– Hay un chiste estupendo en el libro que estoy leyendo… Se trata de un muchacho que va a prisión con una sentencia muy larga. Y que está un poco preocupado acerca de cómo se las arreglará para matar… el tiempo. Alguien le dice que en el carrito que pasan hay rompecabezas. Le dan un rompecabezas. La clase de juego que hacía Vicky cuando tenía…, espera, ahora te cuento… Ya sabes, de madera con una docena de piezas… El caso es que lo acaba, y se lo dice, alborozado, a su compañero de celda: «¡Ya lo tengo!» A lo que el otro le responde: «Sí, pedazo de bruto…, pero has tardado diez meses.» Y nuestro hombre replica: «¡Oh! ¡Pero si en el paquete pone “De tres a cinco años”!»
Los dos alargaron el brazo en el mismo momento para tomar sus respectivos vasos. Y, en el mismo momento, los dos bajaron la vista y vieron, en la mesa entre ambos, el ejemplar de Pasatiempos y Rompecabezas – 19, y, junto a él, el tomo, encuadernado en suave piel de cerdo, de La princesa Casamassima , de Henry James.
– ¡Qué color tan extraordinario se te ha puesto, Bugger!
Y allí estaba Enrique al día siguiente, en el mirador, inclinado sobre un ejemplar de Pasatiempos y Rompecabezas – 20…
Ahora Brendan se fijaba en los dos cuellos, separados de él por un cristal como ejemplares de una exposición, que ocupaban el asiento delantero: uno largo y fino (el de Rhodes, el chófer más veterano), el otro corto y grueso (el del capitán Mate). Mate tenía el cuello tan curtido y picado de cicatrices de pústulas, que ni uno solo de sus poros parecía haberse librado de ellas: tenía el aspecto de la arena después de la lluvia.
– ¡Oh, qué ingenioso es el tipo que ha hecho esto! -exclamó Enrique mientras ponía las cuatro letras verticales de la respuesta que formaban el ángulo interior derecho de la cuadrícula. Llevaba más de una hora dedicado a su resolución. Al cabo de otros diez minutos más, lo dejó a un lado-. No puedo seguir con esto -dijo-: es condenadamente enredado. Veamos las noticias.
Los pescuezos de Rhodes y Mate desaparecieron ahora de la vista cuando el rey, pulsando hábilmente un botón, interpuso un paño de fieltro negro. A continuación tomó el mando empotrado en el reposabrazos y lo apuntó hacia la pantalla de televisión a la vez que accionaba hábilmente la tecla de conexión…, como si estuviera rivalizando, pensó Brendan, en una batalla de ingenios. La pantalla chisporroteó y despertó al cabo.
– En fin -dijo-. Tengo la impresión de que me he ganado un trago.
Enrique se retrepó en su asiento con su copa de brandy y la levantó con ambas manos como haría una mujer con un recipiente lleno de líquido hirviendo. Fuera, más allá de las ventanillas de cristal blindado, la mañana azul se había estropeado por completo, y la autopista que conducía hacia el sur era un monumental hervidero de metal y neumáticos empapados bajo cielos de color pardo violado… Cuando Enrique accedió al trono, casi una cuarta parte de la población creía aún que había sido elegido personalmente por Dios; bueno, aquel eczema por estrés, con independencia de dónde lo hubiera pillado, seguramente echaba por tierra el derecho divino de los reyes. Aquella dolencia lo había asaltado por primera vez en la semana que siguió al accidente de Pamela. Lord Fletcher extrajo la conclusión obvia; pero Enrique, que se retorcía aún por efecto de su epifánica crisis («Oh, no, Pammy. Pero, por lo menos, esto significa… Por lo menos, quiere decir…»), tenía otra sospecha. No era tanto el accidente como la tarea, inconcebiblemente onerosa, de comunicárselo a la princesa. Enrique, que apenas soportaba ser el causante de la más trivial decepción, que sufría durante semanas si tenía que negarle un último chapuzón, una tercera piruleta o un undécimo cuento más a la hora de darle las buenas noches en su cama… Hubo un paréntesis de dos días (de embargo de noticias) mientras Victoria era enviada a un crucero por las Aleutianas. Entre tanto, a base de pinzas y cauterio, el eczema de estrés seguía poniendo al descubierto las terminaciones nerviosas de las fisuras y defectos más íntimos. Cuando se lo explicó más tarde a la princesa, en la biblioteca de la Greater House, aún se sintió más embarazado por aquella difícil confidencia. Ahora, en cambio, una vez aceptado plenamente el dolor, pasaba horas y horas paseando con ella a la orilla del río, y hablando del tema.
