Vicente Ibáñez - Cañas y barro

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Què és aixó? —gemía en una habitación inmediata la voz de Cañamel, asustado por el estruendo—. Què passa…?

El médico que estaba con él salió del dormitorio, y ayudado por el sobrino de la Samaruca, pudo separar a las dos mujeres, después de grandes esfuerzos y de recibir no pocos arañazos. En la puerta se agolpaban los vecinos. Admiraban el ciego ensañamiento con que riñen las mujeres, y alababan el coraje de la rubia pequeñita, que lloraba por no poder «desahogarse» más.

La cuñada de Cañamel huyó, seguida de su sobrino; cerróse la puerta de la casa, y Neleta, con los pelos en desorden y la blanca tez enrojecida por los arañazos, entró en el cuarto del marido después de limpiarse la sangre ajena que manchaba sus dientes.

Cañamel era una ruina. Las piernas hinchadas, monstruosas; el edema, según decía el médico, se extendía ya por el vientre, y la boca tenía la lividez azul de los cadáveres.

Parecía aún más enorme sentado en un sillón de cuerda, con la cabeza hundida entre los hombros, sumido en un sopor de apoplético, del que sólo lograba salir a costa de grandes esfuerzos. No preguntó la causa del estruendo, como si la hubiese olvidado instantáneamente, y sólo al ver a su mujer hizo un torpe gesto de alegría y murmuró:

Estic molt mal…, molt mal.

No podía moverse. Tan pronto como intentaba acostarse se ahogaba, y había que correr a levantarlo, como si hubiese llegado su última hora.

Neleta hizo sus preparativos para quedarse allí. La Samaruca no se burlaría más. No soltaba a su marido hasta llevárselo bueno al pueblo.

Pero ella misma hacia un gesto de incredulidad ante la esperanza de que Cañamel pudiera volver a la Albufera. Los médicos no ocultaban su triste opinión. Se moría de un reumatismo cardíaco, de asistolia. Era enfermedad sin remedio; el corazón quedaría falto de contracción en el momento menos esperado, y acabaría la vida.

Neleta no abandonaba a su marido. Aquellos señores que habían escrito papeles cerca de él no se apartaban de su pensamiento. La enfurecía el amodorramiento de Cañamel; quería saber qué es lo que había dictado bajo la maldita inspiración de la Samaruca, y le sacudía para hacerle salir de su sopor.

Pero el tío Paco, al reanimarse un momento, contestaba siempre lo mismo. Todo lo había dispuesto bien. Si ella era buena, si le quería como tantas veces se lo había jurado, nada debía temer.

A los dos días murió Cañamel en su sillón de esparto, asfixiado por el asma, hinchado, con las piernas lívidas.

Neleta apenas lloró. Otra cosa la preocupaba. Cuando el cadáver hubo salido para el cementerio y ella se vio libre de los consuelos que le prodigaban las gentes de Ruzafa, sólo pensó en buscar al notario que había redactado el testamento y enterarse de la voluntad de su esposo.

No tardó en lograr su deseo. Cañamel había sabido hacer bien las cosas, como afirmaba en sus últimos momentos.

Declaraba su heredera a Neleta, sin mandas ni legados. Pero ordenaba que si ella volvía a casarse o demostraba con su conducta sostener relaciones amorosas con algún hombre, la parte de su fortuna de que podía disponer pasase a su cuñada y a todos los parientes de la primera esposa.

VIII

Nadie supo cómo volvió Tonet a la taberna del difunto Cañamel. Los parroquianos le vieron una mañana sentado ante una mesilla, jugando al truque con Sangonera y otros desocupados del pueblo, y nadie lo extrañó. Era natural que Tonet frecuentase un establecimiento del que era Neleta única dueña.

Volvió el Cubano a pasar allí su vida, abandonando de nuevo al padre, que había creído en una total conversión. Pero ahora ya no se reproducía entre él y la tabernera aquella confianza que escandalizaba al Palmar con sus alardes de fraternidad sospechosa. Neleta, vestida de luto, estaba tras el mostrador, embellecida por cierto aire de autoridad. Parecía más grande al verse rica y libre. Bromeaba menos con los parroquianos; mostrábase de una virtud arisca; acogía con torvo ceño y apretando los labios las bromas a que estaban habituados los concurrentes, y bastaba que algún bebedor rozase al tomar el vaso sus brazos arremangados para que Neleta sacase las uñas, amenazando con plantarlo en la puerta.

