Jodi Picoult - Diecinueve minutos

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Peter Houghton es un estudiante de 17 años en Sterling, New Hampshire, que lleva tiempo sufriendo los abusos verbales y físicos de sus compañeros de clase. Su única amiga, Josie Cormier, ha sucumbido a la presión del grupo y ahora pertenece a la élite popular que habitualmente lo acosa. Un último incidente lleva a Peter al límite y lo empuja a cometer un acto de violencia que cambiará para siempre la vida de los habitantes de Sterling. Incluso aquellos que no se encontraban en la escuela aquella mañana vieron sus vidas supendidas, incluyendo a Alex Cormier.

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Esa primera noche, cuando las únicas personas que quedaban en la escuela eran los técnicos de criminalística, Patrick había caminado por aulas y pasillos. A veces se sentía como el custodio de los recuerdos; aquel que tenía que facilitar la transición entre el modo en que solía ser y el modo en que sería a partir de entonces. Pasó por encima de las manchas de sangre para entrar en aulas en las que los estudiantes habían permanecido acurrucados con los profesores, a la espera de ser rescatados; sus abrigos todavía colgados en sus sillas, como si fueran a regresar en cualquier momento. Había agujeros de balas en los casilleros; en la biblioteca, algún estudiante aún había tenido tiempo y humor para acomodar las figuras de los mediáticos Gumby y Pokey en una posición comprometedora. Los extintores habían dejado un gran charco en uno de los pasillos, pero las paredes todavía estaban revestidas con carteles que anunciaban el baile de primavera.

Diana Leven levantó una cinta de vídeo, la Prueba del Estado Número Quinientos Veintidós:

– ¿Puede identificar esto, detective?

– Sí, lo obtuve de la oficina principal del Instituto Sterling. Muestra la secuencia tomada por la cámara ubicada en la cafetería, el día seis de marzo del dos mil siete.

– ¿Se ve algo en esta cinta?

– Sí.

– ¿Cuándo fue la última vez que la miró?

– El día antes de que empezara este juicio.

– ¿Ha sido alterada de algún modo?

– No.

Diana caminó hacia el juez.

– Pido que esta cinta sea mostrada al jurado-dijo, y un asistente dispuso el mismo televisor que habían utilizado días antes.

La grabación era granulosa, pero clara. En la parte de arriba, en el extremo derecho, estaban las mujeres que servían el almuerzo, echando comida en bandejas de plástico, mientras los estudiantes avanzaban en fila uno a uno, como gotas a través de una vía intravenosa. Había mesas llenas de estudiantes; el ojo de Patrick gravitaba hacia una del medio, donde Josie estaba sentada con su novio.

Él comía patatas fritas.

Por la puerta que había a la izquierda, entró un chico. Llevaba una mochila azul y, aunque no se le pudiera ver el rostro, tenía la complexión delgada y la espalda encorvada que alguien que conociera a Peter Houghton podría reconocer como las suyas. Se metió por debajo de la zona de alcance de la cámara. Sonó un disparo al tiempo que una chica se desplomaba de una de las sillas de la cafetería, una mancha de sangre florecía en su camisa blanca.

Alguien gritó, todos chillaron y se oyeron más disparos. Peter reapareció en pantalla, sosteniendo un arma. Los estudiantes comenzaron a huir en estampida, a esconderse por debajo de las mesas. La máquina de bebidas, acribillada a balazos, burbujeaba y rociaba todo el suelo de alrededor. Algunos estudiantes se doblaban sobre sí mismos en el lugar donde les habían disparado, otros, también heridos, intentaban huir gateando. Una chica que había caído, era pisoteada por el resto de los estudiantes, y finalmente yacía inmóvil. Cuando las únicas personas que quedaron en la cafetería no fueron más que cadáveres o heridos, Peter se volvió en redondo. Caminó hacia la mesa que había junto a aquella en la que había estado Josie y bajó su arma. Abrió una caja intacta de cereales que todavía estaba en la bandeja de la cafetería, los vertió en un tazón de plástico y agregó leche de un tetrabrick. Se llevó cinco cucharadas a la boca antes de dejar de comer; sacó un nuevo cargador de su mochila, lo colocó en su arma y salió de la cafetería.

Diana se acercó hasta la mesa de la defensa, tomó una pequeña bolsa de plástico y se la extendió a Patrick.

– ¿Reconoce esto, detective Ducharme?

