Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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– ¿Qué pasa, Henry? -preguntó Birger-. ¿Qué ves?

– Calla -fue la respuesta, y el haz de luz de la linterna desapareció por completo.

Birger no paraba de dar saltitos de angustia y curiosidad y seguro que mi pulso iba a más de ciento cincuenta pulsaciones por minuto. Eso en el mejor de los casos.

– ¿Tienes tabaco, Birger? -pregunté.

El dandi sacó un paquete muy arrugado de Pall Mall. Encendimos sendos cigarrillos y fumamos en silencio. Birger no podía estarse quieto.

– Greger era un buen tipo -dijo Birger-. Era una persona sencilla, sin pretensiones, pero un tipo de primera. Su padre murió cuando él era un chaval, ¿sabías?, pero aunque suene extraño siempre se las supo arreglar.

Birger hablaba como si ya hubiera que empezar a olvidar a Greger. Pero no era el caso. Greger estaba vivo y probablemente mejor de lo que se había sentido en toda su vida. Tras esperar exactamente lo que se tarda en fumar dos Pall Mall extralargos cada uno, percibimos señales de vida más allá de la zona del derrumbe. Oímos voces, risas y murmullos, como si se tratara de dos pescadores satisfechos después de una buena captura de salmones.

Muy pronto volvimos a ver el haz luminoso de la linterna, seguido del pelo desgreñado de Henry Morgan. Parecía un chaval feliz después de haber pescado un ejemplar gigante.

– ¿Qué ha pasado? -gritamos Birger y yo al unísono.

– Entrad -dijo Henry-. De uno en uno.

Birger y yo apenas pudimos contenernos. Nos abalanzamos hacia la oscuridad y aterrizamos al otro lado del montículo formado tras el derrumbe. Allí estaba Henry, que nos recibió como el mismo Virgilio, compañero y guía del mundo subterráneo.

– Seguidme -dijo de forma concisa, y lideró la marcha.

El derrumbamiento había abierto una cavidad que antes había permanecido oculta y que conducía a otra galería subterránea más antigua que la descubierta por el abuelo paterno de Henry. Al final de aquella caverna había un portal formado por vigas de la altura aproximada de una persona, que conducía hacia el oeste.

– ¡Id con cuidado por aquí! -decía Henry de vez en cuando.

El túnel continuaba unos veinte metros hasta girar de forma abrupta en un ángulo muy cerrado que daba a otro portal, completamente cubierto de tierra y formaciones sedimentarias que parecían vetas de carbón. En la entrada estaba sentado Greger, fumando un cigarrillo con aspecto arrogante. Sostenía en la mano un objeto que parecía una copa metálica bastante deteriorada. Había raspado un poco el borde de la copa, que brillaba emitiendo inconfundibles destellos dorados que atravesaban la oscuridad de la antigua cueva como un telegrama de felicidad, prosperidad y un futuro resplandeciente.

– Brilla como… -dijo Birger con un nudo en la garganta.

– Oro -dijo Greger.

Spiderman era el nombre de una de las criaturas menos repulsivas creadas por el mago del cómic Stan «the Man» Lee. Se trataba de un pobre muchacho con seis brazos, con los que nunca sabía muy bien qué hacer. Henry Morgan siempre seguía muy atentamente las peripecias del joven héroe en el local del Estanquero. Y es que Henry el barman era bastante parecido a Spiderman. La única diferencia era que Henry sabía exactamente qué hacer con sus brazos: verter, medir, agitar, remover, mezclar, endulzar, sazonar, picar y servir. Fuimos testigos de su amplia gama de destrezas el día en que celebramos la resurrección de Greger.

El ánimo depresivo se transformó de pronto en alegre regocijo. No solo porque habíamos rescatado a Greger sano y salvo, sino porque estábamos mucho más cerca del Tesoro. Estábamos plenamente convencidos de ello.

– Esto es un regalo llovido del cielo, un augurio, un rayo de luz y esperanza ahora que nos adentramos en la oscuridad del invierno -declamaba Henry mientras sostenía la taza de metal dorado aún manchado de tierra-. Esta es una señal de esperanza y consuelo, mientras que este es un regalo que yo les brindo en persona -concluyó sirviendo cuatro espléndidas copas-. ¡Salud!

– Por nosotros, condes y barones -dijo Birger, tal como se esperaba de él.

