Vicente Ibáñez - Cañas y barro

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Después de un largo silencio, Sangonera, aguijoneado por su locuacidad, se oponía a sí mismo objeciones para rebatirlas inmediatamente. Se le diría, como cierto vicario del Palmar, que el hombre estaba condenado a ganar el pan con el sudor de su rostro, después del primer pecado; mas para esto había venido jesús al mundo, para redimirlo de la primitiva falta, volviendo la humanidad a la vida paradisiaca, limpia de todo trabajo. Pero ¡ay! los pecadores, aguijoneados por la soberbia, no hablan hecho caso de sus palabras: cada uno quería vivir con mayores comodidades que los demás; había pobres y ricos, en vez de ser todos hombres: los que desoían al Señor trabajaban mucho, muchísimo, pero la humanidad era infeliz y se fabricaba el infierno en el mundo. Le decían a él que si la gente no trabajase se viviría mal. Conforme; serían menos en el mundo, pero los que quedasen permanecerían felices y sin cuidados, subsistiendo de la inagotable misericordia de Dios… Y esto forzosamente había de ocurrir: el mundo no sería siempre igual. Jesús había de volver, para enderezar de nuevo a Iqs hombres por el buen camino. Lo había soñado muchas veces, y hasta en cierta ocasión que estuvo enfermo de tercianas, cuando le entraba el frío de la fiebre, tendido en un ribazo o agazapado en un rincón de su ruinosa barraca, veta la túnica de Él, morada, estrecha, rígida y el vagabundo extendía sus manos para tocarla y sanar repentinamente.

Sangonera mostraba una fe tenaz al hablar de este regreso a la tierra. No volvería para mostrarse en las grandes poblaciones dominadas por el pecado de la riqueza. La otra vez no se presentó en la inmensa ciudad que se llama Roma, sino que había predicado por pueblecillos no mayores que el Palmar, y sus compañeros fueron gente de percha y de red, como la que se reunía en casa de Cañamel. Aquel lago sobre cuyas olas andaba Jesús con asombro de los apóstoles, seguramente que no era más grande ni hermoso que la Albufera. Allí entre ellos vendría el Señor, cuando volviese al mundo a rematar su obra; buscaría los corazones sencillos, limpios de toda codicia; él sería uno de los suyos. Y el vagabundo, con una exaltación en la que entraban por igual la embriaguez y su extraña fe, se erguía mirando el horizonte, y por el borde del canal, donde se quebraban los últimos rayos del sol, creía ver la figura esbelta del Deseado, como una línea morada, avanzando sin mover los pies ni rozar las hierbas, con un nimbo de luz que hacia brillar su cabellera dorada de suaves ondulaciones.

Tonet ya no le oía. Un fuerte cascabeleo sonaba en el camino de Catarroja, y por detrás de la choza del peso de los pescadores avanzaba el toldo agrietado de una tartana. Eran los suyos que llegaban. Con su vista de hijo del lago, Sangonera reconoció a larga distancia a Neleta en la ventanilla del vehículo. Después de su expulsión de la taberna, nada quería con la mujer de Cañamel. Se despidió de Tonet y fue a tenderse de nuevo en el pajar, entreteniéndose con sus ensueños mientras llegaba la noche.

Se detuvo el carruaje frente a la tabernilla del puerto y bajó Neleta. El Cubano no ocultó su asombro. ¿Y el abuelo…? La habla dejado emprender sola el viaje de regreso, con todo el cargamento de hilo, que llenaba la tartana. El viejo quería volver a casa por el Saler, para hablar con cierta viuda que vendía a buen precio varios palangres. Ya llegaría al Palmar por la noche en cualquier barca de las que sacaban barro de los canales.

Los dos, al mirarse, tuvieron el mismo pensamiento. Iban a hacer el viaje solos: por primera vez podrían hablarse, lejos de toda mirada, en la profunda soledad del lago. Y ambos palidecieron, temblaron, como en presencia de un peligro mil veces deseado, pero que se presentaba de golpe, inopinadamente. Tal era su emoción, que no apresuraban la marcha, como si los dominara un extraño rubor y temiesen los comentarios de la gente del puerto, que apenas si se fijaba en ellos.

