– Veo, por vuestra cara, don Galcerán, que habéis comprendido lo inútil de cualquier intento de fuga. Siendo así, no tendremos problemas. Y ya sólo me resta una cosa -Nadie se puso en pie y se encaminó hacia la salida-. Se me ha ordenado comunicaros que próximamente seréis trasladados, para siempre, a un lugar mucho más seguro que éste, y éste, don Galcerán, es de los más seguros de la tierra, os lo puedo garantizar.
Abandonó nuestra celda con mucha dignidad y la puerta se cerró ruidosamente tras él. Cuando volvimos a quedarnos solos, los tres prisioneros permanecimos largo rato en el mismo silencio que habíamos mantenido mientras Nadie estaba con nosotros. Yo no dudaba acerca del próximo paso a dar: mientras estuviésemos vivos había que seguir luchando, y puesto que nuestro destino, fuera cual fuera, parecía escrito en piedra, ¿por qué no intentar introducir todas las variaciones posibles, si después de todo íbamos a llegar al mismo lugar?
– ¡En pie! -exclamé irguiéndome de un salto.
– ¿En pie? -preguntó Sara extrañada.
– Nos vamos de aquí.
– ¿Nos vamos de aquí? -repitió Jonás aún más extrañado.
– ¿Es que vais a estar regurgitando todo lo que yo diga hasta el día del Juicio Final? ¿Acaso no hablo con suficiente claridad? He dicho que nos vamos, así que recoged las escarcelas porque tenemos un arduo trecho por delante.
Mientras ellos se preparaban, y como la daga de Le Mans era lo único que no me habían devuelto, saqué los documentos y salvoconductos falsos de la caja de estaño en la que los llevaba y, dejándola caer al suelo, la pisé con firmeza, y fui plegándola y pisándola hasta convertirla en un pequeño y resistente scalpru [43] . Luego me dirigí a la puerta y, haciendo palanca con la herramienta que acababa de fabricar, hice saltar los viejos y oxidados clavos de la cerradura, que extraje de su hueco en la madera en una sola pieza. El portalón se entreabrió, arrastrado por su propio peso.
– ¡Vámonos! -exclamé alborozado.
Seguido por Sara y Jonás, emprendí la huida por el largo pasillo subterráneo, no sin antes haber cogido la antorcha que llameaba en la pared junto a la celda. Mi única preocupación era tropezar de bruces con alguna patrulla de templarios.
El pasillo seguía en línea recta unos cinco estadios y luego descendía por unas escaleras labradas en el suelo y continuaba otros cinco estadios más. De repente, empezó a girar a la siniestra, dibujando un arco perfecto, hasta llegar a una bifurcación de caminos. Allí me detuve, indeciso. ¿Qué dirección debía tomar? Se imponía adoptar un criterio general del tipo «siempre a la diestra» o «siempre a la siniestra» -en un laberinto es la única decisión posible-, y marcar las intersecciones por donde pasaramos para reconocerlas si, por desgracia, volvíamos a ellas.
– ¿Hacia dónde os parece a ambos que deberíamos ir? -pregunté quedamente, sacando el scalpru de mi cinturón para hacer una muesca en la pared.
– ¿Lo ves, Jonás? -oí susurrar a Sara-. Esto es lo que yo te decía. El camino está marcado como en los túneles del subsuelo de París.
Me giré sorprendido y tuve que bajar la mirada para encontrar, de hinojos frente a una esquina, a Jonás y a Sara, que me daban la espalda.
– ¿Se puede saber qué demonios estáis haciendo? -bramé (en voz baja, por supuesto, pues todos nuestros diálogos eran pronunciados en susurros para no alertar a los templarios).
– ¡Mirad, sire ! -me dijo Jonás con los ojos brillantes-. Sara ha encontrado las señales para poder salir de aquí.
– ¿Os acordáis de las muescas que mirábamos en las galerías subterráneas de París?
– ¡Vos me guiabais, yo no vi nada de nada!
– Si lo visteis, pero no os fijasteis, freire Galcerán. Yo consultaba de vez en cuando las marcas en las esquinas para que no nos perdiéramos, pues, por precaución, debía tomar cada día un camino diferente.
