Klas Östergren - Caballeros

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Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico.
¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

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El loco del poema
no es una invención;
es, en su mayor parte,
mera prolongación.

Teniendo en cuenta que esto fue escrito por un antiguo conquistador, ciego y sifilítico, hace más de cuatrocientos años, los arrogantes y sobrevalorados médicos de nuestros días deberían ser contemplados bajo una luz más objetiva.

Lo que más ansiaba Leo Morgan era continuar trabajando en Autopsia . La revista Bonniers Literary Magazine había enviado una carta a un selecto grupo de poetas con la pregunta: «Mediados ya los setenta… ¿qué ha sucedido hasta ahora?». Se pedía una respuesta por escrito, y Leo estaba encantado de haber sido incluido entre los grandes pesos pesados de la lírica. Pero la respuesta de Leo Morgan nunca les llegaría.

Stene Forman estaba que se subía por las paredes, siempre off the record , como solían decir en la Casa Blanca. ¡Joder!, gritaba por teléfono. Leo tenía que mover el culo de una vez. Tenía que escribir cartas, juiciosas y respetuosas misivas, para espolear al viejo a punta de correspondencia. Y, si eso no diera resultado, presentarse en su casa, patear la puerta y preguntarle a qué diablos estaba jugando. Cómo tenía la desfachatez de hacer cosas como aquella, aterrorizar a medianoche a ciudadanos honrados para luego simplemente desaparecer. No, maldita sea, según Forman había que llegar hasta el fondo de todo aquello. Verner Hansson conseguiría justicia, Stene una gran tirada y Leo una buena cantidad de dinero.

Pero Hogarth estaba en paradero desconocido y nadie respondía a las llamadas de Leo. Para entonces estaba dispuesto a desentenderse de todo -no tenía motivo alguno para guardarle lealtad ni a Stene ni a Verner-, pero había algo en aquel asunto que no podía apartar de su mente. Hogarth tenía algo especial. Le había estrechado la mano de una forma muy extraña, como si Leo hubiera sido infectado o elegido.

Así que Leo siguió las indicaciones de Stene: escribió al anciano un par de cartas juiciosas y serviles, esperó una respuesta que nunca llegó y entonces decidió hacerle una nueva visita. Lo mejor era llegar al fondo del asunto de una vez por todas.

Era un día muy soleado de principios de abril. El tranvía 12 realizó su recorrido normal y Leo se apeó en la plaza Högland. La calle parecía aún más muerta que la vez anterior. Salía humo de unas pocas chimeneas y se oía el lastimero ladrido de un poodle procedente del patio trasero de alguna casa; por lo demás, todo estaba desierto. La nieve ya se había derretido totalmente en el jardín de Hogarth y el panorama que quedaba a la vista no resultaba muy grato para alguien que antaño había sido botánico. El jardín se encontraba en un estado deplorable, y la verja chirrió con un sonido quejumbroso.

Leo echó un vistazo a la casa. La lámpara de trabajo del piso superior estaba encendida como de costumbre. El timbre resonó en el interior de la casa, pero no sucedió nada. Todo parecía muerto allí dentro. Leo volvió a llamar y luego rodeó la vivienda en dirección a la puerta de la cocina. Silencio total. Leo miró a través de una ventana de la pequeña galería cerrada y contempló el interior frío y desolado. En el amplio salón podían verse perfectamente el mobiliario tapizado en piel y las valiosas obras de arte… un botín atractivo para ladrones cultivados.

Leo desistió. No tenía ningún sentido permanecer allí tocando el timbre. Solo conseguiría llamar la atención de los vecinos, que empezarían a preguntarse quién era. Aunque, por otro lado, no parecía que hubiera muchos vecinos curiosos; la calle se veía muerta. Pero aun así desistió, totalmente decidido a marcharse a su casa y telefonear a Forman para decirle en términos nada equívocos que podía coger su caso Hogarth e irse al infierno.

Leo se dirigió hacia la plaza Högland para coger el 12 de vuelta al centro, pero a mitad de camino cayó en la cuenta de un detalle: podía echar un vistazo al buzón del correo. Desanduvo sus pasos hasta llegar a la desvencijada y chirriante verja donde se hallaba el buzón. Efectivamente, en su interior había folletos publicitarios y los periódicos empapados de los últimos cuatro días, así como las cartas de Leo, tan humedecidas que parecían a punto de desintegrarse.

