Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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Mientras rebullía por tercera o cuarta vez esa mañana, Xan Meo se dio cuenta de la presencia de su mujer, que estaba sentada, esperando, en una silla al lado de la cama. Ella fue la primera en hablar:

– He estado leyendo acerca de ti. Bueno…, no precisamente de ti, sino de las personas en tu mismo estado. Y ahora, Xan, hay algo que quiero decirte: no te tragues el mito ese de «los dos años». Es un cuento chino que ha causado mucho dolor innecesario. Dicen que «pasados dos años» ya no te recuperarás. No es verdad, Xan. Puedes tardar muchísimo más en recuperarte. ¡Puede costarte cinco años! ¡Incluso diez! Pregunta a la gente de tu grupo de apoyo y verás que es así.

Xan necesitó más tiempo del que le hubiera gustado para darse cuenta de que quien le explicaba todo esto no era su segunda esposa, sino la primera. Porque no se lo estaba contando Russia, sino Pearl. Quien siguió diciéndole:

– Una cosa así puede hacerte agradecer lo que ya tienes, ¿sabes? Me siento agradecida por haber recibido una cantidad de dinero, en vez de una pensión por alimentos. Porque me imagino que eres consciente de que sólo una cuarta parte de los que han sufrido un traumatismo craneoencefálico están trabajando con normalidad a los tres meses de sus accidentes, ¿no?

Xan enderezó el cuerpo en la cama y se alisó con las dos manos sus escasos cabellos: suponía -y era una suposición motivada o sugerida al menos por la sonrisa de Pearl- que jamás había parecido tan calvo. En términos más generales, sus mejillas y frente parecían marcadas de excrecencias y asperezas, como si, durante su sueño, alguien hubiera cortado y untado rebanadas de pan sobre su cara, dejándola cubierta de migajas y semillas que permanecían fijas por efecto de la mantequilla. Y le alegraba que Pearl no pudiera ver sus rodillas, porque, por su cara interior, a cada lado de la rótula aparecían visibles regueros ondulados y fluidos como gruesas lombrices.

– ¿Dónde están los chicos? -preguntó-. ¿Han venido contigo?

– Están en la cafetería. Esperándome… Una de las cosas para las que te tienes que preparar, querido, es para una disminución de tu cociente intelectual. Lo prueban los estudios. No debería afectarte al actuar, pero no te irá demasiado bien para escribir, ¿verdad? Y no sé qué decirte a propósito de seguir tocando la guitarra rítmica. Aunque… ¿sabes qué es lo que me preocupa realmente?

Xan aguardó.

– Lo que me preocupa de veras es cómo afectará esto a tu relación con Russia. Cuando os sentéis a la mesa el uno frente al otro, no sabrás nunca en qué estará pensando. Y eso fue siempre muy importante para ti en el pasado: su mente. Es lo que solías decir. No importaría tanto si aún siguieras conmigo. Entiéndeme… No digo que te haría mucho caso ahora en tu estado. Pero podríamos pasarnos el rato contemplando los dos la pared. En cambio, con ella… .

En un rincón, junto a la puerta, varios jóvenes convalecientes de traumatismo craneal estaban delante del televisor, contemplando la única actividad humana que tiene como meta provocar traumatismos semejantes: el combate de dos tipos en un ring cuadrangular, vestidos con brillantes calzoncillos y con protectores de dientes.

– Estás muy callado, Xan. Espero que se trate sólo del esfuerzo por intentar juntar unas pocas palabras sencillas…

– Oh, no… Puedo hablar perfectamente.

– Sí, ya sé que puedes. Pero no te preocupes por las palabras más largas…, ya sabes, las que tienen dos o más sílabas: poco a poco lo conseguirás.

Para hacerle justicia a Pearl (y Xan, aun sin palabras, ya le había hecho íntimamente esta concesión), debería decirse que, en cuanto se enteró por la prensa del ataque del que había sido víctima, telefoneó al hospital y gritó a varias personas exigiendo, como madre de los hijos de Xan, que le facilitaran un diagnóstico completo y detallado de su estado, que le comunicaron, y del que ella dio cuenta enseguida a sus hijos con la esperanza de que se restablecería. Tal vez no era la ex esposa modélica que uno elegiría para sí. Pero era una buena madre.

