Martin Amis - Perro callejero

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Xan Meo es un hombre de múltiples talentos: actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Una noche, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza de un pub y, al poco rato, dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Tras una difícil convalecencia será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, como todos los que le rodean, porque Xan se convertirá en un antimarido, en un antipadre, movido por impulsos primarios y con una sexualidad muy perturbadora. Pero hay otros personajes que inciden en la vida de Xan. Clint Smoke, un periodista de un diario amarillista volcado en la pornografía y las noticias de escándalo, y también Henry England, el rey de Inglaterra y padre de la Princesita, a la que alguien ha fotografiado desnuda en su bañera. También está el misterioso Joseph Andrews, como una araña en el centro de una vasta red. Y en el núcleo de todo: Edipo, los padres como posibles corruptores devoradores de sus hijos, el difícil pasaje a la madurez.

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– ¿Y qué es esto, si puedo saberlo?

– La pastilla de jabón, señor. O, más bien, un detalle de ella: la estampación de su cara superior.

Enrique observó la cremosa superficie.

– Está bastante desgastada, señor, pero se ven los entrantes. Una flor. Tres pétalos unidos. La flor de lis. Es la marca que la casa real emplea en Cap d’Antibes. La princesa estuvo allí con vuestra majestad durante sus vacaciones en agosto. Y deduzco que fue entonces cuando fue sorprendida su privacidad.

– Es una curiosa manera de describir lo que yo considero un grave delito, Bugger… Pero, bueno… ¿Y ahora qué?

Brendan jamás había visto algo así: el rey asumiendo un aire auténticamente regio. Respondió, en consecuencia:

– Con vuestro permiso, majestad…, Oughtred y yo volaremos a Niza mañana.

– Traicionada… ¡Oh, pobre niña!

Los dos hombres escucharon cómo el tren se estremecía lentamente y volvía a arrancar… Brendan reflexionó. Naturalmente, la princesa Victoria ya había sido el tema de mucha controversia nacional. La primera se produjo cuando contaba apenas diecisiete días: una niñera despedida alegó que la habían echado porque la reina se negaba a seguir la práctica de alimentar al bebé cuando lo reclamaba, en vez de hacerlo a horas fijas. Seis meses después, de forma semejante, el país se vio dividido acerca de la cuestión de si la princesa estaba o no en condiciones de ser destetada. Y así sucesivamente. ¿Se le debía permitir que aprendiera a montar en bicicleta dentro de casa sin llevar casco protector? ¿Debía permitírsele ingerir comida rápida cuando iba de excursión con el colegio? ¿Debía haber lucido una minifalda así en la malhadada discoteca de Dunsinane? [10] Fue en esta etapa, tras haber cumplido la princesa once años, cuando Brendan se sobresaltó al detectar un carácter lascivo semiconsciente en su fijación nativa. No…, tal vez no lascivo, pero sí indecente, aunque de una indecencia no culpable. Cuando ella cumplió los doce años, se produjo un fuego cruzado de reflexiones sobre las discutibles virtudes a) de las compresas higiénicas, y b) del montar a caballo a la amazona…, en las que, por supuesto, jamás se mencionaba a la princesa. Pero podías intuir lo que se estaba forjando, construyendo; lo que estaba en el espíritu de la gente: que Victoria se hallaba en el límite entre la infancia y la edad núbil. Tanta preocupación, concentrada en el precioso himen de la princesa… Brendan pensaba que la relación entre los ingleses y las personas de la familia real era incestuosa y narcisista, pero esencialmente subliminal (por debajo de un umbral o limen ) . Allí todo era oscuro: un cielo sin luna ni estrellas.

– Encárgate de que reciba esto hoy, Bugger.

Enrique se puso en pie y fue a su escritorio donde, empleando un pincel de marfil y un platito de plata con agua, humedeció la goma del sobre que contenía su carta a la princesa, al que añadió el sello real con el anillo del dedo medio de su mano derecha.

Brendan recogió sus cosas. Primero la ampliación, la grotesca imagen ampliada al tamaño de un mantel de hule. Después la fotografía. Se alegró de no poder ver en ella el rostro de Victoria, con las pupilas en el ángulo superior izquierdo de sus ojos, que tanto lo turbaba. Creía saber lo que estaba haciendo la princesa en el momento en que fue tomada la foto: estaba escuchando .