El tartanero acabó de sacar del vehículo los gruesos paquetes de hilo, y ayudado por Tonet, fue arrojándolos en la proa de la barca, donde formaron un montón amarillento que esparcía el olor del cáñamo recién hilado.

Neleta pagó al tartanero. ¡Salud y buen viaje! Y el hombre, chasqueando el látigo, hizo emprender a su caballo el camino de Catarroja.

Aún permanecieron los dos un buen rato inmóviles en la riba de barro, sin atreverse a embarcar, como si esperaran a alguien.

Los calafates llamaban al Cubano. Debía emprender pronto el viaje: el viento iba a caer, y si marchaba al Palmar aún tendría que darle a la percha un buen rato. Neleta, con visible turbación, sonreía a toda aquella gente de Catarroja, que la saludaba por haberla visto en su taberna.

Tonet se decidió a romper el silencio dirigiéndose a Neleta. Ya que el abuelo no venta, había que embarcar cuanto antes; aquellos hombres tenían razón. Y su voz era ronca, con un temblor de angustia, como si la emoción le apretase la garganta.

Neleta se sentó en el centro de la barca, al pie del mástil, empleando como asiento un montón de ovillos, que se aplastaban bajo su peso. Tonet tendió la vela, quedando en cuclillas junto al timón, y la barca comenzó a deslizarse, aleteando la lona contra el mástil con los estremecimientos de la brisa, blanda y moribunda.

Pasaban lentamente por el canal, viendo a la última luz de la tarde las barracas aisladas de los pescadores, con guirnaldas de redes puestas a secar sobre las encañizadas del corral, y las norias viejas, de madera carcomida, en torno de las cuales comenzaban a aletear los murciélagos. Por los ribazos caminaban los pescadores tirando penosamente de sus barquitos, remolcándolos con la faja atada al extremo de las cuerdas.

—¡Adiós! —murmuraban al pasar.

—¡Adiós…!

Y otra vez el silencio, coreado por el susurro de la barca al cortar el agua y el monótono canto de las ranas. Los dos iban con la vista baja, como si temiesen darse cuenta de que estaban solos; y si al levantar los ojos se encontraban sus miradas, las huían instantáneamente.

Se ensanchaban las orillas del canal. Los ribazos se perdían en el agua. Las grandes lagunas de los campos por enterrar se extendían a ambos lados. Sobre la tersa superficie ondeaban las cañas en el crepúsculo, como la cresta de una selva sumergida.

Estaban ya en la Albufera. Avanzaron algo más con los últimos estremecimientos de la brisa, y en derredor sólo vieron agua.

Ya no soplaba viento. El lago, tranquilo, sin la menor ondulación, tomaba un suave tinte de ópalo, reflejando los últimos resplandores del sol tras las lejanas montañas. El cielo tenía un color de violeta y comenzaba a agujerearse por la parte del mar con el centelleo de las primeras estrellas. En los límites del agua marcábanse como fantasmas los lienzos desmayados e inmóviles de las barcas.

Tonet arrió la vela, y agarrando la percha, comenzó a hacer marchar la embarcación a fuerza de brazos. La calma del crepúsculo rompió su silencio.

Neleta, con sonora risa, poníase de pie, queriendo ayudar a su compañero. Ella también manejaba la percha. Tonet debía acordarse de los tiempos de la niñez, de sus juegos revoltosos, cuando desenganchaban los barquitos del Palmar sin saberlo sus amos y corrían los canales, teniendo muchas veces que huir de la persecución de los pescadores. Cuando se cansase, comenzaría ella.

—Estate queta… —respondía él con el resuello cortado por la fatiga; y seguía perchando.

Pero Neleta no callaba. Como si le pesase aquel silencio peligroso, en el que se huían las miradas como si temieran revelar sus pensamientos, la joven hablaba con gran volubilidad.

En el fondo marcábase lejana, como una playa fantástica a la que nunca habían de llegar, la línea dentellada de la Dehesa. Neleta, con incesantes risas, en las que había algo forzado, recordaba a su amigo la noche pasada en la selva, con sus miedos y su sueño tranquilo; aquella aventura que parecía del día anterior: tan fresca estaba en su memoria.

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