Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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El propio Leo confesaba no poseer ni un ápice de orgullo, pero aun así se sentía atraído hacia la verdad como la polilla hacia la luz. Tenía sed de verdad como el nómada que busca el agua en el desierto, aunque todo aquello no fuera más que un voraz fuego devorador o un oasis pútrido y venenoso.

Sea como fuere, Stene Forman había dado instrucciones a Leo de acudir directamente al origen del asunto. El redactor jefe de Blixt había pensado en todo y, con falsos pretextos, había llamado a la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A. para averiguar si había algún empleado que llevara trabajando en la empresa más de treinta años. Un expeditivo y servicial jefe de personal le informó con aire complacido de que un tal Berka, que aparecía en nómina como Bertil Fredriksson pero al que todos conocían por aquel apodo, llevaba trabajando en sus talleres todo ese tiempo, desde que la compañía se trasladó al muelle de Sickla. No había ninguna duda: Leo debía dirigirse al puerto de Hammarby para averiguar todo lo que el tal Berka pudiera saber sobre Tore Hansson.

Así que hacia allí se encaminó el enfebrecido Leo Morgan, dejando atrás las instalaciones de General Motors, Hermanos Hedlund -que en la actualidad pertenecía a la Corporación Gränges-, Luma, Osram y otras pequeñas fábricas, hasta llegar a la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A., que había sido absorbida por la Corporación Griffel. Era un edificio de ladrillo visto, con una cubierta en zigzag cuyas sucias cristaleras se abrían sobre cuatro largas naves donde soldadores, torneros y unos cincuenta técnicos y fabricantes de maquinaria de precisión producían un ruido ensordecedor con martillos, limas, sierras, tenazas, tijeras, máquinas pulidoras y soldadoras. Leo retrocedió ligeramente ante el fragor y se tapó los oídos con las manos. Algunos jóvenes en mono de trabajo con el emblema «Zeverin» en la espalda no parecieron percatarse de su presencia y continuaron martilleando al ritmo de su arduo trabajo. Un hombre con delantal azul, una placa de encargado de control y un bolígrafo detrás de la oreja se afanaba de un lado a otro enseñando un nuevo plano. Reinaba un ambiente de actividad febril. Leo se sintió al instante como un intruso, un bacilo, un elemento perturbador en aquel rugiente organismo.

Haciendo acopio de todo el coraje que pudo reunir, se dirigió a un tornero de cierta edad y le preguntó si conocía a un tal Berka. El hombre soltó una risa desganada, sacudió la cabeza y señaló hacia los vestuarios. Allí es donde podría encontrar a Berka.

Pegándose a la pared cuanto pudo para no atraer la atención de nadie, atravesó una de las naves hasta llegar a la zona de vestuarios. Allí encontró una máquina expendedora de café y, delante de esta, a un hombrecillo encorvado y desgarbado de rostro arrugado y piel morena. Llevaba una gorra de pintor en cuya visera levantada se leía «Beckers». Leo le preguntó por Berka y el hombrecillo asintió y gritó que era él, que no era otro que el mismo Berka. Olía a licor rancio.

Berka no mostró la más mínima reticencia. Con gusto concedería una entrevista sobre cómo se sentía ante su inminente jubilación, pero a los jefes no les gustaba que hubiera nadie fisgando por los talleres, así que sería mejor que se retiraran a algún lugar más discreto. Berka tosió como si fuera a echar los pulmones, escupió una flema verde amarillenta en el suelo de asfalto y luego la recogió con una mopa. Señaló hacia el final de la nave, donde se veía una pequeña caseta. Más privado, dijo, intentando guiñar un ojo con aire astuto; pero no lo consiguió, y cerró los dos al mismo tiempo.

Berka iba delante, adoptando de pronto una actitud pomposa y arrogante. Iba a ser entrevistado por la prensa. ¿No había fotógrafo? Bueno, eso podría solucionarse más adelante. Él era jodidamente fotogénico. Cargaba la mopa al hombro y se contoneaba como un chiquillo camino del campo de fútbol. Trató de silbar, pero empezó a toser y solo volvió a salirle esa flema repugnante. Era un resfriado lo que tenía. Había hecho un tiempo asqueroso esa primavera y todo el mundo andaba moqueando. Joder, maldito resfriado de primavera.

