Karl Vereiter - Sangre En El Volga

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Stalingrado era el golpe al dictador rojo, la prueba de que ningún obstáculo podía oponerse al victorioso Ejército alemán. Más de 300.000 hombres se adentraron entre las ruinas de la gran ciudad sembrada de fábricas. 300.000 hombres dispuestos a ocupar Stalingrado y a atravesar el río que se encuentra a espaldas de la villa.
El Volga.
A sus orillas se luchó como nunca se había peleado en Rusia, mil veces más feroz que la Batalla de Moscú, más intensa que la Batalla de Sebastopol, Stalingrado significó, sencillamente, la cúspide del avance germano en la URSS.
Cayeron los hombres en la ciudad mártir, alemanes y rusos, por cientos, por millares, por cientos de millares…
Y la sangre de tantos hombres corrió por las calles para, en densos torrentes, verterse en las aguas tranquilas del río.

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Capítulo IV

Bastante antes del alba se dejó oír el sordo rumor de los motores de los camiones pesados que llegaban al poblado. Venían del Oeste y desembocaban directamente en la calle principal del lugar que, días antes, había sido ensanchada, derribando las fachadas salientes, para dar paso a los colosos de la carretera.

Llevaban en sus cajas enormes todo lo necesario para convertir a la maltratada 16.ª División en una fuerza formidable, capaz no solamente de rechazar la presión enemiga, sino de contribuir de forma activa a los proyectos de conquista que los hombres del Tercer Reich habían forjado.

Erich Zimmer había trabajado durante toda la noche, sin concederse un sólo segundo de descanso. Tampoco habían descansado sus hombres, a los que no había cesado de gritar un solo momento. Con un libro en la mano, iba anotando cuidadosamente la carga de cada camión y sus ojos brillaban como los de un avaro contando y recontando sus tesoros.

Ninguna otra unidad funcionaba tan a la perfección como la mandaba por el cabo Zimmer. En este aspecto, hubiese podido dar lecciones a más de un oficial y hasta a algunos jefes.

Pero el misterio de la estricta disciplina que reinaba en la Intendencia residía exclusivamente en la táctica de Zimmer que sabía que un hombre puede hacer todo… mientras tenga el estómago lleno. Y nadie como él para proporcionar a sus hombres esa clase de satisfacción digestiva.

Por eso podía permitirse el lujo de reinar en su unidad como un triunfo.

Los camiones iban parándose ante el control de Intendencia. Bajando de la cabina, los conductores saludaban a Zimmer, entregándole, la hoja de ruta, yendo después a tomar una taza de café y un vaso de alcohol que el cabo les ofrecía.

Entonces, los hombres subían a los camiones y controlaban la carga, dando después el visto bueno a su jefe. Estaban tan acostumbrados a aquella clase de trabajo que les bastaban pocos minutos para llevar a cabo un control estricto de la carga de cada vehículo.

Uno de aquellos camiones acababa de alejarse cuando Zimmer oyó unos pasos que se acercaban. Se volvió, sonriendo a Seimard, su superior, el Feldwebel de suministros.

– ¿Cómo van las cosas, Erich? -preguntó el recién llegado.

– Perfectamente, Leopold. Estamos recibiendo un verdadero tesoro…

– Ach so! Pero la verdad es que parecemos una banda de gitanos. Tantas cosas no hacen presagiar nada bueno. ¿Tienes idea del lugar al que nos van a enviar?

– No, en absoluto. De todas formas, puedes apostar sin peligro a perder que vamos a vernos liados en una ofensiva… y de las gordas.

– No hay duda. Esperemos, de todos modos, que en lo que a nosotros respecta, podamos encontrar un sitio potable. Lo que me cabrea es que estaba pensando que me diesen permiso… y esta maldita ofensiva ha echado todo a rodar.

– No te preocupes demasiado. Ya sabes que, si fuera necesario, podemos contar con Franz.

Los ojos del Feldwebel brillaron como ascuas.

– Quería justamente hablarte de él… Tú tienes más confianza que nadie con Humbeler y puedes hacer que diga al doctor que necesito reposar urgentemente… un par de semanas en Berlín. Tengo muchas ganas de volver a ver a mis amigotes de la ciudad… y demostrarles que, a pesar de estar en el frente, lo paso mil veces mejor que ellos. Además, ¿me prepararás una buena maleta bien llena de cosas buenas… no es cierto?

