— No de salud, sino de ánimo.
— ¿Y eso?…
La afligida mujer le hizo una detallada exposición de cuanto había sucedido durante su ausencia, para acabar musitando con amargura:
— ¡Tanto como me he esforzado tratando de enseñarte los entresijos de la vida en la corte, y resulta que he sido yo quien se ha extralimitado!
—Únicamente intentabas ayudar a la princesa…
— A costa de adentrarme en un terreno en exceso resbaladizo — se lamentó ella—. Debería tener la experiencia suficiente como para saber a lo que me arriesgaba.
— A mí me alegra que lo hayas intentado.
— No unas tu inconsciencia a mi estupidez — le recriminó su esposa—. Perder el favor del Emperador es lo peor que puede ocurrirle a nadie.
— Si es tan inteligente y generoso como aseguras, comprenderá tus motivos.
— Ya te comenté en una ocasión que cuando se comporta como el hijo del Sol cambia. En esos momentos no es inteligente, justo, ni generoso. Es como si una fiera se escondiera en lo más profundo de su mente; un ser maligno heredado directamente de sus más lejanos ancestros, puesto que no debemos olvidar que basaron su poder en la destrucción de sus propios hermanos.
— ¡Extraño mundo el tuyo! — se lamentó el general Saltamontes—. Extraño y a mi modo de ver despreciable. Prefiero adentrarme en las selvas del oriente, o en los desiertos del sur, que en una sucia ciénaga en lo que todo parece reducirse a no despertar las iras del Emperador.
— Y haces bien, puesto que ningún auca de la selva, ni ningún araucano de los desiertos, podrá nunca causarte tanto daño como el que pueda causarte el Emperador.
— Mañana tengo que verle.
— ¡Sé muy prudente! — le recomendó su esposa—. Recuerda que sabe que has conseguido en una noche lo que él no ha conseguido en años: hacer que su esposa le dé un hijo. El Inca recibió al general que había enviado a pacificar a los urus sentado en su fastuoso trono y rodeado por toda una cohorte de sumisos consejeros, pero su rostro semejaba una máscara de basalto, y sus entrecerrados ojos parecían mirar más allá de cuantos se encontraban arrodillados frente a él.
— ¿Y bien? — quiso saber hablando por encima de la cabeza de Rusti Cayambe, que era quien se encontraba justo bajo sus pies—. ¿Qué noticias me traes del Titicaca?
— Los rebeldes han muerto, ¡oh, gran señor! — replicó en tono humilde el interrogado—. Mis hombres jugaron con sus cabezas, sus viviendas fueron incendiadas y sus familiares declarados esclavos…
— ¿Cuántas bajas hemos tenido?
— Ninguna, mi señor.
— ¿Ninguna?…
— Ninguna… Tan sólo dos heridos de escasa consideración.
Resultó evidente que la noticia satisfacía al Emperador, que se limitó a hacer un leve gesto de despedida con la mano.
— ¡Bien! — dijo—. Has sabido cumplir con tu obligación… ¡Puedes retirarte!
— Aún hay algo más, ¡oh, gran señor! — se atrevió a musitar el joven general.
— ¿Algo más? — se sorprendió el Inca.
— Así es, mi señor. Y respetuosamente pido permiso para exponértelo.
— Di lo que tengas que decir.
— Mientras me encontraba en el lago he tenido una idea que tal vez nos permita saber si vale la pena iniciar una campaña contra los araucanos .
— ¿A qué te refieres?
— A que hemos dedicado demasiado tiempo, y hemos perdido infinidad de buenos soldados, intentando averiguar si los territorios que se extienden más allá del desierto de Atacama y su inaccesible cordillera es lo suficientemente fértil o contiene riquezas que ameriten continuar sacrificando a nuestros hombres.
— ¿Y cómo pretendes averiguarlo sin cruzar el desierto y la cordillera? ¿Acaso tienes alas?
— No, mi señor. No tengo alas. Pero podríamos llegar hasta allí por mar. Se dejó sentir un leve rumor de sorpresa, incredulidad o incluso de desaprobación, pero se acalló en cuanto los presentes repararon en la meditabunda expresión del Emperador.