El mapa en relieve de la flor de lis, ahora que no era más que un detalle: la marca del jabón. Porque…, ¿quién podría decirlo? Con una pastilla de jabón de ese tamaño, quizá pudiera lavarse toda la maldita ciudad…

Por los lados, el tren real cruzó el norte de Londres y continuó hacia el oeste.

Andy New lo vio pasar. Se hallaba en un lugar por debajo de la vía (su nuevo escondrijo para la hierba) y vio las ventanillas provistas de cortinas de los vagones, los blasones y emblemas. «¡Dinero de los contribuyentes!», pensó. Y no es que And fuera precisamente un contribuyente…

Era un camello: un vendedor de drogas y de pornografía.

Y era asimismo un anarquista, un alborotador callejero y un concienzudo asaltante de restaurantes de comida basura durante los tumultos contra la globalización. Dos años atrás, su pareja de hecho, Chelci, le había dado un hijo: el pequeño Harrison.

Tras saltar la verja, siguió camino arriba por la pendiente de detrás, respondiendo entretanto a la llamada de su hermano mayor, Nigel. Nigel había sido un cachondo en otros tiempos, pero se había vuelto del todo convencional y ahora estaba completamente muerto, como cualquier otro imbécil.

Nigel: No estarás traficando con esa mierda, ¿verdad?

And: Con vídeos y todo eso, claro. Pero no con esa porquería.

Nigel: Porque eso está muy mal visto. Eso es lo que pasa.

And: Definitivamente no es para mí.

Nigel: No es para nadie.

And: No me interesa en absoluto.

Nigel: Estoy preocupado por ti, And. Cuando fuimos en tren a Manchester…

Los dos hermanos habían viajado recientemente a Manchester para ver el partido de fútbol y hacerle una visita a su padre. El edificio del ayuntamiento envuelto en una especie de camiseta de malla verde, la radio de onda corta del taxista al paso por Britannia Ridgeway, Rodger-Rodge, Oxnoble, Tango Three, Midland Didsbury…

Nigel: ¿Recuerdas que nos sentamos en el suelo, entre los compartimentos? De acuerdo, no había ningún otro sitio donde sentarse. Pero te miraba y me decía: «Le encanta estar aquí, en el suelo, con su lata de cerveza.»

And: ¿A qué viene esto, Nige?

Nigel: A que estoy preocupado por ti, And.

And: Bueno, pues más vale que te preocupes por tus jodidos impuestos.

Cuando, rezongando, se disponía a cruzar el puente, una voz lo llamó desde detrás.

– ¡Oiga! ¡Perdone! ¡Joven!

Al volverse, And vio a un hombre de edad entre avanzada y mediana, que vestía traje oscuro de rayitas, con americana de tres botones abrochados, gafas oscuras y borsalino negro.

– Gracias, gracias. Me pregunto si tendría usted la amabilidad de orientarme…

Con alguna dificultad, sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta.

– ¿Cómo está usted? -preguntó sonriendo cordialmente.

– Muy bien. ¿Y usted?

– Jamás me he sentido mejor en la vida, muchas gracias. Y ahora estoy disfrutando de este tiempo espléndido que hace.

Un acento de ésos… que son más elegantes que el del rey.

– Estoy buscando Mornington Crescent , ya ve. No Mornington Terrace, sino Mornington Crescent… .

Andy lo encaminó enseguida hacia allí.

– Ah… Se lo agradezco mucho.

En este punto, con una elegante rotación de la muñeca, el hombre del traje se quitó sus gafas oscuras… para revelar los ojos más extraños que And jamás había visto: brillantes de tan pálidos; de un azul antártico con halos amarillos. Por un instante, Andy se preguntó dónde habría dejado aquel tipo su perro lazarillo.

– Dígame… ¿Es usted por casualidad Andrew New?

– ¿Quién quiere saberlo?

– Me llamo Semen Figner…

Lo pronunció con un acento diferente: eslavo. Y New vio que los ojos azules se habían oscurecido despiadadamente.

– Tu mujer es una mierda -dijo Semen Figner con voz normal-. Tu hijo es una mierda.

14 FEBRERO (10.41 A. M.):

101 HEAVY

Primer oficial Nick Chopko: Eh, eso está bastante bien…

Mecánico de vuelo Hal Ward: ¿Cómo dices?

Chopko: Nos toca los segundos, despegue por la derecha.

Comandante John Macmanaman: Bueno, bueno… El viejo Comet de De Havilland. ¿Mil novecientos cincuenta y cinco? ¿Adónde irá eso?

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