Klas Östergren - Caballeros
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¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?
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Tras un sonoro resuello, que recordaba bastante a aquella carcajada que le hizo famoso entre los provies de los años sesenta, Forman cerró la carpeta y bajó los pies de la mesa. Ya había acabado. Se sujetó el puente de la nariz con el pulgar y el índice y permaneció callado largo rato.
Lleno de ansiedad, Leo se sirvió otro trago y pasó un dedo por el dossier como un angustiado aspirante a un puesto de trabajo. Por fin Forman rompió el silencio con otro ruidoso resoplido y le preguntó a Leo si estaba cansado. Este, un tanto sorprendido por la pregunta, respondió que sí. Se sentía realmente cansado, agotado, destrozado. La gran excitación provocada por el descubrimiento lo había mantenido en vela durante varias noches seguidas, pero ni siquiera se había permitido plantearse si estaba cansado o no. La fatiga se revelaba básicamente como una nube de calor febril, un dolor en las sienes controlado in extremis. Pero se sentía demasiado alterado para pensar en el sueño y el descanso. Lo que importaba ahora era la batalla, y lo único que quería Leo era pensar en titulares, titulares contundentes y atronadores que difundieran entre la gente la noticia del escándalo en nombre de la verdad y la información. Nunca antes se había consagrado con tal pasión a algo, nunca se había embarcado con tal entrega a una misión que hacía que todo lo demás pareciera vano y fútil. Ni siquiera en sus épocas de intensa creatividad había experimentado nada similar. Ni tan solo había tocado el cuaderno negro donde su poemario Autopsia esperaba a ser completado. En ese contexto se le antojaba como mera terapia, una nimiedad de introversión. De alguna manera extraña, el caso Hogarth había permitido a Leo recuperar el mundo con el que había perdido contacto hacía mucho tiempo.
Sin embargo, los pensamientos de Stene Forman parecían no encaminarse por la misma senda. De repente, no mostraba la avidez excitada y entusiasta que Leo habría esperado después de tener entre sus manos aquella nitroglicerina. Al contrario, Stene Forman parecía un tanto contrito y abatido, como si intentara controlar algo que exigía la mayor gravedad, una amenaza de catástrofe.
Leo daba sorbos a su copa, y el alcohol comenzaba ya a disipar aquella nube ardiente de cansancio que le presionaba la frente, diluyéndose en una especie de precipitación anestesiante sobre su cerebro. Se dejó caer en la butaca que había frente al escritorio del redactor jefe, encendió un cigarrillo y dio un par de profundas caladas.
Stene Forman comenzó a hablar sobre el periodismo en general, lo difícil que se había puesto la profesión, lo frustrante que podía resultar intentar discernir entre verdades y mentiras, entre difundir noticias y encubrirlas, y así sucesivamente. La mayoría de las veces era un auténtico infierno. Leo no entendía adónde quería llegar. Forman hablaba de forma fragmentada e incoherente, unas veces sobre sí mismo, los enormes gastos en pensiones para alimentos y su agotamiento, y luego sobre Blixt , los desastrosos consejeros financieros, los implacables acreedores y la inminente quiebra.
No era más que la misma tonada de siempre. Leo seguía sin comprender de qué iba aquello. Quería que Forman hablara claro. Todo el mundo sabía cuál era la situación económica, no hacía falta que se explayara en aquello precisamente esa noche. Lo que debería hacer era celebrar su gran triunfo, el hecho de que por fin se haría justicia a Verner Hansson, que Blixt empezaría a venderse como rosquillas y que el caso Hogarth saldría finalmente a la luz pública.
