Xan se asomó por la puerta de la librería de la High Street y al punto se dio cuenta de que Lucozade no se encontraba ya en la mesa de Libros Recomendados. Dobló por Delancey Street y pasó por delante del café donde ya no tocaba la guitarra rítmica los segundos miércoles de mes por la noche. Luego siguió por Mornington Crescent, bajo los concurridos árboles, y de las puntas y los alambres que dominaban más abajo las vías le llegó con el viento un susurro: «¡Harrison! ¡Mueve de una vez tu condenado…!» A veces un aeroplano puede sonar como una nota de advertencia. Había cuatro en el firmamento, pero demasiado lejos para poder ser oídos… Una densa y enmarañada bruma parda se había desprendido de las farolas como la piel de un oso o un mono, pero con una extraña nota de color en ella (tal vez el resultado de alguna confusión química), semejante al caqui o al color de un esparadrapo viejo.
Allí estaba el Hollywood, y Xan entró en él.
– Hola -saludó al barman (un barman diferente)-, tomaré un… ¿Qué ha ocurrido con los Dickheads?
– Un cambio de carta.
– Está bien. Tomaré un Shithead. No: dos Shitheads. Por cierto…, ¿qué diferencia hay entre un Dickhead y un Shithead?
– El Bénédictine. En el Dickhead.
– Bueno…, pues echa un poco de Bénédictine en el Shithead. Porque lo que de verdad me apetece es un Dickhead. Dos Dickheads…
La terraza pavimentada estaba de nuevo desierta; más que desierta, abandonada. No había ningún animal muerto patas arriba en el turbio cauce, ni una puesta de sol semejante a un incendio detrás. ¿Y dónde estaría su pájaro («¿Es tu ligue?»), su gorrión londinense…? Habían pasado seis semanas y, según los libros, se suponía que ahora estaba emergiendo de una etapa de falsa conciencia…, aunque la palabra incredulidad -se dijo- la definía mejor que negación. Ahora se le suponía destinado a experimentar una profundización de su melancolía al calibrar las auténticas proporciones de su empobrecimiento. Pero Xan ya se había sentido más pobre desde el primer momento y lo que ahora temía era una degradación. ¿Qué impedía que su familia lo abandonara? ¿Acaso no veían ahora, como la veía él, la insospechada fragilidad de todas las prohibiciones? ¿Y por qué se ensañaba él con Russia, por qué la torturaba con el arma del sexo? ¿Para atarla a él, de forma que tuviera que quedarse, o sólo para echar un último polvo antes de que lo dejara? ¿O tal vez para castigarse a sí mismo, a sí mismo, y provocar su rechazo? El gruñido que se le escapó de pronto le salió demasiado fuerte, de manera que, si alguien se hubiera parado a escucharlo al pasar, podría haber pensado que Xan Meo estaba a punto de vomitar.
Pasaron unos minutos. Era consciente de que su estado actual le recordaba fisiológicamente la muerte de su hermana y la forma como ésta había afectado a sus propias ganas de vivir. En aquel entonces (y por espacio de un año, más o menos), lo asaltaba un pensamiento: Jamás seremos inmortales. Porque es la muerte de los otros la que nos mata… De pronto, notó como una alteración del aire vibrando en su nuca. Siguió un momento de temerosa tensión, y entonces se volvió… ¡Era ella, era ella (ahora estaba seguro de que era hembra), el gorrión fisgón, con sus locuaces aleteos! Y mientras el pájaro se inclinaba y agitaba, inquieto, a su alrededor, Xan dijo en voz alta:
– ¿Qué ocurrió, pequeña? Tú lo viste. ¿Qué ocurrió?
A diferencia de las tristemente asimiladas palomas (para las cuales el vuelo era simplemente un último recurso), el gorrión fisgón seguía siendo una criatura aérea; era, y se mantenía altivamente, distinto. Antes de cesar en sus gorjeos, fijó por un instante en él la locura neutra de sus ojos. Xan sintió una corriente, o un cambio de temperatura, en su espíritu. Y entonces recordó: «Cuando recuerdes esto, lo lamentarás, muchacho. Lo has vuelto a mencionar. Lo has repetido…, tal como lo escribiste, con todas las letras.» Con todas las letras…
– ¡Dios te bendiga! -exclamó Xan.
