– Los otros no han venido. -Intenté que mi voz sonara adulta para igualar su mirada, consciente de pronto del carmín en la boca y los ojos, preguntándome si haría algún comentario al respecto. Si se atrevía a reírse, pensé con fiereza, si se atrevía a reírse, entonces… Pero Tomas se limitó a sonreír.
– Bien -dijo en tono casual-. Entonces tú y yo solos.
Como ya he dicho fue un día perfecto. Resulta difícil explicar la trémula alegría de aquellas horas desde la distancia de sesenta y cinco años; a los nueve años una es tan susceptible que incluso una palabra basta a veces para hacer que corra la sangre y yo era más sensible que muchas, casi aguardando a que él lo estropease todo… No me llegué a preguntar si lo amaba. Era algo irrelevante en aquel momento. Resultaba imposible comparar lo que sentía -aquella alegría punzante y desesperada- con el lenguaje de las películas favoritas de Reinette. Aun así eso era lo que sentía. Mi propia confusión, mi soledad, el distanciamiento con mi madre, la separación con mi hermana y mi hermano habían dado origen a un hambre musitado, una boca que se abría instintivamente a cualquier palabra o pequeño gesto de amabilidad, aunque procediera de un alemán, un extorsionista alegre a quien sólo le importaba mantener abiertos sus canales de información.
Ahora me digo a mí misma que eso es lo único que quería. Aun así una parte de mí sigue negándolo. No era sólo eso. Había algo más. Le gustaba estar conmigo, charlar conmigo. Si no ¿por qué se habría quedado tanto rato? Recuerdo cada palabra, cada gesto, cada entonación. Me habló de su hogar en Alemania, de la bierwurst y del Schnitzel , de la Selva Negra y de las calles del viejo Hamburgo y de Renania, del Feuerzangenbohle con una naranja en llamas tachonada con clavos en medio de un tazón de ponche humeante, de los keks , strudel , backenoff y frikadelle con mostaza y las manzanas que crecían en el huerto de su abuelo antes de la guerra, y yo le hablé de madre, de sus pastillas, de sus rarezas y de la bolsita con naranja y de las trampas para cangrejos y el reloj partido con la esfera rota y de que si pudiera conseguir un deseo desearía que aquel día no terminase nunca.
Me miró entonces; una mirada extrañamente adulta pasó entre los dos, como una variante del juego de Cassis de desafiar con la mirada, sólo que esta vez fui yo quien primero bajó los ojos.
– Lo siento -murmuré.
– Está bien -respondió, y en cierto modo así era.
Cogimos algunas setas más y tomillo silvestre, con un aroma mucho más intenso que el cultivado, con sus diminutas florecillas púrpura, y algunas fresas tardías debajo de un leño. Mientras él subía entre las hojas de abedul caídas le rocé fugazmente la espalda, haciendo ver que había tropezado, y durante horas después seguí sintiendo el calor de su piel cauterizado en mi palma como si fuese una quemadura. Luego nos sentamos junto al río y contemplamos el encendido disco solar mientras se ocultaba detrás de los árboles; por un instante estuve segura de haber visto algo, oscuro contra el agua oscura, algo medio visible en el centro de una enorme V de ondas, una boca, un ojo, la curva escurridiza de una ijada moviéndose, una doble fila de colmillos atravesados por anzuelos antiguos… Algo imponente, de proporciones increíbles, que se desvaneció en el mismo instante en que intenté darle un nombre, dejando tras de sí ondas y una agitación de agua turbulenta donde antes había estado su presencia.
Me puse en pie de un salto con el corazón desbocado.
– Tomas, ¿has visto eso?
Tomas me lanzó una mirada perezosa, con la colilla del cigarrillo entre los dientes.
– Un tronco flotante -dijo lacónico-. Un tronco en la corriente. Se ven pasar continuamente.