Muy bien, dijo Stene Forman, hablaría claro. Ante todo reconoció y agradeció los esfuerzos de Leo y el hecho de que hubiera actuado con tal eficacia. El asunto en su totalidad parecía estar aclarado, aunque faltaban algunos detalles que Leo desconocía, pero Forman no. El redactor jefe Forman, que de pronto se mostraba como si hubiera sido el redactor jefe del Washington Post durante cincuenta años, recapituló toda la historia conocida como el caso Hogarth. Repasó punto por punto el descubrimiento que Tore P-V. Hansson había hecho de que durante la segunda guerra mundial la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A. fabricaba componentes de armas en turnos nocturnos secretos. El tornero cojo y tartamudo había desaparecido de forma repentina -y las pesquisas de la policía habían tenido un final abrupto a causa de «órdenes de arriba»-, pero el misterio proseguía. El hilo de la madeja llegaba seguidamente hasta Edvard Hogarth, por entones periodista en activo, quien durante treinta años estuvo investigando el caso hasta descubrir que la compañía Zeverin mantenía un intenso intercambio comercial con el Tercer Reich, violando la política sueca de neutralidad. El hecho de que todas sus actividades se hubieran realizado a espaldas de las autoridades fiscales contribuía a añadir aún más leña al fuego. El hilo que partía de Edvard Hogarth y la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin Finmekaniska se extendía hasta la enorme Corporación Griffel y su sede principal en la calle Birger Jarls, en pleno corazón de Estocolmo. En realidad era allí donde se encontraba el verdadero centro del escándalo. A día de hoy, treinta años más tarde, la Corporación Griffel era uno de los consorcios financieros más poderosos del país. Una de sus actividades seguía siendo la de exportar componentes de armas que, por separado, no presentaban mayor interés, piezas que llegaban a los ejércitos de países africanos, donde eran montadas y convertidas en armas completamente funcionales. El pasado intercambio comercial con la Alemania nazi se había desplazado en la actualidad hacia regímenes dictatoriales como, por ejemplo, el de Uganda. Era exactamente así como funcionaba la Corporación Griffel, aunque, visto desde fuera, su presidente Wilhelm Sterner ofreciera una imagen tan irreprochable como la de Gyllenhammar, Wallenberg y otros. Nadie podría sacar a la luz nada que pudiera enturbiar la reputación de la Corporación Griffel; cualquier elemento discordante debía ser silenciado, a toda costa. La verdad exigía sus «hecatombes».
Mientras Stene Forman hablaba largo y tendido, Leo recobró de repente la sobriedad y se despejó por completo. Aquello que al principio había parecido un gran triunfo se veía ahora empañado por serias objeciones, aunque aún no comprendía muy bien lo que quería decirle Forman. De acuerdo, dijo Leo, tal vez hubiera algunas lagunas en su exposición; después de todo, él no era un profesional. Pero eso no cambiaba nada. Lo importante era el asunto principal, y eso estaba muy claro. Lo de Wilhelm Sterner era una historia aparte.
El redactor jefe suspiró profundamente y de nuevo pareció mucho más viejo de lo que era. Al parecer no había bastado con hablar claro. Tendría que acudir a métodos más drásticos para que Leo comprendiera la auténtica magnitud del asunto.
Se levantó de la mesa y se dirigió con paso cansino y los hombros caídos hacia una caja fuerte empotrada en la pared. Aquel era el sanctasanctórum de la revista Blixt , donde se guardaba todo aquello que en cierto modo era estrictamente confidencial: registros, fuentes que no debían ser reveladas y dinero en metálico. Forman giró muy despacio la rueda con la combinación y después abrió la caja con un enérgico tirón. Revolvió entre dos montones de papeles en el estante inferior, situados detrás de otras pilas menos importantes, y luego sacó dos sobres cerrados y sin membrete.
Stene Forman le entregó uno de los sobres a Leo, le dijo que lo abriera y volvió a sentarse detrás del escritorio. Leo abrió el sobre y sacó un par de fotos que le revolvieron el estómago. Eran imágenes de una autopsia, y solo una de ellas, un primer plano, permitió a Leo identificar al muerto. Era Edvard Hogarth. Las fotos mostraban un cuerpo pálido y en sorprendente buena forma, con una serie de cortes realizados con indiferente delicadeza que lo habían convertido en un deforme amasijo de carne. La piel del rostro había sido desprendida del cráneo y enrollada como una máscara flácida en torno a la garganta, los órganos y las vísceras se entremezclaban como en una ensalada sanguinolenta y costras de sangre seca manchaban la piel velluda. Una serie de primeros planos de la pantorrilla derecha revelaban dos puntos muy pequeños separados entre sí a una distancia de unos dos centímetros. Estos habían sido rodeados con círculos mediante un bolígrafo, con el que también se habían escrito algunas anotaciones en latín.
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