Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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Acompañando a las fotografías había una copia del informe de la autopsia, que establecía que Edvard Hogarth había fallecido a causa de un paro cardíaco producido por una descarga eléctrica, probablemente ocasionada al aplicar sobre su pantorrilla un cable enchufado a la red eléctrica. En otras palabras, había sido un asesinato.

Tras lograr recuperarse de la primera oleada de náuseas y secarse el sudor de las manos, Leo empezó a comprender cuál era la realidad oculta en todo aquello. Forman no necesitaba dar mayores explicaciones. Leo había sido su chico de los recados. Todo aquel asunto no tenía nada que ver con descubrir la Verdad, hacer justicia a Verner Hansson ni ninguna otra noble causa. El redactor jefe y antiguo amigo de Leo había actuado por su propia cuenta, y en principio había descubierto el mismo material, la misma fórmula explosiva. Él tenía los contactos apropiados y solo había utilizado a Leo cuando le convenía. Nada de aquello iba a ser publicado, nunca había sido esa la intención.

La intención estaba perfectamente clara, pero Leo se sentía demasiado cansado para mostrarse enfadado, sorprendido o utilizado. Asimiló los hechos con calma, y cuando el segundo sobre llegó a sus manos desde el otro lado del escritorio y resultó que contenía veinticinco mil coronas en billetes nuevos, ni siquiera tuvo que preguntar por qué.

Aquel era un asunto muy peligroso, según Forman. Era pura nitroglicerina: si se utilizaba apropiadamente podía ser beneficiosa, pero el más mínimo error podría significar la muerte, como había sucedido en el caso de Edvard Hogarth. No valía la pena pretender mostrar orgullo. El juego tenía sus propias reglas. Forman las respetaba, y Leo debería hacer lo mismo. Leo debería olvidarse de todo; había llevado a cabo un buen trabajo y debía sentirse satisfecho. Ahora podría dormir, descansar y emplear el dinero para hacer un largo viaje o lo que le viniera en gana, lo que fuera para desconectar y olvidarse del caso Hogarth. Era lo mejor que podía hacer. Forman aseguraba que «ellos» le dejarían en paz. Había estado en contacto con «ellos» desde hacía mucho tiempo. El mismo Wilhelm Sterner le había prometido que no habría ninguna represalia mientras el asunto permaneciera encubierto; él sabría cómo manejar la situación. En cierto sentido, Forman admiraba a Sterner; había una lógica absolutamente implacable en su frialdad. Forman nunca mencionó hasta qué punto había estado involucrado en aquel asunto. Había muchas cosas que Leo no llegaría a saber. Blixt iba a declararse en bancarrota la próxima semana, y el último ejemplar ya estaba listo. Forman se marcharía pronto al extranjero con su nueva esposa. Tal vez al cabo de dos semanas. El caso Hogarth permanecería para siempre off the record .

Pasada ya la medianoche de aquel día de abril de 1975, dos hombres salieron de las oficinas de la revista Blixt , que muy pronto sería clausurada, en el paseo de Norr Mälarstrand. Subieron al nuevo coche del redactor jefe Stene Forman, un sofisticado vehículo que debía de haber costado una suma considerable. No era un vulgar coche de empresa.

Stene Forman llevó a Leo Morgan a su casa en la calle Horn. Ambos permanecieron en silencio, fumando un cigarrillo y observando el movimiento continuo de los limpiaparabrisas. Forman le tendió varias veces el pequeño sobre marrón con veinticinco mil coronas en billetes nuevos, sin que Leo demostrara ningún interés en cogerlo. Entonces el redactor jefe empezó a hablar sin parar durante un buen rato. Lo que se dijo allí quedó entre ellos dos. Tal vez le ofreció promesas y garantías acerca de la seguridad personal de Leo, diciéndole que nadie le tocaría un solo pelo de la cabeza siempre y cuando aquellos documentos permanecieran bajo llave en la caja fuerte de la redacción. Estos irían muy pronto a parar a manos de los que pagaban. Nada era gratis. Incluso la verdad tenía su precio.