La caja de cereales.

– Sí.

– ¿Dónde lo ha encontrado?

– En la cafetería-contestó él-. En la misma mesa en que acaba de verse en el vídeo.

Patrick se permitió mirar a Alex, sentada entre el público de la sala. Hasta entonces no había podido. No creía que pudiera hacer bien su trabajo si se preocupaba en exceso por cómo le estuviera afectando a Alex toda aquella información y el nivel de detalle. Ahora, mirándola, podía ver lo pálida que se la veía, lo rígida que estaba en su silla. Tuvo que esforzarse mucho para no caminar hacia el público, cruzar de un salto la barra que los separaba y arrodillarse a su lado. «Está todo bien-quería decirle-. Ya casi hemos terminado».

– Detective-dijo Diana-, cuando acorraló al acusado en el vestuario, ¿qué tenía en la mano?

– Una pistola.

– ¿Vio alguna otra arma alrededor?

– Sí, una segunda pistola, a más o menos tres metros de distancia.

Diana levantó una imagen que había sido ampliada.

– ¿Reconoce esto?

– Es el vestuario donde Peter Houghton fue detenido.-Señaló un revólver en el suelo, cerca de los casilleros, y luego otro a corta distancia-. Ésta es el arma que dejó caer, el arma A-dijo Patrick-y ésta, el arma B, es la otra que estaba en el suelo.

Unos tres metros más allá, en la misma trayectoria lineal, estaba el cuerpo de Matt Royston. Un amplio charco de sangre se extendía debajo de sus caderas. Le faltaba la mitad superior de la cabeza.

Se oyeron exclamaciones sofocadas entre el jurado, pero Patrick no prestaba atención a eso. Él miraba fijamente a Alex, que no tenía la vista dirigida hacia el cuerpo de Matt, sino hacia el lugar que había a su lado: una mancha de sangre de la frente de Josie, donde la chica había sido encontrada.

La vida era una serie de si…, si hubieras ganado la lotería anoche; si hubieras elegido una universidad diferente; si hubieras invertido en valores en lugar de hacerlo en bonos; si no hubieras llevado a tu hijo al jardín de infantes en su primer día de clase el 11 de septiembre. Si un solo profesor hubiera frenado al niño que atormentaba a Peter en la escuela. Si Peter se hubiera puesto el arma en la boca, en lugar de apuntar a otra persona. Si Josie hubiera estado delante de Matt, podría ser ella la que estuviera enterrada. Si Patrick hubiera llegado un segundo más tarde, quizá Peter todavía podría haberle disparado. Si él no hubiera sido el detective en ese caso, no habría conocido a Alex.

– Detective, ¿recogió usted estas armas?

– Sí.

– ¿Se buscaron huellas dactilares?

– Sí, en el laboratorio de criminalística del Estado.

– ¿Encontró el laboratorio alguna huella de valor en el arma A?

– Sí, una, en la empuñadura.

– ¿De dónde obtuvieron las huellas dactilares de Peter Houghton?

– De la comisaría de policía, cuando lo detuvimos.

Patrick condujo al jurado a través de la mecánica de las pruebas de huellas dactilares: la comparación de diez zonas, la similitud en estrías y espirales, el programa de computadora que verificaba las coincidencias.

– ¿En el laboratorio compararon la huella del arma A con las huellas de alguna otra persona?-preguntó Diana.

– Sí, con las de Matt Royston. Fueron obtenidas de su cuerpo.

– Cuando en el laboratorio compararon las huellas de la empuñadura de la pistola con las de Matt Royston, ¿pudieron determinar si eran coincidentes?

– No había coincidencia.

– Y cuando el laboratorio las comparó con las huellas de Peter Houghton, ¿pudieron determinar si había coincidencia?

– Sí-dijo Patrick-, la había.

Diana asintió.

– ¿Y en el arma B? ¿Alguna huella?

– Sólo una parcial, en el gatillo. Nada relevante.

– ¿Qué significa eso, exactamente?

Patrick se volvió hacia el jurado.

– Una impresión relevante en el análisis de huellas dactilares es aquella que puede ser comparada con otra impresión conocida y excluirla o incluirla como coincidente con esa impresión. La gente deja huellas dactilares en las cosas que toca, pero no necesariamente huellas que podamos usar. Pueden estar emborronadas o ser demasiado incompletas como para ser consideradas relevantes a nivel forense.

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