Vicente Ibáñez - Cañas y barro

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El Jurado, un mocetón avispado, de cabeza rapada y ojos insolentes, tosió y escupió varias veces antes de hablar. Los invitados, que ocupaban la presidencia, echaron el cuerpo atrás y comenzaron a conversar entre sí. Iban a tratarse primeramente los asuntos de la Comunidad, en los que ellos no podían intervenir. Eran cosas que debían arreglarse entre pescadores. El Jurado comenzó su peroración: «Caballees…!».

Y paseó su mirada imperiosa sobre el concurso, imponiendo silencio. Abajo, en la plaza, chillaban los chicos como condenados y la charla de las mujeres subía con molesto zumbido. El alcalde hizo salir al alguacil, saltando por entre la gente para imponer silencio y que el jurado siguiera su discurso.

Caballeros, las cosas claras. A él lo habían hecho jurado para cobrar a cada uno su parte y entregar todos los trimestres a la Hacienda cerca de mil quinientas pesetas, la famosa media arroba de plata de que hablaba todo el pueblo. Pues bien; las cosas no podían seguir así. Muchos se retrasaban en el pago, y los pescadores mejor acomodados tenían que suplir la falta. Para evitar en adelante este desorden, proponía que los que no estuviesen al corriente en el pago no entrasen en el sorteo.

Una parte del público acogió con murmullos de satisfacción estas palabras. Eran los que habían pagado, y al quedar excluidos del sorteo muchos de sus compañeros, veían aumentada la probabilidad de conseguir los primeros puestos. Pero la mayoría de la reunión, la de aspecto más mísero, protestaba a gritos, poniéndose de pie, y durante algunos minutos el jurado no pudo dejarse oír.

Al restablecerse el silencio y ocupar todos sus sitios se levantó un hombre enfermizo, de cara pálida, con un resplandor malsano en los ojos. Hablaba lentamente, con voz desmayada; sus palabras se cortaban a lo mejor por un escalofrío. Él era de los que no habían pagado: tal vez nadie debía tanto como él. En el sorteo anterior le tocó uno de los últimos puestos y no había pescado ni para dar de comer a su familia. En un año había perchado dos veces hacia Valencia llevando en el fondo del barquito dos cajas blancas con galones dorados, dos monerías, que le hicieron pedir dinero a préstamo… Pero ¡ay!, ¡qué menos puede hacer un padre que adornar bien a sus pequeños cuando se van para siempre…! Se le habían muerto dos hijos por comer mal, como decía el pare Miquel, allí presente, y después él había pillado las tercianas trabajando, y las arrastraba meses y meses. No pagaba porque no podía. ¿Y por esto iban a quitarle su derecho a la fortuna? ¿No era él de la Comunidad de Pescadores, como lo fueron sus padres y sus abuelos…?

Se hizo un silencio doloroso, en el que podía oírse el sollozar del infeliz, caído sin fuerzas en su asiento con la cara entre las manos, como avergonzado de su confesión.

No, redéu, no! —gritó una voz temblona con una energía que conmovió a todos.

Era el tío Paloma, que, puesto de pie, con el gorro encasquetado, los ojillos llameantes de indignación, hablaba apresuradamente, mezclando en cada palabra cuantos juramentos y tacos guardaba en su memoria. Los viejos compañeros letiraban de la faja para llamarle la atención sobre su falta de respeto a los señores de la presidencia; pero él les contestaba con el codo y seguía adelante. ¡Valiente cosa le importaban tales peleles a un hombre como él, que había tratado reinas y héroes…! Hablaba porque podía hablar. ¡Cristo! Él era el barquero más viejo de la Albufera, y sus palabras debían tomarse como sentencias. Los padres y los abuelos de todos los presentes hablaban por su boca. La Albufera pertenecía a todos, ¿estamos?, y era vergonzoso quitarle a un hombre el pan por si había pagado o no a la Hacienda. ¿Es que esa señora necesitaba para cenar las míseras pesetas de un pescador…?

La indignación del viejo animaba al público. Muchos retan a carcajadas, olvidando la impresión penosa de momentos antes.

