Vicente Ibáñez - Cañas y barro
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El barquero volvió la espalda al hijo. ¿Y aquélla era su sangre…? Prefería a Tonet con toda su pereza. Se iba con su nieto, y ya se ingeniarían los dos para salir del paso. Al dueño de la Sequiota nunca le falta dinero.
Tonet, rodeado de amigos, agasajado por las mujeres, enorgullecido por la húmeda mirada de Neleta fija en él, sintió que le llamaban tocándole en un hombro.
Era Cañamel, que parecía cobijarle con sus ojos cariñosos. Tenían que hablar; por algo habían sido siempre buenos amigos, y la taberna era como la casa de Tonet. No había que dejarlo para luego: los negocios entre amigos se arreglan pronto. Y se apartaron algunos pasos, seguidos por las curiosas miradas del gentío.
El tabernero abordó el asunto. Tonet no dispondría de lo necesario para explotar el puesto que le había tocado en suerte. ¿No era así…? Pues allí le tenía a él, un amigo verdadero, dispuesto a ayudarle, a asociarse para el negocio común. Él lo proporcionaría todo.
Y como Tonet callase, no sabiendo qué contestar, el tabernero, tomando su silencio por una negativa, volvió a la carga. ¿Eran camaradas o no? ¿Es que pensaba acudir, como su padre, a aquellos extranjeros de Catarroja que se chupaban a los pobres? El era un amigo: hasta se consideraba casi un pariente; porque ¡qué demonio! no podía olvidar que su mujer, su Neleta, se había criado en la barraca de los Palomas, que muchas veces le habían dado allí de comer, y que a Tonet lo quería ella como a un hermano.
El codicioso tabernero usaba con el mayor aplomo de estos recuerdos, insistiendo sobre el cariño fraternal que su mujer sentía por el joven.
Luego apeló a una resolución más heroica. Si dudaba de él, si no lo quería por compañero, llamaría a Neleta para que le convenciese. Seguramente que ella lograría atraerlo al buen camino. ¿Qué…?, ¿la llamaba?
Tonet, seducido por estas proposiciones, dudó antes de aceptarlas. Temía las murmuraciones de la gente; pensaba en su padre, recordando sus severos consejos. Miró en torno suyo, como si pudiera inspirarle el aspecto de la gente, y vio a su abuelo que desde lejos le hacía signos afirmativos con la cabeza.
El barquero adivinaba las palabras de Cañamel. Justamente había pensado en el rico tabernero para que fuese su auxiliar. Y animó a su nieto con nuevos gestos. No debía negarse: aquél era el hombre que necesitaban.
Decidióse Tonet, y el marido de Neleta, adivinando en sus ojos la resolución, se apresuró a formular las condiciones. Él facilitaría todo lo necesario, y Tonet y su abuelo trabajarían: los productos a partir. ¿Estaba conforme…?
Conforme. Los dos hombres se estrecharon la mano, y seguidos de Neleta y el tío Paloma, marcharon hacia la taberna con el propósito de comer juntos para solemnizar el trato.
Por la plaza circuló inmediatamente la noticia. ¡El Cubano y Cañamel se habían juntado para explotar la Sequiota!
A la Samaruca hubo que llevársela de la plaza por orden del alcalde. Escoltada por, algunas mujeres, emprendió el camino de su barraca, rugiendo como una poseída, llamando a gritos a su hermana, que había muerto hacía años, afirmando a todo pulmón que Cañamel era un sinvergüenza, ya que por realizar un negocio no vacilaba en meter en casa al amante de su mujer.
V
Cambió por completo la situación de Tonet en el establecimiento de Cañamel. Ya no era un parroquiano: era el socio, el compañero del dueño de la casa, y penetraba en la taberna desafiando con altivo gesto la murmuración de las enemigas de Neleta.
Si pasaba allí los días enteros, era para hablar de sus negocios. Entrábase con gran confianza en las habitaciones, interiores, y para demostrar que estaba como en su casa, franqueaba el mostrador, sentándose al lado de Cañamel. Muchas veces, si éste y su mujer andaban por dentro y algún parroquiano pedía algo, saltaba el mostrador, y con cómica gravedad, entre las risas de los amigos, servía los géneros, remedando la voz y los ademanes del tío Paco.
