las chicas también.
Davis: Enseguida.
Control de Tráfico Aéreo: Adelante, uno cero uno Heavy.
Chopko: Solicito permiso para subir a tres nueve cero.
CTA: Autorizado. Tres nueve cero, uno cero uno Heavy.
El avión mostró al sol su pecho de plata. Al elevarse, un viento cruzado lo empujó violentamente a estribor: una bestia de las capas altas del aire había tratado de agarrarlo, y luego lo había soltado de sus garras como si se tratara de una pastilla de jabón. El movimiento lateral bastó para liberar el ataúd de Royce Traynor del par de bicicletas que lo tenían ligeramente atrapado. Royce cayó sobre su rostro y después fue arrastrado mediante sacudidas intermitentes hacia la abertura del palet número 3. Al acentuarse la inclinación en el ascenso, otro impulso lateral lo hizo saltar en el aire por encima del compartimento inferior. Rodó de lado y fue a dar contra una hilera de bidones que llevaban la indicación peligro. material inflamable: Clase B y Clase C-3: propulsores de dinamita y cohetes motores para los asientos de eyección de aviones de caza.
1. EN EL DORMITORIO PRINCIPAL
– ¿Pearl? Soy yo.
Tiene que haber un punto, pensó, a partir del cual ya no puedes seguir diciéndole a tu ex esposa «Soy yo». Tenía que haber un punto en el que el yo se transformaba en algún otro. Cuando tenías que abdicar.
– ¡Eh! ¿Hay algún chico a mano?
– Xan, Xan… Justamente me estaba riendo de una errata en un libro que leo -le respondió calurosamente-. Me moría de ganas de compartirla contigo, porque sabía que cuadraría bien con tu sentido del humor. ¿Lo sigues teniendo? Quiero decir sentido del humor, porque aquí dice que puedes perder eso también… El libro trata sobre los locos y la errata aparece en el capítulo titulado «Psicosis postraumática», en el apartado «Cambios en la sexualidad». ¿Estás listo?
Sus dos hijos tenían teléfonos móviles, por supuesto. Durante un tiempo, el hecho de tener teléfonos móviles parecía haberles conferido mayor seguridad. Los chicos eran como criminales controlados electrónicamente: podías localizarlos, tenerlos controlados siempre que salían. Pero cuando salían siempre eran atacados… por delincuentes que querían robarles sus teléfonos móviles. A Xan, por su parte, cada vez que salía de casa, cosa que se obligaba a hacer regularmente, lo enervaban los teléfonos móviles…, por las voces desencarnadas que surgían delante y detrás de ti, o a un lado o a otro de ti, dando pruebas con semejante iteración de la necesidad que tiene el ser humano de estar conectado, o de su propia debilidad: porque ésas eran las voces de una multitud solitaria, necesitada de juntarse con otras… Nunca ansioso por verse con Pearl, Xan trataba siempre de ponerse en contacto con sus hijos a través de los teléfonos móviles de éstos. Lo que conseguía era un pitido para que dejara un mensaje (al que rara vez recibía respuesta), precedido por cuarenta y ocho compases de odiosa música enlatada, que te incitaba a actuar como si estuvieras loco. En cuanto a las personas que hablaban entre sí y estaban realmente locas, deberían proporcionarles teléfonos móviles; así podrían pasarse el tiempo charlando consigo y nadie pensaría que estaban locas.
– «La sexualidad del varón herido en la cabeza» -leyó Pearl-, y la mayoría de los heridos en la cabeza son hombres, Xan, porque en general son más impulsivos y dados a la fuerza física… Sí: «La sexualidad del varón herido en la cabeza puede verse afectada por importancia.» ¡«Importancia» en lugar de «impotencia»! ¿No lo encuentras increíblemente divertido? ¡Y lo dice con todas las letras…! Me moría de risa al leerlo.
– Sí…, bueno…
– Están fuera los dos. Les diré que has llamado.
Xan era el padre de sus hijos, y Pearl era una buena madre. Se burlaba de su masculinidad -o así le parecía a veces- porque necesitaba saber en qué grado la tenía… y porque, si notaba que no daba la talla en ese aspecto, lo mismo podría ocurrirles a sus hijos, cosa que ella no deseaba. Pero, más concretamente, Pearl esperaba fomentar en Xan el deseo de venganza. En materia de venganza, era irreflexivamente fundamentalista. Y también lo era él, aparentemente; creía no serlo, pero lo era. Pearl entendería -y Russia no, en cambio- que la venganza era algo a lo que él tenía derecho. La querían todos sus sentidos…, la necesitaban. E incluso en sus momentos de mayor debilidad, en los momentos en que sentía el temblor de su fragilidad, estaba seguro de que se le presentaría la hora de la venganza. No podía ser de otro modo. Y sólo por el hecho de vivir, por durar en vez de morir, se estaba acercando a ese instante.
– ¿Yo? -le había dicho a Russia en cierta ocasión-. Yo no mataría ni a una mosca.
Pero eso ya había dejado de ser verdad. Ahora se pasaba como mínimo una hora al día con un matamoscas y una lata de insecticida tratando de matarlas; de matar moscas, sí. A las avispas las dejaba en paz, si las niñas no estaban allí cerca; a las abejas las respetaba, y con las arañas -devoradoras de moscas- se sentía identificado, ya que eran las enemigas de sus enemigas. A las moscas les daba caza: y cuanto más gordas y peludas eran, mayor necesidad tenía de verlas muertas. Algunas parecían blindadas: como aviones de caza del siglo XX. Y cuando se frotaban las patas como lo hacían, ¿qué era? ¿Una anticipación de su ataque, o la satisfacción de la venganza que ya habían cobrado, la venganza de la fealdad? Xan sentía que aquella fealdad lo irritaba. Cuando se frotaban las patas, parecían estar afilando sus cuchillos.
Semejantes criaturas no podían ser despachadas con la fuerza bruta del matamoscas; el disgusto que le inspiraban no podía viajar por la mano y a lo largo del brazo hasta alcanzar la garganta y provocar las náuseas. «Tan potente que las verás caer», decía la leyenda del insecticida. Y él esperaba ese momento. Durante unos segundos zumbaban alrededor de su objetivo, como si la ráfaga fatal fuera algo que pudieran evitar aleteando. Pero estaba ya rodeándolas por todas partes, como la edad, como cualquier aflicción posible. Las alas se les encogían bruscamente, las tensas varillas de sus patas se rizaban como vello púbico. Eran como hombrecillos…, pero no morían como morimos nosotros. En los hospitales, incluso en las cámaras de ejecución, en las habitaciones más recónditas, los seres humanos no corren a estrellarse contra los vidrios de las ventanas o los espejos, ni caen luego al suelo zumbando rabiosamente y dando vueltas sobre sí mismos.
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