Miró a su alrededor y no vio a nadie, así que se guardó las cartas en el bolsillo y volvió a encaminarse hacia la parada del tranvía. No iba a preocuparse más de todo aquel asunto… o eso es lo que pensaba.

De hecho, fue Henry quien comenzó a preocuparse por lo acontecido, algo de lo que más tarde se arrepentiría. Había estado en el sur, en Skåne, filmando una película. Su trabajo más importante hasta la fecha. Se trataba de un papel de verdad, con varias líneas de diálogo. Regresó a casa en abril, enormemente satisfecho de su actuación.

Al llegar Henry se encontró a un Leo cariacontecido, preocupado y anormalmente inquieto. Dado lo inusual de las circunstancias, Leo no pudo resistirse a explicarle a su hermano toda la historia, comenzando por lo que había contado Verner sobre su padre desaparecido, pasando por la inminente bancarrota de Stene Forman, y concluyendo con lo acontecido con el viejo Edvard Hogarth, allá en Bromma. Henry afirmó acordarse de Hogarth del club MMM. Su descripción del anciano fue la de «un hombre con dos piernas, dos brazos y una cabeza entre los hombros». Para tener la fiesta en paz, Leo le dijo que se trataba del mismo.

Pero, maldita sea, Henry pensaba que estaba muy claro que Leo debía intervenir y ayudar al anciano. Después de todo, descendían de una estirpe a la que no podían defraudar. El viejo Morgostjärna nunca se hubiera amilanado. Leo tenía que asegurarse de que a Hogarth no le había ocurrido nada malo. Además, si el resultado final era que Verner Hansson se convertía en alguien más sensato y Leo recibía un buen dinerito, ¿dónde estaba el problema?, concluyó Henry silbando entre dientes. Leo no podía quedarse allí sentado, barruntando; debía convertirse en detective y dedicarse a husmear. Henry sabía exactamente cómo funcionaba aquello: después de todo, él mismo había sido agente secreto en Berlín. Todo era cuestión de simular y no dejar entrever tu juego en ningún caso. ¡Dios! Henry no podía evitar sentir una mezcla de envidia y orgullo. Nunca se habría esperado algo así de Leo. De una u otra manera, el pequeño niño prodigio podría acabar convirtiéndose en un héroe.

Sin ninguna sensación de estar realizando algo heroico, Leo se encontró una vez más sentado en el tranvía número 12. No sentía ningún deseo de convertirse en héroe, pero sí de alcanzar la suficiente tranquilidad de ánimo para continuar escribiendo su suite poética Autopsia , tarea que resultaría imposible mientras toda aquella disparatada historia siguiera dando vueltas en su cabeza. Tal como se vio forzado a confesarse, era como si hubiera sido infectado; había sido elegido para algo, aunque no sabía el qué.

Así pues, el tranvía número 12 siguió su ruta, la plaza Högland continuaba suspirando bajo su pesado manto de silencio y Leo se encaminó en busca de su objetivo. Avanzó a paso rápido, sintiéndose un poco excitado, hacia la casa de Hogarth. La pequeña calle no solo estaba silenciosa y desierta, sino también oscura y lúgubre a última hora de la tarde. Pero Leo no podía permitirse asustarse, aunque hubiera bastantes razones para ello. Traspasó la chirriante y obstinada verja, avanzó por el crujiente camino de gravilla y pulsó con insistencia el timbre. La señal resonaba estridente más allá del vestíbulo, pero sin ningún resultado.

La lámpara del piso de arriba permanecía encendida, pero por lo demás la casa parecía igual de desolada que antes. Sin cuestionarse si actuaba de forma correcta o incorrecta, el visitante se dirigió hacia la entrada de la cocina y giró el pomo de la puerta. Estaba cerrada. Examinó el pomo, la cerradura y las bisagras. Era una puerta vieja de madera de pino con una cerradura bastante sencilla, una nimiedad para un experto cerrajero que en su día abriera las puertas de tantos desvanes.

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