El tabernero estaba satisfecho de su asociado. Un excelente muchacho, según declaraba ante los concurrentes de la taberna cuando Tonet no estaba presente; un buen amigo, que, si guardaba buena conducta y era laborioso, iría lejos, muy lejos, contando con el apoyo de un protector como él.
El tío Paloma también frecuentaba la taberna más que antes. La familia, después de borrascosas escenas por la noche en la soledad de la barraca, se había dividido. El tío Toni y la Borda marchaban a sus campos todas las mañanas a continuar la batalla con el lago, pretendiendo ahogarlo bajo los capazos de tierra traídos de lejos penosamente. Tonet y su abuelo iban a casa de Cañamel a hablar de su próxima empresa.
En realidad, los únicos que hablaban de ésta eran el tabernero y el tío Paloma. Cañamel se ensalzaba a sí mismo, alabando la generosidad con que había aceptado el negocio. Exponía su capital sin conocer el resultado de la pesca, y hacía este sacrificio contentándose con la mitad del producto. No era como los prestamistas extranjeros de tierra firme, que sólo daban el dinero con la seguridad de buenas hipotecas y un interés crecido. Y todo su odio contra los intrusos, la rivalidad feroz en el oficio de explotar al prójimo, vibraba en sus palabras. ¿Quién era aquella gente que poco a poco se apoderaba del país? Franceses venidos a la tierra valenciana con los zapatos rotos y un traje de pana vieja pegado al cuerpo. Gentes de una provincia de Francia cuyo nombre no recordaba, pero que venían a ser, poco más o menos, como los gallegos de su país. Ni siquiera era propio el dinero que prestaban. En Francia, los capitales producían escaso interés, y estos gabachos los tomaban en su tierra al dos o al tres por ciento para prestar el dinero a los valencianos al quince o al veinte, realizando un negocio magnífico. Además, compraban caballerías al otro lado de los Pirineos, las entraban tal vez de contrabando, y las vendían a plazos a los labradores, arreglando el negocio de modo que el comprador nunca tenía la bestia por suya. Había pobre a quien costaba un jaco ruin como si fuese el mismo caballo de Santiago. Un robo, tío Paloma; un despojo indigno de cristianos. Y Cañamel se encolerizaba hablando de estas cosas con toda la indignación y la secreta envidia del usurero que no osa, por cobardía, emplear los mismos procedimientos de sus rivales.
El barquero aprobaba sus palabras. Por esto quería a los suyos dedicados a la pesca, por esto se enfurecía al ver a su hijo contrayendo deudas y más deudas en su empeño de ser agricultor. Los labradores pobres eran unos esclavos; rabiaban todo el año trabajando, ¿y para quién era el producto? Toda su cosecha se la llevaban los extranjeros: el francés que les presta el dinero y el inglés que les vende el abono a crédito… ¡Vivir rabiando para mantener a gente de fuera! No; mientras hubiese anguilas en el lago podían las tierras cubrirse tranquilamente de juncos y aneas, con la seguridad de que no sería él quien las roturase.
Mientras hablaban el barquero y Cañamel, Tonet y Neleta, sentados tras el mostrador, se miraban tranquilamente. Los parroquianos se habían habituado a verlos horas y horas con los ojos fijos, como si se devorasen; con una expresión en la mirada que no correspondía a sus palabras, muchas veces insignificantes. Las comadres que llegaban por aceite o vino permanecían inmóviles frente a ellos, con los ojos bajos y la expresión abobada, dejando que colasen las últimas gotas del embudo en la botella, mientras aguzaban el oído para coger alguna palabra de su conversación; pero ellos desafiaban este espionaje y seguían hablando, como si se encontraran en un lugar desierto.
El tío Paloma, alarmado por tales intimidades, habló seriamente a su nieto. Pero ¿era que había algo entre los dos, como afirmaban la Samaruca y otras malas lenguas del pueblo? ¡Ojo, Tonet! ¡A más de que esto sería indigno de la familia, les haría perder el negocio! Pero el nieto, con la firmeza del que dice la verdad, se golpeaba el pecho protestando, y el abuelo se daba por convencido, aunque con cierto recelo de que las amistades terminasen mal.
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