– Lo peor es que…, es que… dicen… Lo peor es lo que dicen que puede pasarle a tu vida sexual.

La mujer -como observó otra mujer hace doscientos años ya-… la mujer busca la belleza sólo para sí. El hombre es indiferente a los matices; y las únicas cosas a las que otra mujer responderá con gratitud son señales obvias de pobreza o mal gusto. Pearl no se vestía sólo para sí: se vestía para todos, incluida ella. Hoy llevaba puesta una cazadora de cuero negro brillante y estridente al roce, un jersey de cachemir blanco y una falda rosa estampada con flores llamativamente corta (más botines de bruja, también negros, hasta la altura del tobillo, y calcetines con volantitos blancos). Y había una cosa más. Otro detalle más en su atuendo.

Xan había conocido a Pearl, intermitentemente, desde la infancia, y el mundo perdido de su matrimonio (tal como había dado en imaginarlo) era regresivo o animalístico, o incluso prehistórico: una tierra de saurios. Había cosas que todavía no se atrevía a contarle a Russia, y seguramente nunca lo haría. Por ejemplo, el hecho de que, después de doce años de vivir juntos (años marcados por silencios que podían llegar a durar un mes, separaciones a prueba, vacaciones por separado, frecuentes peleas que llegaban a los puñetazos y constante adulterio), la vida erótica de ambos mejoraba sin cesar…, si es que vale aquí la palabra mejorar. Al final, todo lo demás se había convertido en un horror sin fondo: habían llegado a un estado (como les dijo uno de sus consejeros) de «paranoia conyugal». Los dos chicos estaban ya cansados de pedir de rodillas a sus padres que se separaran. Pero no fue hasta bien entrada la segunda y más seria huelga de hambre de Michael y David (que se prolongó ochenta y cuatro horas), cuando Xan y Pearl reaccionaron y llamaron a sus abogados. Durante todo este periodo, sin embargo, su vida erótica mejoró sin cesar o, por decirlo de otra manera, ocupó más y más parte de su tiempo.

– Pueden pasar dos cosas con tu vida sexual -siguió diciéndole Pearl-: o que no te interese, que es lo que suele ocurrir con más frecuencia, o bien que no te interese ninguna otra cosa. ¿Cómo crees que va a ser?

Xan aguardó.

– Hagamos un pequeño experimento. ¿Listo?

Xan sabía lo que iba a venir, y sabía adónde miraría. Para decirlo claramente: Pearl O’Daniel era una mujer alta y delgada (y llevaba sus cabellos de color caoba cortos y en punta); era estrecha de caderas, pero tenía unos muslos generosos que se separaban por encima y por el lado exterior de las rodillas; con lo que su centro de gravedad quedaba en el espacio entre sus piernas: en aquel espacio en forma de Y mayúscula (o, más bien, en la ausencia triangular que ofrecía…). Ahora bien, una de las cosas que podían decirse del carácter de Pearl era que siempre iba demasiado lejos. Sus mayores admiradores admitirían esto de inmediato: iba siempre demasiado lejos. Incluso en compañía de aquellos que siempre lo hacen, Pearl se excedía y se pasaba cien pueblos. Y ahora, en el hospital de St Mary, Pearl se pasó otra vez. Liberó los muslos, que tenía cruzados, y cruzó en cambio los tobillos para revelarle a Xan el espacio en cuestión. Y Xan, que se hallaba irremediablemente vencido en la cama, tuvo que contemplarlo. Su ex esposa, empero, no había incurrido en el analfabetismo sexual de no llevar ninguna prenda debajo: llevaba algo, sí, y no cualquier cosa. Algo que a Xan le resultaba familiar, elástica, de color blanco nacarado, tachonado de estrellas. La mañana en que se había dictado su sentencia provisional de divorcio, Xan se había llevado aquella liga a la boca, mientras Pearl lo observaba con mirada de aprobación.

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