Cuando Berka regresó a la caseta, había sobre la mesa una botella, grande y sin abrir, de vodka Absolut, y, debajo de la misma, cinco billetes muy nuevos de cien coronas. Berka entró fingiendo no percatarse de nada, metió las manos en los bolsillos del mono buscando tabaco y finalmente aceptó otro cigarrillo de Leo. Trató de silbar, pero tan solo consiguió toser de nuevo.
Se le veía tan intrigado que a punto estuvo de estallar, pero se sentó sin mirar a Leo, ni a la botella ni al dinero. Se volvió a levantar. Finalmente, no pudo contenerse. Agarró la botella, la escondió rápidamente bajo la mesa, luego cogió los billetes y empezó a contarlos: uno, dos, tres, cuatro, cinco… Miró a Leo, alias Peter Erixon y se metió el dinero en el bolsillo.
Berka preguntó de qué iba todo aquello. No se trataba de una entrevista normal, hasta él podía darse cuenta. Leo asintió con la cabeza, arrojó el humo hacia el techo y permaneció en silencio. Berka preguntó si tenía algo que ver con Leffe, Leffe Gunnarsson, y aquel maldito coche. En ese caso, no tenía nada que decir, nada en absoluto. Él era inocente. Leffe Gunnarsson simplemente se había largado. Nadie sabía adónde.
Leo negó con la cabeza. No se trataba de Leffe Gunnarsson. Berka fumaba nervioso su cigarrillo. Si tenía que ver con Stickan y había cometido algún delito, Berka era también completamente inocente. No sabía nada de Stickan desde hacía un año y ya no se relacionaba con él.
Leo volvió a negar con la cabeza. Dijo que tenía que ver con Tore Hansson, un tipo que había trabajado allí hacía mucho tiempo. Tore Hansson, que había desaparecido en 1944.
– ¡Joder! -fue la respuesta de Berka-. ¡Joder, joder!
Pidió permiso para abrir la botella y Leo asintió. Berka bebió dos grandes tragos de vodka y se pasó la lengua por los labios. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
– ¡Joder, joder! -repitió Berka.
Otra vez Tore Hansson. Así que, después de todo, Peter Erixon no era ningún poli.
No, no era ningún poli, le aseguró Leo.
A un par de kilómetros al este de la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A., al otro extremo de la calle industrial de Hammarby, había una destartalada cabaña. Una estrecha carretera conducía al lago Sickla, y allí se alzaba el cobertizo, una vieja barraca abandonada que había sido utilizada antes por obreros de la construcción. Debió de haber sido de un color azulado en su tiempo, pero la pintura había ido desapareciendo, y a menos que supieras de su presencia podría pasar desapercibida, ya que parecía fundirse con la colina rocosa que descendía hasta el agua.
Berka se había hecho con aquel cobertizo hacía mucho tiempo, y lo utilizaba más como cabaña de veraneo que como parcela para cultivar. Iba allí los fines de semana, donde se dedicaba a pescar y a responder a las preguntas de los concursos radiofónicos.
Leo encontró la cabaña sin dificultad, ya que Berka le había descrito el camino con gran detalle. Se reuniría con él en cuanto sonara la sirena de la fábrica, porque no podían quedarse en su lugar de trabajo hablando de Tore Hansson. Eso sí que no. Berka se había visto involucrado ya en muchos asuntos, y ya no confiaba en nadie.
La llave estaba exactamente donde Berka le había indicado, en el tapacubos de un neumático abandonado. Leo abrió la puerta y entró. En su interior había una cama pulcramente cubierta con una vieja manta militar, una mesa de comedor, un hornillo de butano, un baúl de madera con candado y un calentador de queroseno. La cabaña era bastante acogedora, y al descorrer las cortinas podía contemplarse una hermosa vista del lago Sickla, e incluso tal vez se disfrutara de la puesta del sol sobre la ciudad al noroeste. Pero el día era gris y nublado, y no había ningún crepúsculo que contemplar.
