Fernando Pessoa - Libro del desasosiego de Bernardo Soares

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Libro del desasosiego de Bernardo Soares: краткое содержание, описание и аннотация

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El libro del desasosiego, que presentamos traducido íntegramente por vez primera en lengua castellana, nació en 1913 y Pessoa trabajó en él durante toda su vida. Esta es una obra inacabada e inacabable: un universo entero en expansión cuya pluralidad -literaria y vital-es infinita.

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Hay momentos en que cada detalle de lo vulgar me interesa en su existencia propia, y tengo por todo la inclinación de saber leerlo todo claramente. Entonces veo -como Vieira dijo que describía Sousa [204]– lo común con singularidad, y soy poeta con aquella alma con que la crítica de los griegos creó la edad intelectual de la poesía. Pero también hay momentos, y éste que me oprime ahora es uno de ellos, en que me siento a mí mismo más que a las cosas exteriores, y todo se me convierte en una noche e lluvia y barro, perdida en la soledad de un apeadero de desviación, entre dos trenes de tercera.

Sí, mi virtud íntima de ser frecuentemente objetivo, y extraviarme así de pensarme, sufre, como todas las virtudes, e incluso como todos los vicios, menguas de afirmación. Entonces, me pregunto a mí mismo cómo es posible que me sobreviva, cómo es posible que ose tener la cobardía de estar aquí, entre esta gente, con esta igualdad exacta respecto a ellos, con esta conformidad verdadera con la ilusión de basura de todos ellos. Se me representan con un brillo de faro distante todas las soluciones con que la imaginación es mujer: el suicidio, la fuga, la renuncia, los grandes gestos de la aristocracia de la individualidad, el capa y espada de las existencias sin escenario.

Pero la Julieta ideal de la realidad ha cerrado sobre el Romeo ficticio de mi sangre la ventana alta de la entrevista literaria. Ella obedece a su padre; él obedece al suyo. Continúa la riña de los Montescos y de los Capuletos; cae el telón sobre lo que no ha sucedido; y yo arreglo la casa -aquel cuarto en el que es sórdida el ama de casa que no está allí, los hijos que raras veces veo, la gente de la oficina a la que sólo veré mañana- con el cuello de una chaqueta de empleado de comercio levantado sobre el pescuezo de un poeta, con las botas compradas siempre en la misma tienda evitando inconscientemente los charcos de lluvia fría, y un poco preocupado, mezcladamente, de haberme olvidado siempre del paraguas y de la dignidad del alma.

5-2-1930.

170

El poniente está esparcido por las nubes sueltas separadas que tiene todo el cielo. Reflejos de todos los colores, reflejos suaves, llenan las diversidades del aire alto, flotan ausentes en las grandes angustias de la altura. Por las cumbres de los tejados erguidos, mediocolor, mediosombras, los últimos rayos lentos del sol que se va adquieren formas de color que no son suyas ni de las cosas en que se posan. Hay un vasto [205]sosiego por cima del nivel ruidoso de la ciudad que también se va sosegando. Todo respira más allá del color y del sonido, con una inspiración honda y muda.

En las cosas coloridas que el sol no ve, los colores empiezan a adquirir tonos de su color ceniciento. Hay frío en las diversidades de esos colores. Duerme una pequeña inquietud en los valles falsos de las calles. Duerme y sosiega. Y poco a poco, en las más bajas de las nubes altas, comienzan a ser de sombra los reflejos; sólo en aquella nubécula, que planea águila blanca por cima de todo, el sol conserva, de lejos, su oro que ríe.

Todo cuanto he buscado en la vida, yo mismo he dejado de buscarlo. Soy como alguien que buscase distraídamente lo que, en el sueño entre la busca, olvidó ya lo que era. Se vuelve más real que la cosa buscada ausente el gesto presente [206]de las manos visibles que buscan, revolviendo, apartando, colocando; y existen blancas y largas, con cinco dedos cada una, exactamente.

Todo cuanto he tenido es como este cielo alto y diversamente el mismo, harapos de nada tocados por una luz distante, fragmentos de falsa vida que la muerte dora desde lejos, con su sonrisa triste de verdad entera. Todo cuanto he tenido, sí, ha sido el no haber sabido buscar, señor feudal de pantanos por la tarde, príncipe desierto de una ciudad de túmulos vacíos.

