– ¿Qué buscas? -insistió Zimmer cuyo humor se agriaba por instantes.
– Comida.
El cabo furriel sonrió.
Se fijó entonces en el recipiente que Martin llevaba en la mano, y la luz se hizo en su cerebro, comprendiendo cuáles eran los deseos del soldado.
Estaba acostumbrado a aquellas «apariciones» que, en el fondo, le sacaban de quicio, ya que ningún miembro de la Intendencia desea que la tropa se acerque demasiado a sus «dominios».
Se volvió a medias, gritando:
– ¡Ven aquí, Kas!
Como por ensalmo, un hombre apareció junto al furrier. Era un verdadero gigante y debía medir, muy cerca de los dos metros. Su rostro brutal y primitivo aumentaba su parecido con un gorila.
– ¿Qué quieres, Erich? -preguntó el coloso con una voz de bajo profundo.
– Di a este tipejo que se largue a toda prisa -ordenó Zimmer señalando al intruso.
Martin actuó mucho antes de que el gigante pusiese en marcha su poderoso cuerpo.
Con un rápido gesto, Trenke lanzó al rostro del gorila el contenido de su plato. El inmundo puré verdoso cegó al gigante que se llamaba realmente Kaslheinz Vertasen, pero al que todos llamaban «Kas».
Martin sabía perfectamente que aquel gesto, aunque sorprendiese al coloso, no iba a servirle de mucho. Por eso, mientras que Kas, con un rugido, se limpiaba los ojos, el soldado atrapó al cabo furriel, interponiéndose entre Kas y él, pasando el brazo alrededor del cuello de Erich.
– ¡Cuidado, gorila! -rugió sirviéndose de Erich como de un escudo-. Si das un solo paso, ahogo al cerdo de tu cabo… y tú -agregó silbando las palabras junto al oído de Zimmer-: ordena a esa mula que me prepare comida para el pelotón… si no quieres que te meta la nuez en la nuca…
Zimmer respiraba con dificultad. Su rostro se congestionaba por momentos.
Frente a él, con las enormes manos abiertas, el gigante esperaba un gesto, una orden para lanzarse sobre el soldado y despedazarle.
– Kas… -musitó el cabo con voz ronca.
– ¿Sí?
– Haz lo que te dice… ¿cuántos sois?
– Ocho -mintió Trenke.
– Suéltame… me estás ahogando…
– ¡Y un cuerno! Claro que no voy a soltarte hasta que no hagas lo que te he dicho. Di a ese mamut que traiga la comida aquí… y quiero raciones abundantes… y una botella de buen vino para hacer pasar la comida…
Zimmer gruñó las órdenes pertinentes y el gigante fue en busca de lo que Martin había pedido.
Momentos después regresaba con un botellón herméticamente cerrado. Llevaba también una botella envuelta en un pedazo de periódico.
– Voy a soltarte -dijo Martin cuyos ojos brillaban intensamente al imaginar la comida que contenía el botellón-, pero te advierto que tres camaradas más están ahí fuera… y si envías a tu gorila detrás de mí vamos a pisarle la cabeza hasta que eche por la boca el poco de seso que tiene… ¿entendido?
– ¡Sí!… ¡Lárgate! -gruñó Zimmer-. Y no olvides devolverme el botellón.
Martin le soltó, no demasiado seguro de lo que iba a pasar, pero Zimmer, era evidente, no deseaba más complicaciones. Se frotó el dolorido cuello, alejándose, seguido de cerca por Kas que había adoptado una actitud de perro sumiso.
* * *
Martin no era de los que se fiaban demasiado. Al salir de la casa de la Intendencia, echó a correr, soportando el hombro el pesado botellón, con la botella en la otra mano, maldiciendo el no haberse hecho acompañar por algún otro.
Cuando llegó cerca de la cuadra, aminoró la marcha y después de mirar hacia atrás, convenciéndose de que nadie le seguía, se sintió intensamente feliz, gozando por anticipado de la sorpresa que iba a proporcionar a sus camaradas de pelotón.
Empujó la puerta.