– ¡Cielos! ¿Habéis visto eso? -exclamó súbitamente Brendan.
– Ha desaparecido.
– ¡Vaya por Dios! No lo pasarán de nuevo.
– Ha desaparecido.
En la pantalla del televisor se había encuadrado un instante una escena callejera: una cola suelta de personas impacientes. Y, de repente, una de ellos desaparecía y dejaba en el mundo un hueco del que parecía brotar la muerte.
A los pocos instantes, Brendan dijo:
– Horrorismo. Eso es lo que acabamos de ver, señor: un acto de horrorismo.
Enrique le miró como induciéndolo a seguir. El Rolls real, con su convoy de furgonetas, había dejado la calle principal y entraba en la explanada en forma de concha de la Abadía.
– Angustia, ansiedad, preocupación, inquietud -dijo Brendan, que reconoció la táctica de Enrique: su afán supersticioso de posponer las cosas: no hablar de Victoria hasta que el coche detuviera su movimiento-. Os persigue una bestia salvaje a la que ya teméis -prosiguió-. Una fiera que transforma el temor en terror cuando empieza la caza. Y que convierte el terror en horror cuando ésta concluye. Sentís horror cuando se abate sobre vos, cuando está realmente allí .
Pero ellos no estaban allí, y delante de ellos la explanada se hundía gradualmente.
Sigue, Bugger -dijo, tenso, Enrique. Casi perdiendo pie, Brendan prosiguió:
– El terrorista que pone una bomba… Para el terrorista que pone una bomba, la muerte no es muerte. Y la vida no es vida, tampoco, sino una ilusión. Existe lo que se llama la bomba demográfica…, la bomba de la natalidad. La bomba de la natalidad, la bomba de la muerte.
Comenzaban a subir ahora.
– Es una manera de hablar, Bugger.
– … Bien, señor, sugiero que os limitéis a lo que podemos suponer razonablemente que será pronto materia de conocimiento común.
– Explica eso, por favor.
Brendan lo hizo.
– Mmm… Un lugar perfectamente adecuado. Te necesitaré, Bugger, a las cinco menos diez.
Entre el Rolls real y la doble puerta de la Abadía había ahora dos hileras de hombres que sostenían paraguas.
Querida princesa Victoria:
¿O qué tal si escribo simplemente «Victoria»? Espero que estarás hasta la coronilla de tanta interminable pompa y circunstancia en tu vida. Aquí no encontrarás nada de eso, y cordialmente te invito a que vengas a hacernos una visita cuando te plazca. ¡Sin ceremonias! Nosotros no somos partidarios de las ceremonias.
De ordinario cenamos temprano, a una hora razonable. Una cena buena y sencilla, como la que se ha venido disfrutando en Inglaterra durante siglos. Nuestra caravana tiene dos habitaciones completamente separadas. Una vez que madre se ha acostado, la independencia entre ambas está garantizada por completo.
Tendremos, pues, absoluta tranquilidad para tumbarnos en el diván y pasarnos cuantas horas queramos conociéndonos el uno al otro. Yo empezaré besándote…, despacio. Suave, tiernamente…, cariñosamente. Después, cuando tú me digas que ha llegado el momento y ni un instante antes (a petición tuya, como dicen), izaré mi…
Brendan bostezó y dejó de leer (seguían varias páginas más). Se hallaba en la sala de espera, con su maletín sobre las rodillas, revisando un lote más del correo restringido de la princesa; un correo que a ella jamás le llegaba. Para empezar, Brendan había pensado que el enemigo tal vez hubiera mostrado su firma en algún momento anterior; ahora ya no lo creía, pero seguía perseverando simplemente por la sensación de que aquello lo conducía a alguna parte. Aunque, por supuesto, aquellas cartas de la princesa no procedían del mundo contra el que había que protegerla: eran fruto del mundo de la nostalgia onanista; un mundo de grosera sentimentalidad y sadismo impotente. Incluso en su expresión más violenta, y algunas eran, sí, sumamente violentas, daban la impresión de una inercia gimoteante, de un estancamiento humillado. Unos hombres así no viajarían a Francia con videocámaras de oro…
Читать дальше