El tío Paloma recordaba que él también había sido jurado. Bueno era tener el puño duro con los pillos que huyen del trabajo; pero a los pobres que cumplen su deber y por ser víctimas de la miseria no pueden pagar había que abrirles la mano. ¡Cordones! ¡Ni que fuesen moros los pescadores del Palmar! No; todos eran hermanos y a todos pertenecía el lago. Esas divisiones de ricos y pobres quedaban para la tierra firme, para los «labradores», entre los cuales hay amos y criados. En la Albufera todos eran iguales: el que no pagaba ahora ya pagarla más adelante; y los que tuvieran más que supliesen las faltas de los que nada tenían, pues así había ocurrido siempre… ¡Todos al sorteo!

Tonet dio la señal de la baraúnda aclamando a su abuelo. El tío Ton¡ no parecía muy conforme con las creencias de su padre, pero todos los pescadores pobres se abalanzaron sobre el viejo, demostrándole su entusiasmo con tirones de la blusa y cariñosas palmadas, tan vehementes, que caían sobre su nuca arrugada como una lluvia de cachetes.

El Jurado cerró sus libros con expresión de desaliento. Todos los años ocurría lo mismo. Con aquella gente antigua, que parecía siempre joven, era imposible poner en orden los asuntos de la corporación. Y con gesto aburrido fue escuchando las excusas de los que no habían pagado y se levantaban para explicar su morosidad. Tenían enfermos en su familia; les había tocado un puesto malo; estaban imposibilitados para el trabajo por las fiebres malditas, que al anochecer parecían espiar desde los cañaverales la carne de pobre para clavar en ella las garras; y toda la miseria, la vida triste de la laguna insalubre, iba desfilando como un lamento interminable.

Para cortar esta exposición infinita de dolores se acordó no excluir a nadie del sorteo, y el Jurado depositó sobre la mesa el bolsón de piel con las boletas.

—Demane la paraula —gritó una voz junto a la puerta.

¿Quién deseaba hablar para nuevas y abrumadoras reclamaciones? Se abrieron los grupos, y una gran carcajada saludó la aparición de Sangonera, que avanzaba gravemente, frotándose sus ojos enrojecidos de borracho, haciendo esfuerzos por mostrarse en su apostura digno de tomar parte en la reunión. Viendo desiertas todas las tabernas del Palmar, se había deslizado en la escuela, y antes del sorteo creyó necesario pedir la palabra.

Què vols tu? — dijo el jurado con mal humor, molestado por una intervención del vagabundo que venia a colmar su paciencia después de las excusas de los deudores.

¿Qué quería…? Deseaba saber por qué causa no figuraba su nombre en los sorteos de todos los años. Él tenía tanto derecho como el que más a gozar un redolí en la Albufera. Era el más pobre de todos; pero ¿no había nacido en el Palmar?, ¿no le hablan bautizado en la parroquia de San Valero de Ruzafa?, ¿no era descendiente de pescadores? Pues debía figurar en el sorteo.

Y la pretensión de este vagabundo, que jamás quiso tocar una red y prefería pasar a nado los canales antes que empuñar una percha, pareció tan inaudita, tan grotesca a los pescadores, que todos prorrumpieron en carcajadas.

El Jurado contestaba con displicencia. ¡Largo de allí, maltrabaja! ¿Qué le importaba a la Comunidad que sus abuelos hubiesen sido honrados pescadores, si su padre abandonó la percha para siempre, dedicándose a la holganza, y él no tenía de marinero más que el haber nacido en el Palmar? Además, su padre no había pagado nunca el impuesto y él tampoco; la marca que en otros tiempos llevaban los Sangoneras en sus aparatos de pesca hacia muchos años que había sido borrada de los libros de la Comunidad.

Pero el borracho insistió alegando sus derechos entre las crecientes risas del público, hasta que intervino el tío Paloma con sus preguntas… Y si entraba por fin en el sorteo y le tocaba uno de los mejores puestos, ¿qué haría de él?, ¿cómo lo explotaría, si no era pescador ni conocía el oficio? El vagabundo sonrió maliciosamente. Lo importante era conseguir el puesto; lo demás corría de su cuenta. Ya se arreglaría de modo que trabajasen otros para él, dándole la mejor parte del producto. Y en su cínica sonrisa vibraba la maligna expresión del primer hombre que engañó a su semejante, haciéndolo trabajar para mantenerse en la holganza.

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