El cuadro no había cambiado desde su marcha. Los hombres estaban en su sitio, los platos llenos no habían cambiado de lugar. Incluso el joven Ingo, el disciplinado, no había podido terminar su rancho…
Dieter, inclinado hacia la vela, que se había consumido casi por entero, leía por enésima vez la carta de su mujer.
Levantó los ojos, mirando al recién llegado.
– ¿Qué traes, Trenke? -preguntó incorporándose a medias.
– Comida para todos.
Se levantó el sargento, acercándose al pesado botellón que Martin había puesto en el suelo. Sin una palabra, el suboficial destapó el recipiente. Un olor agradable se extendió por la cuadra.
– Sakrement! -exclamó Dieter-. A eso sí que lo llamo yo comida para soldados…
Se asomó al botellón y volvió a lanzar una exclamación de sorpresa:
– Mein Gott! Fijaos en la carne que flota y en este caldo espeso… ¡Muchachos! Limpiad los platos… esta noche vamos a cenar como príncipes…
Tiraron el rancho anterior en el estiércol que formaba un montón al fondo de la cuadra, luego limpiaron los platos con paja limpia. Sirviéndose del suyo propio y de un cazo, Swaser inició la distribución; luego, viendo que Ingo no se había movido, le lanzó una mirada imperativa.
– ¿A qué esperas, Lukwig? Un verdadero soldado no desprecia nunca lo que se pone al alcance de su mano o de su boca… Sabe muy bien que sólo Dios sabe cuándo vas a volver a comer caliente… Si desprecias lo que Martin ha traído, exponiéndose como seguramente lo ha hecho, demostrarás ser un mal camarada…
Ingo enrojeció, limpió secamente su plato y recibió su ración.
La botella de vino puso una nota cálida en aquella opípara cena.
Los ojos adquirieron muy pronto un brillo intenso y las primeras risas brotaron espontáneamente de los labios en los que la comida había dejado una mancha grasosa.
– ¡Así da gusto! -exclamó Dieter-. Si queréis que os diga la verdad, ni siquiera recuerdo cuánto tiempo hace que no comía así…
Martin con la boca llena, sonrió.
– Hubiese podido traeros pollo asado -dijo-, pero las cosas no se presentaban muy bien, que digamos… ¿recordáis a ese cerdo de cabo furriel? Un tipo llamado Zimmer…
– Claro que sí -dijo Dieter-. Un lameculos de primera… Lo he visto, más de una vez, rondando alrededor del puesto de mando del regimiento, con un misterioso paquete bajo el brazo… y que me aspen si no llevaba botellas a los jefazos…
– Ha ido de permiso el doble de veces que nosotros -gruñó sordamente Trenke-. ¡El muy hijo de perra! ¿No es para morirse de asco? ¿Por qué demonios sucede siempre igual?
– Los hombres somos así, Martin. Poco importan las circunstancias… que sea en tiempo de paz o en tiempo de guerra, hay quien quiere siempre sacar tajada de las circunstancias. Y mientras la mayoría de cretinos se juega el pellejo, hay tipos que hacen su agosto…
– Daría cualquier cosa por tener a ese perro de Zimmer en el pelotón -dijo Dieter-. Lo que iba a gozar viéndole sudar de miedo en primera línea…
– No te hagas ilusiones -repuso tristemente Martin-. Esa clase de enchufados se las arreglan siempre para salirse con la suya. Y cuando acabe la guerra, serán ellos los que, con el pecho cubierto de medallas, contarán en los pueblos y las ciudades que fueron verdaderos héroes… así es la vida… ¡pásame la botella!
Hubo una nueva distribución de comida, hasta que el fondo del botellón quedó tan brillante como los platos.
Siguieron hablando, pero la charla declinó rápidamente. La comida y el alcohol surtieron efecto y los párpados empezaron a pesar como si fueran de plomo.
Aprovechando lo poco que quedaba de la vela, Dieter empezó a escribir a su esposa, sabiendo que su estado de ánimo era el mejor para no verter en el papel nada que pudiese angustiar a la mujer que amaba.
«…me encuentro perfectamente. Acabamos de comer y la verdad, querida, es que no puedo más… sólo el deseo de volver a veros me inquieta… pero estoy seguro de que muy pronto podré abrazaros…»
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