La concurrencia aumentaba desde que había desaparecido el doliente e hinchado espectro de Cañamel. El vino servido por la viuda parecía mejor, y las tabernillas del Palmar volvían a despoblarse.

Tonet no osaba fijar sus ojos en Neleta, como temiendo los comentarios de la gente. ¡Ya hablaba bastante la Samaruca viéndole otra vez en la taberna! Jugaba, bebía, se sentaba en un rincón, como lo hacia Cañamel en otros tiempos, y parecía dominado a distancia por aquella mujer que a todos miraba menos a él.

El tío Paloma comprendía con su habitual astucia la situación del nieto. Estaba siempre allí por no disgustar a la viuda, que deseaba tenerle bajo su vista, ejercer sobre él una autoridad sin limites. Tonet «montaba la guardia», como decía el viejo, y aunque de vez en cuando sentía deseos de salir a los carrizales a disparar unos cuantos escopetazos, callaba y permanecía quieto, temiendo sin duda las recriminaciones de Neleta cuando se viesen a solas.

Mucho había sufrido ella en los últimos tiempos aguantando las exigencias del dolorido Cañamel, y ahora que era rica y libre se resarcía, haciendo pesar su autoridad sobre Tonet.

El pobre muchacho, asombrado de la prontitud con que la muerte arreglaba las cosas, dudaba aún de su buena fortuna al verse en casa de Cañamel, sin miedo a que apareciese el irritado tabernero. Contemplando aquella abundancia, de la que Neleta era única dueña, obedecía todas las exigencias de la viuda.

Ella le vigilaba con duro cariño, semejante a la severidad de una madre.

—No begues més —decía a Tonet, que, incitado por Sangonera, se atrevía a pedir nuevos vasos en el mostrador.

El nieto del tío Paloma, obediente como un niño, se negaba a beber y permanecía inmóvil en su asiento, respetado por todos, pues nadie ignoraba sus relaciones con la dueña de la casa.

Los parroquianos que habían presenciado su intimidad en tiempos de Cañamel, encontraban lógico que los dos se entendiesen. ¿Ño habían sido novios? ¿No se habían querido, hasta el punto de excitar los celos del cachazudo tío Paco…? Se casarían ahora, tan pronto como pasasen los meses de espera que la ley exige a la viuda, y el Cubano daríase aires de legítimo dueño tras aquel mostrador que ya había asaltado como amante.

Los únicos que no aceptaban esta solución eran la Samaruca y sus parientes. Neleta no se casaría: estaban seguros de ello. Era demasiado mala aquella mujercita de melosa lengua para hacer las cosas como Dios manda. Antes que realizar el sacrificio de ceder a los parientes de la primera esposa lo que era muy suyo, preferiría vivir enredada con el Cubano. Para ella nada tenía esto de nuevo. ¡Cosas más grandes había visto el pobre Cañamel antes de morir…!

Espoleados por el testamento que les ofrecía la posibilidad de ser ricos y por la convicción de que Neleta no había de allanarles el camino casándose, la Samaruca y los suyos ejercían un minucioso espionaje en torno de los amantes.

Por las noches, a altas horas, cuando se cerraba la taberna, la feroz mujerona, arrebujada en su mantón, espiaba la salida de los parroquianos, buscando entre ellos a Tonet.

Veía a Sangonera que se retiraba a su barraca con paso inseguro. Los compañeros le perseguían con sus burlas, preguntándole si había vuelto a encontrar al afilador italiano. Él, en medio de su embriaguez, se serenaba… ¡Pecadores! ¡Parecía imposible que siendo cristianos se burlasen de aquel encuentro…! Ya vendría el que todo lo puede, y su castigo sería no reconocerlo, no seguirlo, privándose de la felicidad reservada a los escogidos.

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