Klas Östergren - Caballeros

Здесь есть возможность читать онлайн «Klas Östergren - Caballeros» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Caballeros: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Caballeros»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

Caballeros — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Caballeros», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Leo no podía ni quería estar sujeto a aquel régimen de horarios. Detestaba la idea de que se pudiera asignar a la jornada un plan de antemano. Tras su estancia institucionalizada, abrazaba el día tal como venía, aunque cada día le llegara como una ominosa carta certificada de alguna autoridad maligna. De sus dependencias salía un fuerte olor a incienso -su regalo para Jesús-, y nunca se levantaba por las mañanas. Podía quedarse todo el día en la cama, con las manos cruzadas detrás de la cabeza silbando monótonas melodías o mirando al techo, sin hacer absolutamente nada. Aquel era su régimen, y dejamos que siguiera con él. Podría haber sido peor, mucho peor.

Desde el repentino regreso de Leo nada volvió a ser como antes. Henry caminaba de puntillas por la casa, con mucho cuidado, como si temiera molestar al encamado y mostrando un respeto casi exagerado. Tal vez se sentía un poco ridículo por haber mentido diciendo que Leo estaba en América, cuando en realidad había estado internado en una institución psiquiátrica. Pero a mí aquello me traía sin cuidado, así que no hablamos del asunto.

Una tarde de finales de noviembre pude constatar satisfecho que llevaba escritas al menos unas ciento cincuenta páginas de mi moderno pastiche de La habitación roja . La narración había adquirido cierta solidez y los personajes actuaban y se comportaban con mucha naturalidad. Arvid Falk había logrado librarse de la señorita de escuela y había alquilado un pequeño piso en el barrio de Söder, donde podía disfrutar de tiempo para dedicarse de nuevo a escribir sin la gravosa sensación de estar descuidando algo o a alguien. Se había hecho muy amigo de Kalle Montanus, el hijo campesino de Olle, y corrían buenos tiempos para la camarilla del Berns.

Era una tarde de ambiente cargado y húmedo, y todo Estocolmo parecía bullir como un humeante caldero de bruja con hollín, azufre y maldiciones. Era uno de esos días en los que se sentía el frío sin importar lo mucho que trabajaras. Henry subió de los túneles con su mono de trabajo sucio poco antes de la cena, y le propuse que fuéramos al Club Atlético Europa para entrenar un poco. No era una de las actividades programadas en el tablón de la cocina, pero después de todo Henry no era una persona tan estricta. Siempre estaba abierto a negociaciones.

Preparamos nuestras bolsas de deporte y bajamos por la calle Horn hasta el Europa, que a esas horas empezaba a vaciarse aunque Willis siempre se quedaba hasta la hora del cierre. Henry le expresó inmediatamente sus condolencias. Willis estaba muy deprimido.

Gene Tunney había dejado este mundo en noviembre de 1978. Sin duda su vida no habría dado para escribir una novela de superación romántica ambientada en los rings: alumno aplicado, soldado de marina, con un refinado interés por la literatura y demás. No era la típica historia de boxeador salido de los bajos fondos como las de Jack Jonhson, Joe Louis o Rocky Marciano. Pero el caso es que Willis había conocido a Tunney en persona y tenía una foto en la que posaba con el púgil de brillante técnica que había hecho besar la lona a Jack Dempsey. La fotografía había sido tomada justo después de la segunda guerra mundial en Nueva York y estaba colgada en una pared del pequeño despacho de Willis en el Club Atlético Europa. Tunney era un hombre muy apuesto; también Willis. Eran dos hombres en la plenitud de la vida, y tal vez Willis sintiera que estaba envejeciendo ahora que su vital compañero de la foto en Nueva York había fallecido.

– Era una persona condenadamente culta -dijo Willis señalando la desvaída fotografía-. En ese sentido no era como los demás boxeadores. Pero todos los grandes boxeadores han sido filósofos, de un modo u otro; tienen que serlo. Aunque Tunney era especial. Tuvo la sensatez de saber retirarse a tiempo. En realidad nunca hablamos mucho de boxeo. Recuerdo que le interesaba Jussi Björling, y me preguntó si lo conocía. Y le gustaba la política.

– ¿No crees que nos parecemos mucho? -preguntó Henry, posando debajo de la foto de Tunney.