— ¿Por mar?… — repitió como si le costara dar crédito a lo que acababa de oír—. ¿Y cómo esperas llegar a las tierras de los araucanos por mar?
— Navegando siempre hacia el sur, mi señor.
— ¿Navegando? ¿Y con qué clase de embarcaciones cuentas? Las diminutas canoas de nuestros pescadores apenas son capaces de alejarse de la costa, y a las pesadas balsas de troncos se las suele llevar el mar de forma que no volvemos a verlas nunca.
— Los aymará del Titicaca saben construir magníficas embarcaciones.
— ¡Sí! —admitió ásperamente el Emperador—. Magníficas embarcaciones hechas a base de juncos de totóra , buenas para navegar en el lago pero completamente inútiles a la hora de adentrarse en el océano.
— ¿Y quién puede asegurar tal cosa sin temor a equivocarse? — quiso saber su interlocutor—. Si flotan, flotan, puesto que el agua es igual en todas partes. Y los aymará saben cómo obligarlas a seguir un rumbo determinado ayudándose del viento y de los remos.
— El mar es salado.
— ¿Y qué importancia tiene, mi señor?
El Inca permaneció unos instantes meditabundo, y por último se volvió a un anciano consejero al que se advertía tan confundido como el resto de los presentes.
— ¿Tiene importancia? — quiso saber.
El pobre hombre pareció encogerse aún más, y resultó evidente que le aterrorizaba la idea de tener que dar una respuesta.
Al fin optó por encogerse de hombros, reconociendo su ignorancia.
— No lo sé, mi señor. Nunca he visto el mar.
El Inca se volvió de nuevo al general Saltamontes para inquirir casi agresivamente:
— ¿Y tú has visto el mar?
— No, mi señor.
— En ese caso, ¿cómo puedes saber que las embarcaciones del Titicaca flotarán en él?
— Porque me han contado que el mar no es más que un inmenso lago de agua salada… He cogido agua, le he añadido sal y he introducido en ella un tallo de totóra … — Hizo una pausa, consciente de que todos se inclinaban sumamente interesados, y por último hizo un afirmativo gesto con la cabeza, para sentenciar, seguro de sí mismo—: ¡Y flota!
— ¿Flota?… — repitió el hombre que se sentaba en el trono, al que el tema parecía interesarle más y más por momentos—. ¡Bien! Parece lógico que flote si al fin y al cabo no es más que agua con un poco de sal… ¿Pero consideras factible transportar unas naves tan pesadas desde el Titicaca hasta la costa a través de la cordillera? ¡Llevaría meses, tal vez años! Y dudo de que pudieran cruzar los puentes y los desfiladeros… ¡Sería una locura! ¡Una auténtica insensatez!
— No es en llevar los barcos en lo que había pensado, mi señor.
— ¿Ah, no? ¿Entonces en qué?
— En trasladar allí a los que los construyen.
Un denso, casi palpable silencio se adueñó de la enorme estancia, y por un instante podría llegar a creerse que el hijo del Sol iba a ser víctima de un ataque de apoplejía, puesto que se había quedado muy quieto, con la expresión de quien ha recibido de golpe un jarro de agua fría.
— ¡A los que los construyen! — masculló al fin casi masticando las palabras—. ¿Se te ha ocurrido la idea de transportar hasta la orilla del mar grandes haces de totóra para que los aymará fabriquen allí sus naves?
— ¡Así es, mi señor!
— ¿Y se te ha ocurrido a ti solo?
— ¡Así es, oh, gran señor!
Nuevo y largo silencio meditabundo. El Emperador paseó la vista por encima de cuantos aguardaban, entre atemorizados y expectantes, clavó luego los ojos en un disco del sol que parecía ejercer sobre él un especial magnetismo y por último observó a quien aún permanecía a sus pies como si se encontrara ante un extraño animal desconocido que tuviera la extraña virtud de desconcertarle.
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