– Pues claro -rió Zimmer-. Mejor dos maletas que una… lo suficiente para que tus amigotes de Berlín se mueran de envidia y que las chicas te llamen a gritos… No olvides que somos los amos, Leopold. A pesar de no ser más que un cabo y un Feldwebel, tenemos, en lo que respecta al suministro, más autoridad que un general de división… y eso me gusta.

– A mí también -sonrió Seimard-. Siempre te gustó mandar, amigo mío… pero desde la sombra. Sé que te ríes de los uniformes y de las medallas, de los galones y de los que los llevan y gritan como locos… y no ignoro que desde tu rinconcito, sin que nadie lo sepa, das órdenes que llegan muy arriba… Eres un tipo muy hábil Zimmer…

Erich se hinchó como un pavo.

Era cierto que nunca le había gustado dar la cara. De niño, se aprovechaba de los demás, moviéndolos como marionetas, lanzando los unos contra a los otros. Y era él siempre quien tenía más canicas, más sellos o cromos… con lo que ejercía un mando oculto pero efectivo.

– ¿Hablarás con Franz? -insistió el sargento.

– Sí, pierde cuidado.

Seimard encendió un cigarrillo y se alejó tras saludar a su amigo.

La historia de Seimard era muy parecida a la de otros que habían aprovechado poderosas influencias para quedarse en la retaguardia, gozando de puestos privilegiados. Leopold había estado bastante tiempo en una sección secundaria del Estado Mayor, en Berlín, pero su cabeza loca le había hecho matar a la gallina de los huevos de oro.

Olvidando toda prudencia y deseando demostrar a sus amigos, y sobre todo a sus amigas, que disponía de dinero de forma inagotable, había cometido el error de retirar ciertas cantidades de la caja fuerte de su departamento.

Sin sus poderosos amigos, Leopold Seimard hubiese terminado en una unidad de castigo, en el frente del Este, donde hubiese muerto probablemente.

Pero las influencias se pusieron en marcha y el «castigo» se limitó a la incorporación de una unidad de Intendencia en la que Seimard no tenía nada que perder.

En realidad, al incorporarse como sargento-jefe a la 16.ª División, Leopold, debió ser, y lo era en realidad, el superior jerárquico de Zimmer, pero comprendió en seguida, nada más conocer al astuto cabo, que era mucho mejor dejarle las manos libres, sacando de esta «cesión de mando» todos los beneficios que pudiera.

Erich Zimmer prosiguió infatigablemente su tarea. Lucía plenamente el sol cuando terminó el trabajo. Todos los camiones habían sido controlados.

Se dirigió a su despacho, ubicado en las antiguas oficinas de los sindicatos soviéticos del lugar. Allí guardó los libros echando una ojeada, en la caja fuerte que tenía, al dinero que había reunido llevando a cabo un mercado negro que sólo él conocía.

No había cosa más sencilla, sobre todo cuando alguien se iba de permiso, que «engrosar» el paquete individual haciendo que el permisionario llevase algo a su casa. Entonces, el soldado se desprendía de la paga ahorrada con sudores, ya que el dinero de poco iba a servirle en una retaguardia donde todo faltaba y cualquier cosa costaba un ojo de la cara.

Era mejor llevar un poco de mantequilla, chocolate para los niños o algunas latas de carne que harían la delicia de la familia. A cambio, se entregaban los marcos amasados con sudor a lo largo de muchos meses… o se recibía dinero del cabo para comprar medias de seda o alcohol que luego podrían jugar un papel importante en los trueques en los que Zimmer era un verdadero especialista.

Tras cerrar la caja fuerte, Erich se sentó tomando de una caja de habanos un cigarrillo que encendió con vivo placer.

Recordando entonces lo que el Feldwebel le había dicho, llamó a Kas y cuando el gigante estuvo ante él:

– Ve a decir a Franz Humbeler que venga a verme en seguida.

– ¡A sus órdenes!

Zimmer entornó los ojos, dando chupadas de su magnífico habano. Su imaginación se puso a volar, y formó nuevos planes. Esperaba ansiosamente un permiso para llevar el dinero reunido a algún sitio seguro. Pero más que los marcos escandalosamente robados a los soldados con permisos, Erich contaba con los objetos de oro, relojes, medallas, brazaletes, que se amontonaban en un saquito, en el fondo de la caja fuerte.

Aquel oro, tomado por los soldados en las ciudades y pueblos conquistados y que cambiaban voluntariamente por tabaco o comida, constituía el verdadero tesoro del cabo Zimmer.

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