– Una cosa es saber retirarse a tiempo, Henry -dijo Willis-, y otra muy distinta ni siquiera haber empezado.

– Aún estoy a tiempo. Podría pelear con cualquiera en este país. ¡Cuando quieras!

– ¡Ten cuidado que no te oiga Gringo!

Pero Gringo no estaba aquella noche en el Europa, así que pudimos entrenar tranquilamente, sin peleas de gallitos. Al cabo de una media hora empecé a sentir punzadas alrededor del corazón, lo cual me dejó algo abatido. Siempre te sientes bastante inquieto cuando el corazón se acelera y la sensación no se te pasa, así que decidí tomármelo con tranquilidad. Henry seguía con su ritmo de siempre, y mirándolo de lejos pensé que tenía razón: podría pelear con cualquiera en este país. Al menos durante algunos asaltos.

El otoño había alcanzado su plenitud grisácea, y solo había viento y lluvia el día en que estalló la alarma. Yo estaba sentado en la biblioteca, trabajando; Leo estaba echado en la cama, respirando incienso, y Henry tecleaba en el piano cuando de repente llamaron al timbre y empezaron a aporrear la puerta. Henry fue el primero en levantarse y abrir.

– Ven… rápido… Greger… el túnel… -jadeaba un exhausto Birger-. ¡Tenéis… tenéis que bajar!

Birger había subido las escaleras corriendo y, como estaba un tanto rollizo, le fallaban las fuerzas. Iba completamente cubierto de tierra y su cara estaba negra como la de un auténtico minero.

– Tranquilo, Birger -dijo Henry-. ¿Qué ha pasado?

– Ha habido un… derrumbe -jadeó Birger, dándose media vuelta y empezando a bajar la escalera con sus pasitos cortos y afectados.

– ¡Hostia puta! -vociferó Henry, y salió corriendo tras Birger.

Intentó preguntarle más detalles sobre lo sucedido, pero lo único que logré entender era que Greger seguía allá abajo, atrapado por el hundimiento.

Había cedido una de las viejas vigas de madera situada al final de la pendiente que daba acceso al túnel. Al tomar impulso para subir con la carretilla, Greger había chocado con el pilar y aquel pequeño golpe había sido suficiente. Tierra, arena y piedras se habían desprendido y habían dividido el túnel en dos partes, una de ellas sin entrada ni salida. Allí dentro estaba Greger, si es que seguía con vida.

Sin más dilación, Henry comenzó a cavar con una pala. En cuanto hubo suficiente espacio, Birger y yo nos unimos a él.

– ¿No deberíamos llamar al menos a una ambulancia? -preguntó Birger, lleno de ansiedad.

– ¿Estás loco? -preguntó Henry-. ¿Y tirar por la borda diecisiete años de esfuerzos?

– Pero esto ya no vale la pena, Henry -repuso Birger-. ¡Este jodido tesoro no merece correr tantos riesgos!

– Calla y trabaja -masculló Henry entre palada y palada-. Tenemos que darnos prisa.

Cavamos y sacamos tierra durante más de una hora hasta que finalmente logramos extraer la vieja viga y despejar un pasaje de medio metro de diámetro.

– ¡Hola! -gritó Henry en la oscuridad-. ¡Greger! ¡Greee-geeer!

Apenas oíamos nuestra jadeante respiración, totalmente tensos, en espera de alguna respuesta, alguna pequeña, lastimera, aterrada señal de vida de Greger. Pero no oímos nada. Ningún sonido.

– Maldita sea -dijo Henry-. Tenemos que excavar por lo menos medio metro más para que pueda entrar.

– Condenado Greger… -dijo Birger-. Joder, es típico de él. Todo lo que toca acaba siendo un desastre. Y mira cómo ha quedado mi traje…

Al cabo de otra media hora habíamos excavado y extraído la suficiente cantidad de tierra, piedra y arena para acceder con relativa facilidad al interior del túnel. Henry agarró una linterna y se internó en el negro agujero.

– ¡Hostias! ¿Qué diablos…? -oímos decir desde la oscuridad-. ¿Qué…?

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Caballeros»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Caballeros» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Caballeros»

Обсуждение, отзывы о книге «Caballeros» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.