– No, no lo era -mi voz sonaba chillona y trémula por la exaltación-. ¡La he visto, Tomas! Era ella, era ella, la Gran Madre, la Gran Ma… -Con una frenética y repentina descarga de velocidad, eché a correr hacia el puesto de vigilancia para buscar la caña de pescar. Tomas soltó una risita sofocada.
– Nunca lo conseguirás -me dijo-. Aun en el caso de que fuese el viejo lucio, créeme, backfisch , no hay ningún lucio que pueda crecer hasta alcanzar esas dimensiones.
– Era la Gran Madre -insistí tercamente-. Lo era, lo era. Casi cuatro metros de largo, dice Paul, negra como un pozo. No podía ser ninguna otra cosa. Era ella.
Tomas sonrió.
Por un instante sostuve su mirada desafiante y luego bajé la mía avergonzada.
– Lo era -repetí casi en un susurro-. Sé que lo era.
A menudo he pensado en aquello. Quizá no era más que un tronco flotante, como Tomas dijo. Es cierto que cuando finalmente acabé pescando a la Gran Madre no medía ni con mucho cuatro metros aunque sí era el lucio más grande que ninguno de nosotros había visto jamás. Los lucios no pueden crecer tanto, me digo a mí misma, y lo que vi -o creí ver- en el río aquel día debía tener fácilmente el tamaño de uno de los cocodrilos con los que Johnny Weissmuller solía pelearse los sábados por la mañana en el Majestic.
Pero ése es un razonamiento de adultos. En aquellos días, barreras como la lógica o el realismo eran inexistentes. Veíamos lo que veíamos y si a veces lo que veíamos hacía reír a los adultos, ¿quién podía decir dónde estaba la verdad? En mi corazón sabía que aquel día había visto un monstruo, algo tan viejo y astuto como el mismo río, algo que nadie podía capturar. Se llevó a Jeannette Gaudin. Se llevó a Tomas Leibniz. Casi se me llevó a mí.
CUARTA PARTE. La Mauvaise Réputation
Limpia y destripa las anchoas y sálalas por dentro y por fuera. Rellénalas generosamente con sal gema y ramitas de salicor. Pónlas en un barril con la cabeza apuntando hacia arriba, y ve echándole capas de sal hasta cubrirlas por completo.
Otra afectación. Al abrir el barril estarían allí, de pie, erguidas sobre sus colas en la sal reluciente y grisácea, mirando fijamente con su muda llamada de pez. Saca las que necesites para prepararlas ese mismo día y vuelve a poner el resto en su lugar, añadiendo más sal y salicor. En la penumbra de la bodega parecen desesperadas, como niños ahogándose en un pozo.
Corta de raíz este pensamiento como si fuese el tallo de una flor.
Mi madre escribe en tinta azul, la letra pulida y ligeramente sesgada. Debajo añade algo más, en una letra un poco más descuidada, pero está en blini enverlini , un exótico garabato con un lápiz de color rojo brillante como si fuese una barra de labios: nisi nisallitsapi.
Sin pastillas.
Las tenía desde que estallara la guerra; las había racionado con sumo cuidado al principio, a razón de una por mes o menos; luego con menor prudencia a medida que iba avanzando aquel extraño verano y estaba oliendo a naranjas continuamente.
Y hace todo lo que puede para ayudar -escribe con estilo desigual-, nos da un cierto respiro a ambos. Consigue las pastillas en La Rép de un hombre a quien conoce Hourias. Otros consuelos también. Me supongo. Ya me cuidaré bien de preguntárselo. Al fin y al cabo, no es de piedra. No es como yo. Intento no darle importancia. No tiene sentido hacerlo. Es discreto. Debería estarle agradecida. Me cuida a su manera, pero no sirve de nada. Estamos divididos. Él vive en la luz. El mero pensamiento de mi sufrimiento lo deja consternado. Lo sé y aun así lo odio por ser lo que es.
Luego, más adelante, después de la muerte de mi padre:
Sin pastillas. El alemán dice que puede conseguirme algunas pero no viene. Es una locura. Vendería a mis hijos por una noche de descanso.
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