Era información nueva. Significaba que había mencionado a su enemigo en algo que había escrito. Y, así, con dedos temblorosos, anotó también eso en el cuaderno en que le habían dicho que anotara todos los detalles de su jornada: las visitas al baño, lo que había comido, las palabras que había intercambiado con Billie, el lugar donde había dejado sus llaves.
El nombre significativo tenía que estar en Lucozade.
Se dedicó ahora a los Shitheads, y durante un rato se sintió muy feliz y orgulloso.
Con sus cambios de humor, sus fallos en el motor (chapurreos y tartamudeos), sus llantinas, su creciente lascivia, su afición a las palabras y acciones que sembraban semillas de pesar, la condición postraumática de Xan le trajo el recuerdo de algo: de la borrachera. Y así, tras unas cuantas copas más en el Hollywood, se le ocurrió -tal vez algo bebido ya- que en su nuevo mundo el alcohol podría aclararle las ideas. Y en un intento de explorar semejante hipótesis, se encaminó a los pubs salvajes de Camden High Street y Kentish Town Road.
– Ahora, en Londres, reina la congestión, la congestión -dijo un delgado joven irlandés apoyado contra la barra en el Cabeza de Turco-. En todas partes. Pero vuelve a casa, aléjate un kilómetro de Dublín, y no verás a un solo pecador en todo el día.
Metiendo a la fuerza el antebrazo por debajo del pecho del otro, Xan inclinó la cabeza y agachó el mentón para alcanzar su tercera jarra de cerveza London Pride. Todos somos pecadores. ¿Qué otra cosa hacemos, sino pecar? Había muchos pecadores en el Cabeza de Turco: muchos que respiraban, pensaban, soñaban… No todo el mundo puede caminar, o hablar, u oír, o ver…, pero todos bebemos y meamos. En cualquier parte hay personas que comen y que excretan. Xan pidió otra jarra de cerveza del alimentador que había detrás del mostrador de madera.
Se había sentado con un grupo de mamones alrededor de una mesa de billar. Y se sentía feliz. Las tías no lo excitaban y los tíos no le daban miedo. Había un sentimiento común en todos: el de formar una especie de hermandad. Algunos cagones se marchaban…, pero meones recién llegados ocupaban su lugar. Cada pedo pagaba una ronda. Así continuó la cosa durante largo tiempo. Luego él se despidió de los gilipollas allí reunidos y siguió adelante.
Más tarde, mientras se encontraba de pie en el trepidante lavabo de un jazz bar en Camden Road, Xan miró su reloj y se sorprendió muchísimo al ver que ya eran las dos de la madrugada. Pero aquello no debilitó la reconcentrada bizquera que lo había asaltado mientras se aflojaba los pantalones. ¿Su objetivo inmediato? Tras haber consumido una notable cantidad de agua de grifo teñida de color parduzco, el objetivo inmediato de Xan consistiría en averiguar si aún era lo bastante hombre para limpiar con su meada la mierda que había dejado en la parte de atrás del inodoro de porcelana. No fue lo bastante hombre para eso, pero es que aquella mierda era realmente algo serio: cordero al curry agrio, kebab de cerdo, pizza cajún, jalapeñas rellenas… Al salir de su retrete, pensando con algún detenimiento en cómo regresaría a casa, la suerte se le volvió de cara. Había una máquina en la pared que, mediante la inserción de una moneda de una libra, dispensaba una generosa cantidad de colonia barata: lo que necesitaba para ahogar el hedor del pub. Tenía un montón de monedas y, vamos…, las empleó para macerarse a conciencia en la dulzona fragancia. Los cigarrillos se le habían acabado hacía rato, pero no importaba, porque había comprado una buena provisión de cigarros baratos.
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