Vicente Ibáñez - Cañas y barro
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La franca confesión de Sangonera indignó a los pescadores. No hacia más que formular en voz alta el pensamiento de muchos, pero aquella gente sencilla se sintió insultada por el cinismo del vagabundo y creyó ver en él la personificación de todos los que oprimían su pobreza. ¡Fuera! ¡fuera! A empujones y pellizcos fue conducido hasta la puerta, mientras los pescadores jóvenes movían ruido con los pies y remedaban entre risas una riña de perros y gatos.
El vicario don Miguel se levantó indignado, avanzando su cuerpo de luchador, con la cara congestionada por la ira. ¿Qué era aquello? ¿Qué faltas de respeto se permitían con las personas graves e importantes que formaban la presidencia…? ¡A ver si bajaba él del estrado y le rompía los morros a algún guapo…!
Al hacerse instantáneamente el silencio, el cura se sentó, satisfecho de su poder, y dijo por lo bajo al teniente:
—¿Ve usted? A este ganado nadie lo entiende como yo. Hay que enseñarles el cayado de vez en cuando.
Más aún que las amenazas del pare Miquel, lo que restableció la calma fue ver que el Jurado entregaba al presidente la lista de los pescadores de la Comunidad para cerciorarse de que todos estaban presentes. Cuantos hombres tenía el Palmar dedicados a la pesca estaban en ella. Bastaba ser mayor de edad, aunque viviera al lado del padre, para figurar en el sorteo de los redolins.
Leía el presidente los nombres de los pescadores, y cada uno de los llamados contestaba «¡Ave María Purísima!» con cierta unción, por estar el vicario presente. Algunos, enemigos del padre Miguel, respondían «Avant!», gozando con el mal gesto que ponía el vicario.
El Jurado vació un bolsón de cuero mugriento, casi tan antiguo como la Comunidad, y rodaron las boletas sobre la mesa, unas bellotas huecas de madera negra, en cuyo orificio se introducía un papel con el nombre del sorteado.
Uno tras otro eran llamados los pescadores a la presidencia para recibir su boleta y una tira de papel en la que habían puesto el nombre, en previsión de que no supiera escribir.
Eran de ver las precauciones que una astucia recelosa hacía adoptar a la pobre gente. Los pescadores más ignorantes iban en busca de los que sabían leer para que viesen si era su nombre el que figuraba en el papel, y solamente después de muchas consultas se daban por convencidos. Además, la costumbre de ser designados siempre por el apodo les hacía experimentar cierta indecisión. Sus dos apellidos sólo salían a luz en un día como aquel, y titubeaban como faltándoles la certeza de que fuesen los suyos.
Después venían las grandes precauciones. Cada uno se ocultaba volviendo el rostro a la pared, y al introducir su nombre en la bellota metía con el papel arrollado una brizna de paja, un fósforo de cartón, algo que sirviera de contraseña para que no cambiasen su boleta. El recelo les acompañaba hasta el momento en que la depositaban en el saco. Aquel señor que venía de Valencia despertaba en ellos esa desconfianza que inspira siempre el funcionario público a la gente rural.
Iba a comenzar el sorteo. El vicario don Miguel púsose de pie quitándose el birrete, y todos le imitaron. Había que rezar una salve, según antigua costumbre; esto traía la buena suerte. Y por largo rato los pescadores, con el gorro en la mano y la vista baja, mascullaron la oración sordamente.
Silencio absoluto. El presidente agitaba el bolsón de cuero para que se mezclasen bien las boletas, y su choque sonaba en el silencio como lejana granizada. Avanzó hasta el estrado un niño pasando de brazo en brazo por encima de los pescadores, y metió la mano en el bolsón. La ansiedad era grande; todos tenían la vista fija en la bellota de madera, de la que iba saliendo penosamente el papel arrollado.
El presidente leyó el nombre, y se notó cierta indecisión en la concurrencia, habituada a los apodos y torpe en reconocer los apellidos, nunca usados. ¿Quién era el del número uno? Pero Tonet se había levantado de un salto gritando: «¡Presente…!». ¡Era el nieto del tío Paloma! ¡Qué suerte la del muchacho…! ¡Alcanzaba el mejor puesto en el primer sorteo a que asistía!