Todo cuanto soy, o cuanto he sido, o cuanto pienso de lo que soy o he sido, todo esto pierde de repente -en estos pensamientos míos y en la pérdida súbita de luz de la nube alta- el secreto, la verdad, la ventura tal vez, que hubiese en no sé qué que la vida tiene por debajo. Todo esto, como un sol que falta, es lo que me queda, y sobre los tejados altos, diversamente, la luz deja escurrir sus manos de cascada, y surge a la vista, en la unidad de los tejados, la sombra íntima de todo.

Vaga gota trémula, clarea a lo lejos la primera estrella.

7-10-1931.

171

Alcanzar, en el estado místico, sólo lo que ese estado tiene de grato, sin lo que tiene de exigente; ser el extático […] el místico o […] sin iniciación: pasar el transcurso de los días en la meditación de un paraíso en el que no se cree -todo esto le sabe bien al alma, si conoce lo que es desconocer.

Van altas, por cima de donde estoy, cuerpo dentro de una sombra, las nubes silenciosas; van altas, por cima de donde estoy, alma cautiva en un cuerpo, las verdades desconocidas… Va alto todo… Y todo pasa en lo alto como abajo [207], sin nube que deje algo más que lluvia, sin [208]verdad que deje algo más que dolor… Sí, todo lo que es alto, pasa alto y pasa; todo lo que es de apetecer está lejos y pasa lejos… Sí, todo atrae, todo es ajeno y todo pasa.

¿Qué me importa saber, al sol o a la lluvia, cuerpo o alma, que también pasaré? Nada, salvo la esperanza de que todo sea nada y, por lo tanto, la nada sea todo.

29-6-1934.

172

El éxtasis violeta exilio del fin del poniente con los montes

173

Sí, es el poniente. Llego a la desembocadura de la Calle de la Alfândega [209], vagaroso y disperso, y, al clarearme el Terreiro do Paço [210], veo, claro, lo sin sol del cielo occidental. Ese cielo es de un azul verdoso que tira a ceniciento blanco, donde, por el lado izquierdo, sobre los montes de la otra margen, se agacha, amontonada, una niebla acastañada de color rosa muerto. Hay una gran paz que no tengo dispersa fríamente en el aire otoñal abstracto. Sufro, por no tenerla, el placer vago de suponer que existe. Pero, en realidad, no hay paz ni falta de paz: cielo tan sólo, cielo de todos los colores que desmayan: azul blanco, verde todavía azulado, ceniciento pálido entre verde y azul, vagos tonos remotos de colores de nubes que no lo son, amarinadamente oscurecidas de encarnado acabado. Y todo esto es una visión que se extingue en el mismo momento en que se la tiene, un intervalo entre nada y nada, alado, puesto en lo alto, en tonalidades de cielo y angustia, prolijo e indefinido.

Siento y olvido. Una nostalgia, que es la de todo el mundo por todo, me invade como un opio desde el aire frío. Hay en mí un éxtasis de ver, íntimo y postizo.

Hacia los lados de la barra [211], donde el haber cesado el sol se acaba cada vez más, la luz se extingue en un blanco lívido que se azula de verdoso frío. Hay en el aire un torpor de lo que no se consigue nunca. Calla alto el paisaje del cielo.

A esta hora, en que hasta me siento transbordar, quisiera tener la malicia entera de decir, el capricho libre de un estilo por destino. Pero no, sólo el cielo alto lo es todo, remoto, aboliéndose, y la emoción que siento, y que es tantas, juntas y confusas, no es más que el reflejo de ese cielo nulo en un lago mío: lago recluso entre acantilados hirsutos, callado, mirada de muerto, en que la altura se contempla olvidada.

Tantas veces, tantas, como ahora, me ha pesado sentir que siento -sentir como angustia, sólo por ser sentir, la inquietud de estar aquí, la nostalgia de otra cosa que no se ha conocido, el poniente de todas las emociones, amarillecerme esfumado en tristeza cenicienta en mi conciencia exterior de mí.

Ah, ¿quién me salvará de existir? No es la muerte lo que quiero, ni la vida: es aquella otra cosa que brilla en el fondo del ansia como un diamante posible en una caverna a la que no se puede descender. Es todo el peso y toda la angustia de este universo real e imposible, de este cielo estandarte de un ejército desconocido, de estos tonos que van empalideciendo por el aire ficticio, de donde el creciente imaginario de la luna emerge en una blancura eléctrica quieta, recortado en lejano e insensible.

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