Leo esperó durante cerca de una hora, y luego se sirvió un trago e hizo café. El alcohol le ayudó a tranquilizarse, ya que había pensado que aquello podría ser una encerrona. Si alguien quisiera deshacerse de él, aquel era sin duda uno de los mejores lugares en todo el reino para hacerlo. Si quisieran, podrían torturar a su víctima sin preocuparse por el ruido, arrojar su cuerpo al lago Sickla y borrar cualquier posible rastro para siempre. Pero él confiaba en Berka. El viejo parecía honesto. Y Leo no llegaría a ninguna parte si no corría algún riesgo. De hecho, era la primera vez en su vida que estaba corriendo un riesgo real en pos de la Verdad. Aún más, era la primera vez que hacía algo que tuviera que ver con la realidad, y era consciente de que una acción así se cobraba su precio. También es muy probable que él percibiera algo más profundo en todo aquel asunto, conexiones mucho más extensas de lo que yo pueda captar en este momento.
En cualquier caso, Berka se presentó tal como había prometido. Llegó casi sin aliento porque había «corrido como un arenque», como él mismo dijo, y en cuanto entró en el cobertizo empezó a toser de nuevo aquella flema verde y amarillenta. Leo elogió su acogedora cabaña de veraneo y Berka explicó orgulloso todos los arreglos que había hecho para poder utilizarla también en invierno si le apetecía. Todo le había salido gratis. A nadie parecía importarle que él estuviera allí, y tampoco sabía a quién debería pagar por el usufructo del terreno si el asunto se planteara alguna vez. El cobertizo llevaba allí quince años y podría estar otros quince más, si es que Berka vivía tanto tiempo. Como se ha mencionado, las posibilidades eran bastante escasas, y él mismo era consciente de eso desde hacía mucho tiempo. No tenía nada que temer, ni siquiera si contaba lo que sabía acerca de Tore Hansson.
Berka encendió la lámpara de queroseno que colgaba sobre la mesa, sacó algunos bizcochos de jengibre y se sirvió un café con un chorrito de aguardiente. Mientras la oscuridad se cernía sobre el bosque, el lago y la ciudad allá al noroeste, explicó todo lo que sabía sobre Tore Hansson, la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A. y el año de 1944. A Leo le entraron escalofríos, ya que resultó ser un asunto de lo más desagradable.
Quien alguna vez haya descolgado el teléfono para revelar alguna información a la agencia de noticias sueca TT, y unas horas más tarde haya puesto la radio y escuchado la voz de la TT, la indiscutible voz de la Verdad, leyendo esas mismas palabras convertidas en noticia, en un nuevo dato para archivar en el inmensamente rico banco de datos de la cultura humana, quien haya experimentado eso debe de haberse sentido embargado tanto por un imperioso sentimiento de importancia como por una liberadora sensación de irrealidad. Todas las noticias tienen que haber recorrido el mismo intrincado camino hacia la conciencia colectiva. Las noticias se crean, implantadas por diversos intereses, y luego se retransmiten a través de las agencias de todo el mundo para recalar finalmente en la mente de la gente y hacer que los ciudadanos alcen sus brazos al cielo en señal de grave indignación o de profundo agradecimiento a Dios. Quien haya intervenido en la creación de una noticia de tal envergadura puede acabar sintiéndose vacío, como después de un acto sexual fallido, vacío y aturdido, como si la repentina exaltación hubiese tenido lugar únicamente durante el sueño de una noche.
Stene Forman parecía casi feliz en su febril excitación. Estaba hablando absolutamente off the record , como decían en la Casa Blanca. Mencionaba de forma incoherente el Washington Post y el Watergate, el Fib/Kulturfront y el escándalo de espionaje del IB. De hecho, no fue hasta entonces cuando se bautizó todo aquel asunto como el «caso Hogarth». Fue aquel día cuando hubo auténticas razones para calificar aquella historia como «caso» o «affaire» , y Stene Forman no lo dudó ni un momento. Por supuesto, debería ser conocido como el caso Hogarth.
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