Karl Vereiter - Sangre En El Volga

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Stalingrado era el golpe al dictador rojo, la prueba de que ningún obstáculo podía oponerse al victorioso Ejército alemán. Más de 300.000 hombres se adentraron entre las ruinas de la gran ciudad sembrada de fábricas. 300.000 hombres dispuestos a ocupar Stalingrado y a atravesar el río que se encuentra a espaldas de la villa.
El Volga.
A sus orillas se luchó como nunca se había peleado en Rusia, mil veces más feroz que la Batalla de Moscú, más intensa que la Batalla de Sebastopol, Stalingrado significó, sencillamente, la cúspide del avance germano en la URSS.
Cayeron los hombres en la ciudad mártir, alemanes y rusos, por cientos, por millares, por cientos de millares…
Y la sangre de tantos hombres corrió por las calles para, en densos torrentes, verterse en las aguas tranquilas del río.

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– Una vez terminada esta asquerosa guerra -murmuró con los ojos entornados-, tendré fondos suficientes para poner un buen negocio… y si perdiésemos la guerra, el oro me servirá para irme lejos de una Europa empobrecida y hambrienta…

Había pensado en todo.

– ¿Se puede?

Abrió los ojos, sonriendo al enfermero que esperó un gesto para penetrar en el despacho.

Franz Humbeler era un hombre extraordinariamente delgado, de aspecto macilento y rostro de color ceniza. Se veía en seguida que estaba dominado por algo oculto que no hubiese engañado un solo instante al ojo experto de un médico.

Tenía el rostro de lo que era: un toxicómano.

A pesar del puesto que ocupaba, Franz había tenido que convertirse en el esclavo de Zimmer, ya que todo, hasta las drogas de las enfermerías de la división, pasaba por las manos de Erich.

Zimmer tenía fama de hombre honesto y el jefe de la división le había confesado, además de otras cosas, el control de las sustancias que Berlín expedía en cuentagotas, especialmente las drogas destinadas a los quirófanos de los Kriegslazarett.

– ¿Cómo va eso, Franz?

– Bien, gracias a ti… y hablando justamente de eso… pronto tendré necesidad de algunas dosis más…

Erich frunció el ceño.

– Si mal no recuerdo -dijo con voz dura-, te di la semana pasada una caja completa, con seis ampollas… ¿no es cierto?

– Sí -repuso el enfermero con un hilo de voz-, pero debes comprenderlo… Hemos trabajado mucho en el quirófano… y el doctor Suverlund es un puerco… no me ha dejado ni dormir… creo que he descansado unas seis horas en esta última semana… por eso he consumido más de la cuenta.

– Bueno. Ya veremos cómo lo arreglamos. Por el momento, necesito que me proporciones un permiso de una quincena de días… con cualquier motivo… es para un buen amigo mío…

– El matasanos no está de humor para pedirle…

– Eso es asunto tuyo. Sé que el médico tiene confianza en ti… y no te será difícil obtener lo que te pido.

– ¿Quién es ese amigo?

– Leopold Seimard.

– Comprendo, haré todo lo que pueda, Erich… pero no sabes como está el doctor…

– ¿Que demonios le pasa?

– Tenemos demasiado trabajo. Ahora que se habla de una nueva ofensiva, los tipos se precipitan a la enfermería, luchando para obtener una baja… el miedo cunde, Erich… no puedes imaginarte el canguelo que tiene la gente. Baste decirte que hemos tenido once casos de automutilación… naturalmente, esos once desgraciados han terminado ante el pelotón de ejecución… el médico está negro.

– Ya veo.

– Todo el mundo quiere esconder la cabeza. Y se comprende, ya que durante la retirada, los ruskis han hecho una verdadera escabechina…

– Y son los veteranos, supongo, los que intentan salvar el pellejo, nicht wahr? [7]

– Pues claro, Zimmer. Los novatos son como borregos. No saben a que clase de matadero van a llevarlos. Pasan el tiempo cantando y riendo… y lo que se prepara es gordo, puedes creerme… Nunca había visto tantos cañones y tantos tanques… alguien me ha dicho que hay dos mil aviones preparados para apoyar el ataque…

– Pero, ¿se sabe algo en concreto?

– Sólo rumores. Hay quien dice que vamos a lanzarnos nuevamente sobre Moscú, otros hablan del Don… y hay quien afirma que el objetivo es Turquía.

– ¡Memeces!

– Lo mismo pienso yo; pero, de todos modos, la que va a armarse será de órdago.