Una vez en la caseta, encendió una bombilla desnuda y cerró la puerta detrás de su invitado. Allí dentro había algo menos de ruido, pero aun así Leo tenía que gritar para que el hombre le oyera. Le ofreció tabaco a Berka y se presentó como Peter Erixon. El hombre aceptó el cigarrillo y se presentó a su vez, con total propiedad, como Berka.

Por pura formalidad, Peter Erixon le hizo un par de preguntas sobre su experiencia laboral en la compañía Zeverin, el tipo de cuestiones que supuso que haría un periodista de verdad. Berka hizo un gran esfuerzo de concentración y, cuando por fin procedió a responder, intentó sonar como un político en televisión, empleando palabras que nunca usaba y cuyo significado desconocía. Leo, alias Peter Erixon, intentaba mantener el tipo e iba tomando notas de vez en cuando.

Efectivamente, Berka llevaba trabajando para la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A. desde los tiempos en que la fábrica estaba situada en la calle de Norra Station, en Norrtull. Por aquel entonces se llamaba Zeverin & Co. y producía también otros muchos artículos, entre ellos piezas de madera. Berka había seguido en la compañía cuando esta se trasladó al muelle de Sickla, y también estuvo presente en la inauguración de los grandes y modernos talleres. Eso fue justo antes de que estallara la guerra, pero el negocio no se resintió. Hermann Zeverin, el presidente, pareció manejar bien la situación. No despidieron a nadie; al contrario. Berka era tornero y había ejercido su oficio hasta principios de los años setenta, pero últimamente las manos le temblaban tanto que se había visto obligado a dejarlo. Debería haberse jubilado hacía un año, pero se negó. Sabía muy bien lo que le pasaba a un hombre cuando se jubilaba y se quedaba en casa: a los seis meses ya estaba senil, seis meses después se le detectaba un cáncer y luego se moría. Todo ese asunto de la «edad de jubilación» estaba astutamente calculado. Pero eso no estaba hecho para Berka. Cuando alguien llevaba todos los días levantándose a las cinco y media desde que era un chaval, no iba a cambiar solo porque a algún capullo se le hubiera ocurrido la dichosa idea de la jubilación. Berka seguiría trabajando hasta los ochenta años, si es que llegaba a aquella edad. Volvió a toser y de nuevo arrojó una cantidad considerable de aquella flema verde y amarillenta, que escupió en una lata de café medio llena que estaba en el suelo. No parecía muy probable que llegara a los ochenta años, al menos en aquellas circunstancias.

Leo, alias el periodista Peter Erixon, le ofreció a Berka otro cigarrillo para calmar sus pulmones. Berka encendió una cerilla y dio dos profundas caladas mientras murmuraba algo, y luego se lanzó a una larga perorata sobre que aquel maldito trabajo en el taller tal vez no hubiera sido muy bueno para su salud. Pero, como todo muchacho normal y sencillo, tuvo que tomar el primer empleo que se le presentó, y nunca había desatendido sus obligaciones y desde hacía más de cincuenta años jamás le había faltado trabajo.

El entrevistador escuchaba muy atento y tomaba notas de vez en cuando. Se sentía bastante tenso y no sabía cómo reconducir la conversación. No podía dejar a aquel hombrecillo divagar durante horas. Era evidente que Berka podría seguir hablando sin parar mucho tiempo. Pero, tarde o temprano, Leo debería poner las cartas sobre la mesa y sacar el tema de Tore Hansson. Y, si no conseguía nada, se limitaría a darle las gracias, marcharse a su casa y olvidarse de todo el asunto.

Berka empezó a ponerse un poco nervioso después de llevar una hora dentro de su caseta privada. Puso la excusa del encargado y salió un rato a pasar la mopa, más que nada por guardar las apariencias. Debía simular que estaba bastante cansado al final de la jornada. Acababan de dar las cuatro y tenía que dar cuenta de su esfuerzo, ya que, después de todo, no estaba allí por caridad; no habría razón para mantenerlo en su puesto si no hacía nada para ganarse su mísero salario.

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