— Lo comprendo muy bien, mi señora — fue la humilde respuesta—. Ni siquiera se me pasó por la mente la posibilidad de que tú vinieras, y con ello has colmado todos mis sueños. Del Emperador lo único que deseo es su perdón por mi imprudencia.
— El incidente está olvidado… — la tranquilizó la reina con una dulce sonrisa—. Fuiste muy valiente, y hasta diría que osada, al abordar un tema que le irrita, pero yo te comprendo, al igual que comprendo a la princesa Ima. No es justo que su destino se encuentre tan directamente ligado al mío, pero así son las cosas, y así debemos aceptarlas…
Al poco regresó a su palacio, acompañada por idéntico ceremonial, pero su corta visita sirvió para evidenciar que la familia de Rusti Cayambe ocupaba un lugar muy especial en el afecto de los monarcas, ya que la recién nacida había sido bendecida personalmente por la reina. Al propio tiempo, en los mentideros del Cuzco no se hablaba de otra cosa que de la sorprendente labor que al parecer estaban llevando a cabo los hombres del siempre desconcertante general Saltamontes a orillas del lago Titicaca.
Como preludio a cuanto había de llegar en los meses siguientes, habían seleccionado a los quinientos urus más fuertes, tanto hombres como mujeres, agrupándolos en una explanada en la que los obligaron a raparse las cabezas los unos a los otros hasta que quedaran tan mondas como un callao del río.
Una vez hecho eso, se encendió una enorme hoguera a la que tuvieron que arrojar absolutamente todas sus vestiduras, quedando tal como vinieron al mundo, para ser conducidos, pasado el mediodía, a los anchos canales de agua poco profunda, a esas horas caliente por los efectos del sol, donde se los sumergió hasta el cuello durante más de dos horas, ordenándoles que introdujeran de tanto en tanto incluso la cabeza.
Quien remoloneaba o se resistía, recibía de inmediato cien latigazos, y si aún continuaba oponiendo resistencia se le ajusticiaba en el acto por medio de un contundente golpe de maza que le hundía el cráneo.
Rusti Cayambe parecía decidido a convertir a aquella pandilla de vagos pulguientos y costrosos en mano de obra válida para la sociedad, y sus órdenes habían sido tajantes:
— Los quiero útiles o muertos porque el Imperio no puede continuar cargando con una lacra que constituye un nefasto ejemplo para cuantos se ven obligados a trabajar de sol a sol. Los urus , que habían basado sus pautas de comportamiento en el abandono de cualquier tipo de iniciativa — la desidia llevada a sus últimas consecuencias, y la resistencia, más que pasiva, «inactiva»—, se encontraron de improviso frente a la cruda realidad de que la política de hacer oídos sordos que tan buenos resultados les había dado hasta el presente, los conducía ahora directamente a la muerte. Cuando el séptimo cadáver quedó tendido boca arriba en mitad de un campo abierto, con las entrañas al aire para que comenzase a heder cuanto antes, y en el cielo hicieron su aparición los primeros cóndores, incluso los más rebeldes y recalcitrantes parecieron llegar a la conclusión de que algo había cambiado, y de que a partir de aquel día tendrían que empezar a encarar el futuro de un modo muy distinto. Resulta evidente que ni los propios urus , ni mucho menos el enérgico general Saltamontes, tenían los conocimientos suficientes como para comprender que la secular apatía de aquel pueblo no se debía simplemente al hecho de que fueran vagos de solemnidad, sino a una larga serie de problemas de índole física que se arrastraban de generación en generación, y que tenía su principal raíz en una alimentación escasa en calorías y deficiente en vitaminas y minerales.
Cientos o tal vez miles de años de no consumir más que pescado, maíz y patatas habían agotado a un pueblo que habitaba a casi cuatro mil metros de altitud sobre el nivel del mar, y que en ocasiones sufría unas diferencias de temperatura de más de cincuenta grados entre el bochorno de los quietos mediodías en los que la superficie del tranquilo lago devolvía los rayos de sol como un espejo o las heladas noches en las que el viento descendía ululando de las nevadas cumbres andinas.
Una desnutrición atávica y sin esperanzas los había llevado al punto en que ahora se encontraban, y había conseguido que incluso los siempre activos y laboriosos incas acabaran por rendirse a la evidencia de que no existía forma humana de hacer reaccionar a aquella cuadrilla de inútiles. Pero la visión de una docena de cóndores destrozando con sus picos y sus afiladas garras los cuerpos de padres, hermanos o parientes que la noche antes dormían quizá en la misma choza constituía, en verdad, un revulsivo capaz de obligar al menos animoso de los hombres a dar un primer paso en la dirección correcta.
Al tercer día de tan drástica forma de actuar, y cuando no le quedó la más mínima duda de que ni una sola pulga había sobrevivido a los largos baños y la mugre de toda una vida había pasado a abonar los campos vecinos, Pusí Pachamú, que era quien había estado en todo momento al mando del complejo operativo militar, ordenó que le fuera entregado a cada hombre o mujer un largo poncho de color verde oscuro por el que debían ser reconocidos de allí en adelante.
Luego los puso a cortar juncos del lago, las famosas cañas de totóra que una vez secas al ardiente sol de aquellas alturas se unirían en haces del grueso del brazo de un hombre y que constituían la materia prima con que los hábiles aymará , vecinos de los urus pero infinitamente más activos, limpios y eficaces, fabricarían sus hermosas naves.
Mientras tanto, un centenar de veteranos habían sido enviados hacia el oeste, con órdenes expresas de encontrar una ruta cómoda entre el lago más alto del mundo y el océano.
Se trataba de una distancia de algo más de doscientos kilómetros, con un desnivel de casi cuatro mil metros a través de una de las regiones más accidentadas del planeta; tal vez una misión prácticamente imposible para la mayor parte de los seres humanos, pero no para quienes habían nacido y se habían criado en aquellas increíbles alturas, y habían sido entrenados, además, como fuerzas de élite de un poderosísimo ejército.
Se abrieron nuevos pasos, se construyeron increíbles puentes, y se edificaron tambos que permanecían siempre repletos de alimentos, y que se alzaban a la distancia exacta que debía recorrer diariamente un hombre cargado con cincuenta kilos de peso.
Más que una operación militar, era aquélla una operación de intendencia, y eso era algo en lo que los incas habían demostrado desde muy antiguo una especial habilidad.
Sin conocer la rueda, y por lo tanto el carro, que en realidad hubiese resultado inútil y engorroso por unos empinados senderos que la mayor parte de las veces estaban conformados por escalones tallados en la roca y puentes colgantes de muy difícil tránsito, hombres y mujeres avanzaban hora tras hora sin experimentar la más mínima señal de fatiga, puesto que, habiendo nacido a tanta altura sus pulmones se encontraban habituados desde niños a la escasez de oxígeno, mientras que sus piernas parecían haber sido fabricadas en el más puro acero.
Una larga hilera de porteadores, vigilados y auxiliados por centenares de soldados, inició por tanto la marcha hacia la costa transportando, sujetos a la frente por anchas fajas de gruesa tela, los largos bultos de totóra .
El general Saltamontes demostraba sin lugar a dudas que no sólo era un magnífico estratega, sino, también, un eficiente organizador.
Los mejores constructores aymará se trasladaron de igual modo a la costa, se eligió una ancha y tranquila ensenada protegida de los vientos que llegaban de la sierra y, en cuanto comenzaron a llegar los cargamentos, se inició la tarea de unir entre sí los haces de juncos.
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