Un pez fuera del agua o una cotorra en las profundidades del océano no se hubieran sentido tan desplazados como él se sentía cuando la inteligente princesa le guiaba a través de un laberinto de nuevas ideas que ni siquiera había imaginado que existieran.
Para Rusti Cayambe, el Inca siempre había sido el Inca, pero ahora Sangay aseguraba que en ese único cuerpo habitaban tres seres diferentes y que dos de ellos resultaban ser sorprendentemente humanos.
¿Cómo asimilarlo?
Era como haber sido trasladado a un mundo en el que las rocas se convertían en barro, los ríos corrían montaña arriba o la nieve calentaba.
Descubrir que las leyes no eran iguales para todos, y que se las podía moldear por el mero hecho de tener una determinada sangre en las venas le sumía en el desconcierto, pero lo que sin duda más contribuía a confundirle era aquel sutil manejo de ideas y palabras de que solían hacer gala los nobles de la corte.
Era como si únicamente vivieran en la hora del crepúsculo, cuando el blanco no es blanco, ni el negro negro, y cuando hasta los colores del cielo, las montañas o las nubes varían de un instante al siguiente, y cada cual los interpreta a su manera.
En ocasiones echaba de menos los viejos tiempos en los que el blanco era blanco y el negro negro, pero si quería ser absolutamente sincero consigo mismo se veía obligado a admitir que le alegraba el alma saber que su hijo no sería un vulgar «destripaterrones», un pastor de llamas, o un chasqui correcaminos.
La princesa Sangay Chimé se encontraba ya en su sexto mes de embarazo cuando su flamante esposo, el joven general Saltamontes, se vio obligado a alejarse de la capital con el fin de perseguir y castigar a un grupo de urus del Titicaca que habían asesinado al curaca que los había apremiado en exceso a la hora de reclamar el «impuesto de las pulgas».
Los urus , que junto a los aymará poblaban las orillas del gigantesco lago, eran tan increíblemente indolentes que se negaban a efectuar ningún tipo de trabajo, malviviendo de lo poco que pescaban sin apenas moverse de las puertas de sus míseras chozas de juncos, y permitiendo que la suciedad y, sobre todo, unas enormes pulgas que proliferaban por millones los devoraran. A tal extremo había llegado su desidia, que los recaudadores imperiales los obligaban a entregar cada mes un canuto de caña repleto de esas pulgas, puesto que ésta parecía ser la única forma que existía de obligarlos a librarse de tan molestos parásitos.
Justo era admitir que en esta ocasión el curaca se había extralimitado en sus funciones, pero las leyes establecían que en tales casos se debía acudir en primer lugar al arbitrio del gobernador de la provincia, sin que estuviera permitido, bajo ningún concepto, la libertad de tomarse la justicia por su mano. A la vista de ello, Rusti Cayambe agradeció en cierto modo la oportunidad que se le brindaba de volver a la vida activa, alejándose durante un corto período de tiempo de las intrigas de la corte y, sobre todo, de aquel marasmo de ideas nuevas que amenazaban con hacer que la cabeza le estallara. Al propio tiempo deseaba aprovechar la ocasión para comprobar hasta qué punto el entrenamiento a que había sometido a sus hombres surtía el efecto deseado.
Eran unos magníficos soldados, de eso no le cupo la más mínima duda. Rápidos, incansables, disciplinados y silenciosos, asaltaron la diminuta isla en que se habían hecho fuertes los rebeldes con la misma facilidad con que hubieran abofeteado a una pandilla de mozalbetes, y regresaron cantando alegremente mientras pateaban despreocupadamente las cabezas de sus desgraciados enemigos. Concluida la misión, el general Saltamontes, que por más que se lo propusiera no podía olvidar que era hijo de humildes labradores, decidió quedarse unos días en las cercanías del lago con la intención de estudiar la curiosa forma que tenían los aymará de obtener durante casi todo el año magníficas cosechas sin que las heladas nocturnas les destrozaran los cultivos.
Con infinita paciencia y siglos de duro esfuerzo, los aymará habían preparado sus campos de tal forma que anchas acequias de poco más de un metro de profundidad, y que se abastecían del agua del Titicaca, bordeaban cada parcela de tierra fértil, que se convertía en una especie de cuadrada isla de no más de cincuenta pasos de largo por cada lado.
De ese modo conseguían que allí, a casi cuatro mil metros de altitud sobre el nivel del mar y con un sol ecuatorial cayendo a plomo, el agua de las acequias se calentara lo suficiente durante el día como para que la temperatura se mantuviese estable hasta el amanecer.
Se hacía necesario, desde luego, un cielo tan límpido como el del Altiplano andino, donde las nevadas cumbres de la cordillera se vislumbraban muy a lo lejos, y se hacía necesario, de igual modo, aquel sol inclemente y vertical que abrasaba durante más de ocho horas seguidas, condiciones que no acostumbraban a darse en casi ningún otro lugar del Imperio, pero gracias a ello los antepasados de los aymará habían llegado mucho tiempo atrás a la conclusión de que de aquella inteligente forma evitaban que se les arruinaran las cosechas.
No obstante, los auténticos orígenes de tales acequias — anteriores sin duda a la llegada de los aymará — los pudo descubrir Rusti Cayambe mientras recorría lo poco que quedaba de la antaño poderosa fortaleza de Tihuanaco, restos de una vieja civilización venida a menos. Sentado allí, en mitad del desolado Altiplano, observó largamente los extraños grabados de una enorme puerta de piedra que aún se mantenía en pie desafiando al viento, y en cuya parte alta se podía distinguir con total nitidez un friso tallado a cincel en el que abundaban las figuras de animales entre los que sobresalían varios pumas, y en cuyo centro una imagen del sol parecía dominar el paisaje circundante.
A poca distancia se distinguían las ruinas de Calasasaya o de las Piedras Erguidas, una asombrosa sucesión de monolitos tallados en arenisca roja que aparecían perfectamente alineados, como si de un ejército de cíclopes se tratase, y que en un tiempo muy lejano debió de hacer las veces de templo, o tal vez de observatorio astronómico.
Se vislumbraba también en la distancia una inmensa pared de piedra sostenida por bloques que probablemente cien hombres no hubieran conseguido arrastrar, y todo ello le obligaba a pensar en las viejas leyendas que aseguraban que en el inicio de los tiempos aquella región estuvo poblada por gigantes de más de dos metros de altura que desaparecieron tragados por las aguas de un catastrófico diluvio. Le vino a la mente la vieja cantinela que su padre recitaba una y otra vez durante las noches de persistentes lluvias allá en el Urubamba:
— Y fue en el Titicaca donde Viracocha, supremo hacedor, dio por terminada la primera creación del mundo, por lo que, concluida su tarea, recomendó a los hombres que cultivaran la tierra, se amaran entre sí, obedecieran sus leyes y fueran prudentes con sus actos.
«Sin embargo, pronto los humanos se volvieron crueles, salvajes, perezosos y pecadores, hasta el punto de que Viracocha los maldijo lanzando sobre ellos todos los males y enviando por fin las grandes aguas que cayeron durante setenta días y setenta noches, y de las que tan sólo se salvaron sus siervos más fieles.
«Regresó más tarde Viracocha, y ayudado por aquellos justos procedió a la nueva creación del mundo, la segunda, y en esta ocasión decidió dotarlo de una luz resplandeciente, y allí mismo, en la isla también llamada Titicaca, ordenó que hiciese cada mañana su aparición el primer rayo de un sol que sería el encargado de engendrar vida y vigilar a los hombres.
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