– Ya lo veremos. Por el momento, creo que es idiota preocuparse por anticipado. Ocúpate de lo que te he encargado…

– Naturalmente, Zimmer. Sabes perfectamente que puedes contar conmigo.

Franz dudó unos instantes. Frente a él, sabiendo perfectamente lo que preocupaba al toxicómano, Zimmer sonreía, ocultando apenas la satisfacción que le causaba la angustiosa dependencia del otro. En realidad, los hombres no eran para él más que piezas de ajedrez, con las que jugaba fríamente despreocupándose de su destino personal.

– Erich…

– De acuerdo. No lloriquees… voy a darte otra caja, pero no abuses…

Se levantó. Abriendo con una de las llaves de su voluminoso llavero uno de los armarios metálicos, tendió la caja al enfermero cuyos ojos se iluminaron.

– Danke… -dijo con voz emocionada-. Esta misma tarde te traeré el permiso del Feldwebel firmado por el médico.

– Así espero. Y ahora, déjame solo.

– En seguida.

* * *

– Entre, mi teniente, por favor… siéntese… voy a servirle algo…

El Oberleutnant Olsen estrechó la mano del cabo yendo luego a ocupar una de las sillas. Zimmer que había sacado una botella de excelente coñac francés sirvió generosamente al oficial, llenándole la copa hasta el borde; él no se vertió más que la mitad de la suya.

– Da gusto venir a verle, cabo -sonrió Olsen que mandaba la sección de transportes de la Intendencia divisionaria-. De verdad que da gusto venir aquí…

– Exagera usted, señor.

– ¿Ha conseguido las cargas de los camiones?

– Todo ha sido contabilizado, mi teniente.

– Perfecto. Ahora, la noticia, Erich.

– ¿Cuál?

– Salimos esta noche.

Zimmer no dijo nada. No obstante, la pregunta le quemaba la lengua, pero era demasiado hábil para demostrar su curiosidad. Dio al teniente un magnífico habano y volvió a llenar, hasta rebosar, la copa del oficial.

– Vamos a atacar Stalingrado -dijo Olsen tras dar un par de chupadas al cigarro.

– ¿No atacan otras unidades por ese lado?

– En realidad, no. Ha habido avances, hacia el sur, hacia el Cáucaso, pero seremos nosotros, formando parte del Sexto Ejército de Von Paulus, los que tendremos el honor de apoderarnos de la ciudad que lleva el nombre de ese tirano del Kremlin.

– Magnífico.

– Más de lo que usted puede imaginarse, Zimmer. Porque, por vez primera, será el Führer quien dirigirá personalmente las operaciones. Esta vez, esos imbéciles de generales no tendrán más oportunidad de cometer barbaridades, como hicieron frente a Moscú.

Lanzó un suspiro.

– No volverá a haber ninguna «retirada estratégica».

– Comprendo.

– Esta vez, una vez ocupado Stalingrado, pasaremos al otro lado del Volga y avanzaremos por la estepa. Turquía tendrá que rendirse a la evidencia y ponerse de nuestro lado. Por Asia Menor, llegaremos a establecer contacto con el Afrika Korps de Rommel… y demostraremos al mundo que el soldado alemán es invencible.

Continuó hablando, mientras Erich simulaba escucharle con una atención absoluta, pero la mente del cabo furriel estaba muy lejos de los lugares del mundo que la portentosa y calenturienta imaginación de Olsen hacía recorrer a los hombres de la Wehrmacht.

A Erich le importaba un bledo todo aquello, especialmente la sorda lucha que, desde hacía mucho tiempo, enfrentaba al Ejército y al Partido.

Pensaba únicamente en los formidables beneficios que podía obtener en todas las regiones que la división atravesara. No obstante, empezó a preguntarse si el teniente iba a permanecer todo el día allí.

Por fortuna, Bruno Olsen, tras haber bebido su cuarta copa de coñac, se levantó despidiéndose del cabo, quien le ofreció otro habano.

Capítulo V

La división, en contra de lo que todos temían, no tomó parte activa en la primera fase de la batalla de Stalingrado.

Formando parte de la reserva estratégica, la 16.ª esperó hasta que una parte de la ciudad cayese en manos de los atacantes.

Durante días los hombres, agrupados en los valles que rodeaban al campo de aviación de Pitomnik, en manos germanas casi desde el principio de la operación, vieron la ciudad convertirse en un enorme brasero, una hoguera cuyas chispas subían hasta el cielo.

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