Finalmente Leo cogió el sobre marrón, salió del coche y cerró la puerta. El encubrimiento se había completado. De momento.

Esa misma noche se produjo un atentado terrorista con bombas en la embajada alemana. Toda Suecia se vio conmocionada.

Al cabo de unos días Henry Morgan llegó de su rodaje en Skåne. En cuanto atravesó las altas puertas de cristal del vestíbulo percibió un repulsivo olor a inmundicia y excrementos. Encolerizado, echó un vistazo al apartamento y luego entró en las dependencias privadas de Leo.

Leo yacía como paralizado en su cama, mirando al techo. Todo el dormitorio estaba lleno de billetes que habían sido utilizados como papel higiénico. Veinticinco mil coronas esparcidas por el suelo… toda una fortuna untada en heces. El hedor era indescriptible, y Henry abrió la ventana tratando de no pisar los billetes. Fracasó en su intento y algunos billetes de mil coronas se quedaron pegados a las suelas de sus zapatos. Henry empezó a vociferar entre sollozos furiosos. Le gritó a Leo que al menos tuviera la consideración de responderle, porque sabía perfectamente en qué andaba metido. El propio Wilhelm Sterner se lo había contado todo, y él se había visto obligado a interrumpir el rodaje de su película para regresar y ocuparse de su jodido hermanito, que siempre se estaba metiendo en problemas.

Pero Leo no reaccionó. No movió un músculo. Henry lo zarandeó, le abofeteó con fuerza, pero sin resultado alguno. Leo ni siquiera parpadeó. Su respiración era tranquila y el pulso bajo. A pesar de la relativa calma, parecía que en su organismo se hubiera producido un terrible proceso de combustión metabólica que había consumido su cuerpo. Era como si fuerzas psicológicas imponderables combatieran ferozmente en su interior y le exigieran enormes cantidades de energía.

Henry telefoneó al médico de la familia, el doctor Helmers, que llegó resoplando al cabo de dos horas. Sabía lo grave que podía ser la situación. Pero el doctor Hermers tampoco logró establecer contacto con Leo. Había visto todos los cuadros somáticos del chaval durante treinta años y creía conocer a fondo el protocolo. Pero esa vez era algo de más envergadura. Explicó que había sido testigo del mismo fenómeno en la abuela paterna del muchacho. A pesar de todos los intentos y esfuerzos, a principios de los sesenta la mujer se había echado prácticamente a morir, y su aspecto había sido el mismo que ahora presentaba Leo. Parecía como si su deseo de vivir se le hubiera escapado por el trasero, para nunca más volver. El doctor Helmers se reconoció impotente y dijo que aquello escapaba a su área de competencia. Era tarea de expertos y requería cuidados especiales. Prometió arreglarlo todo para que fuera admitido en el hospital de Långbro.

Henry se pasó varios días maldiciendo, lavando y planchando billetes antes de que se decidiera el internamiento de Leo en el hospital. Por ironías del destino, aquello ocurrió justamente el 1 de mayo de 1975. El taxista fue de gran ayuda, y Leo dejó que entre ambos lo bajaran hasta el coche sin protestar. Por desgracia, el taxi quedó atrapado en un embotellamiento por una manifestación que en ese momento pasaba por la calle Horn. Era primero de mayo y más de cincuenta mil personas se dirigían hacia la plaza de Norra Bantorget para celebrar la victoria en Vietnam. Era un día histórico.

Leo Morgan, estrella infantil, poeta, provie, filósofo y reportero fracasado, no se percató de la manifestación. Ya estaba sumido por completo en su silencio.

Duraría más de un año.

Caballeros

Estocolmo, otoño de 1978

Posiblemente hoy luzca el sol sobre Estocolmo, en este día de principios de verano en Suecia, en el Año Internacional del Niño, el año de las elecciones de 1979. Reina la calma y todo parece refulgir con una especie de calidez. Sin embargo, este vasto apartamento sigue tan frío y sombrío como siempre. Las cortinas y los visillos han permanecido echados durante semanas, tal vez meses.

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