– Ahora que lo decís… -murmuré a regañadientes, recordando aquellos viajes nocturnos realizados apenas tres meses atrás. ¡Tan sólo tres meses!, me dije sorprendido. Parecía que una vida completa hubiera transcurrido desde entonces.
– ¿Veis? -dijo Sara volviendo la cara de nuevo hacia la parte baja del recodo-. Acercad la antorcha.
Iluminé lo mejor posible la zona que ella señalaba y me incliné a observar. Tres muescas profundas se apreciaban en el borde de la arista, todas idénticas, de igual ancho y profundidad, hechas, a no dudar, con el mismo especial instrumento.
– ¿Qué significa? -¡Oh, bueno…! Puede significar muchas cosas en función de lo que se busque.
– Buscamos la salida -aclaró Jonás, por si acaso lo habíamos olvidado.
– Entonces debemos tomar a la diestra. Ese es el buen camino. Caminamos unos tres estadios más por aquel corredor, y volvimos a encontrarnos en una intersección de galerías. En esta ocasión, cuatro posibilidades se nos ofrecían, una a la diestra y otra, que se dividía en un abanico de tres ramales, a la siniestra. Las dimensiones eran descomunales, entre seis y doce alzadas por boca de túnel. Parecíamos pequeñas hormigas caminando por las naves de una catedral. Sara me arrastró hacia las marcas de cada una de las esquinas, para que la iluminara mientras ella miraba. Con el dedo señaló el pasadizo que continuaba en línea recta al que habíamos seguido para llegar hasta allí.
– Ése -dijo muy segura. -Ése también está señalado por tres marcas -observó Jonás.
– Las tres marcas significan «buena dirección», aunque también pueden significar «entrada» o «salida».
– ¡Pero eso no es posible! Una misma señal no puede tener tres significados distintos.
– Pues ésta tiene bastantes más, pero sólo os menciono los que se ajustan mejor a lo que estamos buscando.
¿Y si en lugar de tres hubiera dos muescas?
– También podría significar muchas cosas. En nuestro caso, por ejemplo, «desvío», «atajo», «refugio» o «capilla», si es que deseáis rezar antes de salir.
– ¿Y una sola muesca?
– ¡Nunca sigas las galerías marcadas con una sola muesca, Jonás! -exclamó Sara muy seria y con voz grave-. No regresarías jamás.
– Pero ¿qué significa?
– Una muesca puede significar, por ejemplo, «trampa», «camino sin salida» o… «muerte». Si tuviésemos que separarnos por alguna razón, seguid siempre las galerías que muestren la triple marca y, si no la hubiera, las que muestren la marca doble. Jamás, ¡jamás!, ¿me oís bien?, las que sólo tienen una. Si todos los pasadizos estuvieran marcados por una sola muesca, retroceded hasta la intersección anterior y elegid de nuevo la menos mala de las restantes direcciones.
Al final de aquel inmenso corredor nos esperaba una vasta explanada vacía que sólo tenía una salida a la diestra. Cohibidos por la grandiosidad de aquellos lugares y por las tinieblas que nos rodeaban, avanzamos sigilosamente hacia allí. Por fortuna, la marca era de nuevo triple. La catacumba dibujaba una pequeña curva a la siniestra antes de lanzarse hacia adelante. A la diestra fuimos dejando una serie de siete bocas de túnel marcadas con la señal sencilla, la de una única muesca, así que nos abstuvimos de entrar. Cuando llegamos al final, encontramos otra explanada, aunque un poco más pequeña que la anterior. Nos quedamos helados cuando descubrimos que no tenía salida alguna.
– ¿Y ahora qué? ¿No decíais que íbamos por buen camino? -preguntó Jonás a la hechicera.
– Y por buen camino íbamos, te lo aseguro. Esto también es incomprensible para mí.
Me quitó la antorcha con un gesto rápido y comenzó a examinar las curvadas paredes, a tantearías con la palma de la mano, a remover la tierra con los pies.
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