Ward: ¿A Croydon, tal vez? ¿Al Museo de la Aviación?
Macmanaman Esta espera se va a prolongar hasta mi retiro.
Chopko: Sí. A mí también me gustaría despegar mientras aún soy joven.
Tras los setenta minutos de retraso por el estado del tiempo, el CigAir 101 había dejado su estacionamiento para sumarse a la cola que aguardaba el despegue en la salida nueve. Las normas de vuelo insistían en que se dejara un intervalo de tres minutos entre un despegue y otro. Pero aquel día, por supuesto, todas las tripulaciones transatlánticas tenían que estar en el aire a las once en punto. La torre optó, pues, por fijar un intervalo de emergencia de ciento treinta segundos. Y el comandante avisó tranquilamente a sus pasajeros que estuvieran preparados para encontrar algunas turbulencias debidas a las estelas de los aviones que habían despegado antes; pudiera haber añadido también que, con ellas, los pasajeros se sentirían más marinos que aeronautas, teniendo que afrontar mares embravecidos a doscientas millas por hora.
Torre: Uno cero uno Heavy: autorizado para despegar.
Macmanaman: Recibido.
Torre: Está feo allá arriba.
A las 10.53 el 101 Heavy bajó su morro y corrió en busca de su velocidad de despegue. Reynolds Traynor se hallaba sentada en el asiento 2B, con el cuerpo en posición vertical y el cinturón abrochado. Tenía un cigarrillo en la boca y la palanca de un encendedor esperando bajo la yema de su pulgar izquierdo, ya doblado y a punto para presionarla.
Chopko : V1… V2. Despegamos.
En el instante en que los neumáticos dejaron la pista, el comandante apagó la señal de no fumar.
Un aeroplano que se eleva recibe normalmente el impulso de un fuerte viento de morro; pero el viento de morro al que se encaró el 101 Heavy, si bien no podía ser descrito como de tempestad, con sus cuarenta y seis nudos de velocidad era, sin duda, de fuerte galerna o muy duro. El comandante se enfrentaba, así, a dos peligros inmediatos -uno grave; otro meramente muy serio- que lo eran ya con la turbulencia de estela y su «efecto embudo» o sin ella. El primer peligro estaba en que la aeronave quedara «por debajo de la BUG», o velocidad mínima de vuelo, y a merced de su propio peso (lo que al final resultaría en una breve serie de palabras gruesas grabadas en la caja negra). El segundo peligro era el del «encabritamiento del morro»; en este caso, la fuerza del viento incide sobre el avión en su parte delantera ascendente y lo hace vulnerable a «entrar en pérdida». Este encabritamiento del morro fue lo que le ocurrió al 101 Heavy. En el momento en que encendía un cigarrillo con la temblorosa brasa de la colilla de su predecesor, Reynolds inclinó el cuerpo hacia el pasillo y miró atrás. Las cortinas entre una y otra sección se habían levantado hasta la altura de las cabezas por efecto del aire. Era como mirar hacia el hueco de un ascensor, sólo que un hueco densamente poblado. Las mujeres que podía ver tenían rostros contorsionados, dentaduras desnudas, ceños incrédulos. Y los demás tenían las frentes marcadas por las arrugas infantiles y bovinas de los hombres que aguardan la muerte.
El 101 Heavy se hallaba en un plano divergente veinte grados del horizontal (aunque se sentía más bien como si estuviera a sólo veinte grados de la vertical), y con los motores a su máxima potencia, cuando se encontró con el aire agitado de la turbulencia creada por el avión que había despegado antes de él.
En aquel momento, los cierres que mantenían en su lugar el ataúd de Royce Traynor se soltaron de sus anclajes. Tras caer repetidamente más de diez metros, Royce se precipitó en un mosaico de bicicletas de montaña convenientemente encadenadas a una mampara. El féretro quedó encajado como una cuña contra el portón de carga, y allí permaneció, más o menos vertical, mientras el avión se estabilizaba y continuaba ascendiendo sin gran impulso para alcanzar su altitud de crucero.
– ¿Verdad que es estupendo estar por encima de las nubes? -dijo el pasajero del asiento 2A-. Me gustaría vivir más allá del tiempo atmosférico.
– Sí -asintió Reynolds-. Pero no hoy.
– No, hoy no.
Estaba mirando sus piernas, con ojo crítico, o así le pareció a Reynolds, que estaba orgullosa de ellas. Y luego se puso a mirar sus pies.
– No debería haberse puesto tacones -dijo-. Podría perforar con ellos la rampa hinchable de emergencia…, que podríamos necesitar también como balsa. Y yo diría que lleva usted leotardos, además…
– … Es verdad.