En todas las catástrofes hay siempre un determinado número de víctimas y otro de héroes. Greger formaba parte de esta última categoría y su figura parecía haber cobrado una mayor prestancia allá abajo, en la galería recién descubierta. Greger había adquirido cierta categoría; recordaba un poco a Franzén y a Fälting mientras balanceaba en el aire su cóctel Vanderbilt. En un futuro no muy lejano, su hallazgo podría llegar a compararse con el rescate del buque real Wasa . A esa conclusión había llegado el propio Greger, y nadie pensaba quitarle aquella ilusión.

Henry sacó el mapa, el extraño documento que había desencadenado todo en 1961, y lo extendió sobre la mesa del salón. Los demás nos reunimos en torno para examinarlo.

– Tiene que ser el pasaje alternativo que indica esta línea de puntos en dirección oeste, en paralelo a la calle Horn. ¿No creéis?

Murmuramos nuestro asentimiento mientras contemplábamos fijamente los esfuerzos colectivos, las esperanzas, las ilusiones, los datos y los sueños del viejo historiador y miembro del club MMM, ahora manifestados en la forma tan venturosa como críptica que adquiere un mapa del tesoro cuando se reconstruye a partir de un nuevo descubrimiento. El camino que indicaba la línea de puntos conducía a una de las cuatro posibles cámaras del tesoro. Hasta el momento la expedición se había centrado en las otras dos, en dirección este. Por unanimidad, se decidió que la única alternativa viable era continuar excavando hacia el oeste.

– Propongo que bauticemos el nuevo hallazgo como la «gruta de Greger» -dijo Henry.

El rostro de Greger enrojeció de orgullo y nadie puso objeciones. Brindamos por la gruta de Greger y estábamos tan absortos por la solemnidad del momento que nadie se dio cuenta de que Leo había entrado en el salón. Apareció de repente allí, sin más, y no parecía en absoluto muy interesado por ningún nuevo descubrimiento.

– ¿Alguien tiene un cigarrillo? -preguntó bostezando, y se sentó en el alféizar de una ventana.

– Claro -dijo Birger complaciente, y le ofreció un Pall Mall.

– ¿Has estado a punto de morir, Greger? -preguntó Leo.

Greger cayó de repente de su nube.

– No, en absoluto -lo tranquilizó-. Solo fue un pequeño derrumbe, pero abrió un nuevo pasaje. Este, este de aquí -continuó señalando en el mapa-. Se llamará la gruta de Greger.

Leo no se molestó en mirar porque no le interesaba, no sentía la más mínima curiosidad. Permaneció frente a la ventana, mirando hacia la neblina gris sobre los tejados, las calles y todo Estocolmo.

– Ya, ya -suspiró-. Es un buen nombre.

– ¡Joder, qué bien me siento! -dijo Henry cuando Greger y Birger se marcharon tras varias horas de deliberaciones y buenos tragos.

Leo no había conseguido desanimarnos y regresó a su nube de incienso. Henry y yo nos sentíamos en plena forma.

– ¡Esto se merece toda una noche de fiesta!

– Y que lo digas -convino Henry-. Pero antes tenemos que ver lo que nos queda en caja.

Tras un cálculo algo dudoso, decidimos que nos daba para una pequeña juerga esa noche. A Henry se le ocurrió una idea genial: llamaríamos a Kerstin, la hija del rey de las quinielas, la que llevaba una furgoneta de reparto de Pickos. La única manera de calificar aquello era de idea genial, y yo me ofrecí a llamar a Kerstin. Ella estaba en casa y aceptó de muy buen grado venir a cenar, y todo parecía demasiado bueno para ser verdad, pero era verdad.

Fuimos a toda prisa al centro de la ciudad para comprar en Åhléns exquisiteces como cangrejos, angulas, salami, quesos para untar, surtido de patés y otros manjares que permitieran alegrar una noche fría y lúgubre, por lo que respectaba al clima, de finales de noviembre. Henry llevaba puesto aún su mugriento mono azul y yo ni siquiera me había lavado las manos después del derrumbe, de modo que la gente debía de tomarnos por dos reclusos desesperados que acababan de fugarse y estaban fundiéndose el poco dinero que tenían para comer decentemente antes de que la policía los encontrara y volviera a encerrarlos.

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