Los más inmediatos le felicitaban con envidia; pero él, con la ansiedad del que no cree aún en su buena fortuna, sólo miraba al presidente… ¿Podía escoger el puesto? Apenas le contestaron con un signo afirmativo, hizo la petición: quería la Sequiota. Y cuando vio que el escribiente tomaba nota, salió como un rayo del local, atropellando a todos, empujando las manos que le tendían los amigos para saludarle.
En la plaza, la multitud aguardaba con tanto silencio como arriba. Era costumbre que los primeros agraciados bajasen inmediatamente a comunicar su buena suerte, tirando el sombrero en alto como signo de alegría. Por esto, apenas vieron a Tonet bajar casi rodando la escalerilla, una aclamación inmensa le saludó.
—És el Cubano…! És Tonet el del bigot! Té l’u! Te l’u…!
Las mujeres se abalanzaban a él con la vehemencia de la emoción, abrazándolo, llorando, como si las pudiera tocar algo de su buena suerte, y recordando a su madre. ¡Cómo se alegraría la pobre si viese aquello! YTonet, revuelto entre las faldas, enardecido por la cariñosa ovación, abrazó instintivamente a Neleta, que sonreía, brillándole de contento los verdes ojos.
El Cubano quería celebrar su triunfo. Envió por cajones de gaseosas y cervezas a casa de Cañamel para todas aquellas señoras; que bebiesen los hombres cuanto quisieran; ¡él pagaba! En un instante, la plaza se convirtió en un campamento. Sangonera, con la actividad siempre despierta cuando se hablaba de beber, había secundado los deseos de su generoso amigo trayendo de casa de Cañamel todas las pastas viejas y duras almacenadas en los cristales del escaparate; y pasaba de corro en corro, llevando vasos y deteniéndose con frecuencia en el reparto para obsequiarse á sí mismo.
Iban bajando los agraciados con los otros primeros puestos, y echaban su sombrero en alto, gritando: « Vítol, vítol! ». Pero sólo acudían a ellos su familia y sus amigos. Toda la atención era para Tonet, para el número uno, que tan rumboso se mostraba.
Los pescadores abandonaban la escuela. Habían ya salido unas treinta boletas; sólo quedaban los redolins malos, los que apenas daban para comer, y la gente desocupaba el local, sin sentir interés por el sorteo.
El tío Paloma iba de grupo en grupo recibiendo felicitaciones. Por primera vez se mostraba satisfecho de su nieto. ¡Je, je…! La suerte es siempre de los pillos: ya lo decía su padre. Allí estaba él, con sus ochenta sorteos, sin conseguir nunca el uno, y llegaba el nieto de correrla por tierras lejanas, y al primer año, la suerte. Pero en fin… todo caía en la familia. Y se entusiasmaba pensando que iba a ser durante un año el primer pescador de la Albufera.
Enternecido por la suerte, se aproximó a su hijo, grave y ensimismado como de costumbre. ¡Tono, la fortuna había entrado en su barraca, y había que aprovecharla! Ayudaría al pequeño, que no entendía mucho de las cosas de pesca, y el negocio sería grande. Pero el viejo quedó estupefacto al ver la frialdad con que contestaba su hijo. Sí; aquel primer puesto era una suerte poseyendo los útiles necesarios para su explotación. Se necesitaban más de mil pesetas sólo para las redes. ¿Tenían ellos ese dinero?
El tío Paloma sonrió. No faltaría quien lo prestase. Pero Ton¡, al oír hablar de préstamos, hizo un gesto doloroso. Debían mucho. No era flojo tormento el que le hacían sufrir unos franceses establecidos en Catarroja, que vendían caballerías a plazos y adelantaban dinero a los labradores. Había tenido que solicitar su auxilio, primeramente en los años de mala cosecha, ahora para impulsar un poco el enterramiento de su laguna, y hasta en sueños veía a los tales hombres, vestidos de pana, que chapurreaban amenazas y sacaban a cada paso la terrible cartera en la que inscribían los préstamos con su complicada red de intereses. Ya tenía bastante. El hombre, cuando se ve metido en una mala aventura, debe salvarse como pueda, sin buscar otra. Le bastaban las deudas de agricultor, y no quería enredarse en nuevos préstamos para la pesca. Su único deseo era sacar sus tierras a flote de agua, sin entramparse más.
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