– Tampoco debería. Están hechos, en parte, con fibra sintética, ¿sabe? -añadió-. Al arder se funden y se adhieren a la piel.
En el interior de la bodega de carga, el cadáver de Royce Traynor pareció cuadrarse.
Estaba listo.
1. LA DIVULGACIÓN DEL SABER
Para su siguiente entrevista con el médico responsable de Cuidados Intensivos, Russia Meo se había puesto la ropa más cara que tenía: un traje italiano de cachemir negro hecho a medida, guantes y bolso a juego, y zapatos de salón. Pretendía con ello enviar un mensaje muy claro al doctor Gandhi: si algo salía mal, no se libraría de una demanda. Era, también, uno de esos días en que ella decidía instintivamente dejar que destacara su figura. Y así se había puesto una blusa blanca entallada y su sujetador blanco más dinámico. Estos lujosos alardes de seda no estaban destinados al doctor Gandhi (trataban de llamar la atención de algún otro), pero tal vez los elementos del escote oliváceo servirían para manifestar una afirmación básica: la afirmación de la vida, la vida…
El doctor Gandhi había tomado buena nota del aspecto de Russia, y extraído de ella alguna estimulación erudita (concretamente, lo intrigaba sobremanera el tamaño relativo de los pezones), pero no disfrutaba de la segunda entrevista tanto como había disfrutado de la primera. La correlación de fuerzas se había modificado ya, como siempre ocurría. ¡Cuánto mejor había sido, cuánto más apreciado se había sentido cuando nadie sabía nada…, en los tiempos anteriores a la divulgación del saber! Ahora, en lugar de los sudorosos mudos de antaño, te enfrentabas erráticamente a charlatanes que tenían asimiladas a medias historias clínicas, diagnósticos, prácticas de curanderismo. El doctor Gandhi creía que en adelante iba a ser cada vez más difícil conseguir que los médicos fueran tratados con la consideración debida por serlo, con la consiguiente mengua de su satisfacción profesional. Russia Meo era, por supuesto, una mujer educada, una mujer distinguida, incluso, a la que él jamás había esperado poder deslumbrar como un Saturno. Pero hoy en día -se decía- cualquier fracasado y vago de Londres tenía algún primo o sobrino gafudo dispuesto a navegar por Internet en busca de cuanto se supiera… Así que Russia empezó a presionarlo pregunta a pregunta y, puesto que los traumatismos craneales son lo que son, con todas sus laberínticas secuelas, el doctor Gandhi no tardó en encontrarse reducido a un ronroneo de explicaciones equívocas. Sintió que se apoderaba de él una sensación de desorden, aliviada, por un instante, cuando Russia se volvió hacia la blanca hoja de la ventana; su busto tenso le permitió concluir que los pezones tendrían el tamaño correspondiente. Esto suscitó en él un pensamiento sexual, no moderado por el simultáneo recordatorio de que los pezones grandes facilitarían todo lo relacionado con la lactancia, e incluso el propio proceso físico de ésta.
Russia, por su parte, no había disfrutado en absoluto de las muchas horas pasadas delante del ordenador, estudiando el tema de los traumatismos craneoencefálicos. Después de haber leído una frase concreta («Acérquese a su cónyuge como lo haría si se tratara de una relación completamente nueva»), incluso había salido precipitadamente de casa e ido hasta el Jeremy Bentham a comprar cigarrillos. Fumó siete mientras se imbuía del contenido de subsecciones con títulos tales como «Su Nueva Vida Doméstica» y «Su Nueva Vida Social», y otras por el estilo. ¿Qué querían decir con eso de nueva ?, pensaba. (¿Y a qué venía eso de su ?) Siempre damos por descontado que es mejor estar preparado que no estarlo…, pero no mucho mejor: en algunas eventualidades, estar preparado tampoco sirve de nada… Entre otras recientes adquisiciones y logros, las mujeres han conseguido importantes avances en el dominio predominantemente masculino del egocentrismo. Y, junto con la convicción de que daría lo mejor de sí misma, estaba otra: concretamente, la de que existían algunos (no, muchos) posibles resultados, ampliamente descritos en la pantalla de su ordenador, que ella no podía ni quería aguantar. No se estaba mostrando despiadada, sino meramente moderna: realizada. Pero entonces a Russia se le venía a la mente otra frase, una que la hacía odiarse a sí misma, y llorar, al tiempo que le infundía valor. La frase decía: «Sólo existe un “remedio milagroso”, y es el amor.» Y entonces se exigía a sí misma realizarse, aunque de diferente manera.
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