Jorge Molist - El Anillo

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En su veintisiete aniversario, Cristina, una prometedora abogada neoyorquina, algo engreída y snob, recibe dos anillos. El primero, con un gran brillante de compromiso, es de un rico agente de bolsa, mientras que el otro, un misterioso anillo antiguo, proviene de un remitente anónimo. Ella acepta ambos sin saber que son incompatibles y que el anillo de rojo rubí ha de arrastrarla a una aventura que le enseñará sobre la vida, el amor y la muerte, dándole una lección inolvidable que hará cambiar su destino y su visión del mundo para siempre. Empezando en Barcelona, Cristina recorrerá la costa mediterránea, retornando a su pasado y a otro mucho más lejano: el trágico destino del último de los templarios. Una atípica novela histórica sobre la importancia de nuestra relación con el pasado.

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TREINTA Y SIETE

Era un denso pinar que llegaba hasta la playa, y el suelo estaba cubierto de arena finísima, tapizada a tramos por las agujas de los árboles. Cuando llegamos, una hoguera ardía en la arena, del lado del mar, separada varios metros de la vegetación. Unas mesas portátiles mostraban cocas, bebidas y vasos de papel, pero no había sillas y la concurrencia se sentaba en el suelo. Serían quizá sesenta personas y todos saludaron a Oriol, sin duda personaje popular en el clan. La gente bebía, charlaba y Oriol inició una conversación con un grupo de estética rasta sobre el programa de actos de una casa deshabitada que al parecer ellos habían tomado por la fuerza, okupar le llamaban a esas invasiones. Él discutía enfáticamente y parecía liderar. Me costaba creer que era la misma persona que horas antes vestía traje, corbata y una capa blanca con una cruz roja patriarcal de caballero templario. Al no conocer a nadie, y como no tenía otra cosa en que ocuparme, escuchaba el debate, aunque me importaba poco y nada iba yo a aportar. A no ser que soltara a la abogada que vive dentro de mí y me significara informándoles que lo de okupar era delito. ¡Como si no lo supiesen! «¡Menudo palo!», pensé. «Como ésta sea la idea que Oriol tiene de una verbena estoy apañada.»

Fue entonces cuando una muchacha, que atendía la conversación a mi lado, me pasó un cigarrillo, que parecía haber recorrido un largo camino. Liado a mano y con un extremo humeando y el otro sin filtro, tenía un aspecto ruin, baboso. Yo compuse una sonrisa amable para decir:

– No, gracias.

Me fijé en la chica. Era imposible que pasara la inspección de seguridad de un aeropuerto decente. Lucía numerosos pendientes terminados en pincho en una sola oreja, piercings en cejas, nariz y barbilla, y supuse que ocultaba unas cuantas incrustaciones metálicas adicionales tachonando partes suyas recónditas; vamos, que incluso cruzando los arcos de control tal como su madre la trajo al mundo haría sonar todas las alarmas. Pero ella también se fijó en mí. Fue un escrutinio de arriba abajo, brazos en jarras y chupando el porro que, en admirable equilibrio, se sostenía en la punta de sus labios. Cuando terminó ya me tenía catalogada y sin devolver mi cortés sonrisa me espetó:

– ¿Y tú, tía, de qué vas?

Oriol no se había tomado la molestia de informarme con quién nos encontraríamos, ni cómo vestir, ni nada, y me di cuenta de que la que allí desentonaba era yo, y no mi inesperada oponente, que debía de verme tal como la vería yo a ella de haberse presentado con esa pinta en mi fiesta de cumpleaños en mi apartamento de Manhattan con vistas, aunque lejanas, a Central Park.

De hecho mi amigo se había desinteresado de su sesuda conversación para observarnos. Lo hacía con una sonrisa nada disimulada y me pareció que disfrutaba de lo que, seguramente pensaría él, era un castigo merecido a la forma con que le había impuesto mi compañía aquella noche. Pero debo reconocer que aun yo advertida y habiendo rebuscado en mis maletas no me hubiera podido camuflar en aquel entorno.

– Bueno, yo… -repuse, incómoda-. Estoy de visita en Barcelona.

– ¡Una turista! -exclamó mientras Oriol le quitaba el porro de la mano para darle él una calada-. ¿Qué coño hace una jodida turista aquí?

Yo soy bastante agresiva si hace falta o se me provoca, pero en aquel momento me sentía intimidada, miraba a Oriol sabiendo que no me iba a ayudar y me hubiera gustado esfumarme. Pero entonces, del otro extremo de la hoguera empezó a sonar el tamborileo de unos bongos a los que pronto acompañaron otros más, y luego más, hasta que dejé de interesar a mi contrincante, que, recuperando su cigarro de la mano de Oriol, tuvo a bien ocuparse de otra cosa. También la sesuda polémica sobre el ministerio de ayuda social del gobierno okupa de aquella casa, antes vacía y ahora habitada en exceso, cesó por incapacidad de los conferenciantes para hacer llegar al oído de los demás la utopía de turno. La gente se fue sentando y, para mi sorpresa, aparecieron más instrumentos de percusión. Casi todos tenían uno y palmeaban a un ritmo acelerado que poco a poco alcanzó una cadencia frenética.

El rumor de las olas se perdía en aquel fragor y la hoguera alzaba sus llamas hacia lo alto formando una corona de pavesas que querían jugar a ser estrellas por unos instantes. Luceros fugaces, fuegos fatuos de resina de pino. Era hermoso, y me pareció estar en otra civilización, en otro mundo. Una muchacha de pelo recogido en varias trenzas, camiseta y falda larga ajustada se levantó, y como en trance empezó a mover brazos y caderas al compás enloquecido que la multitud marcaba al unísono. Su silueta se recortaba contra las llamas de fondo, cual sacerdotisa de culto pagano, sirena bailarina que atraía a los navegantes de la noche al fuego. Me recordó a mi amiga Jennifer en nuestras fiestas en Nueva York. Y como ella, también esa moza, dándole ritmo a sus posaderas, hizo que la fiesta llegara a su apogeo. Ocurre lo mismo que en Nueva York, me dije con asombro tonto, sólo que aquí en plan troglodita, sin luz eléctrica. Los que no tocaban bailaban y la noche se hizo rito vudú. Me noté compartiendo aquel frenesí multitudinario y cómo mi cuerpo se movía a la par. Entonces fue cuando el aire vibró con un sonido agudo, que penetraba, perforándole a uno por dentro, y si el ritmo de la percusión hacía mover los pies aquello me movió el alma.

– Es una gralla -me dijo Oriol antes de que yo tirara de él, sacándolo a bailar.

Poco importaba que el instrumento fuera una gralla u otra cosa, aquello era contagioso, estaba enardecida, arrojé mis zapatos lejos, me sentía troglodita y me uní con entusiasmo a la danza.

No sé cuánto tiempo estuvimos bailando. Mis pies desnudos se hundían en la fina arena, que notaba fría, frenándolos y dándoles masaje a la vez. Los rostros brillaban a la luz y calor de la hoguera y un cielo estrellado, festoneado periódicamente de pequeñas luces multicolores de lejanos fuegos de artificio, nos cubría benévolo y festivo.

Oriol no fue una pareja fiel en el baile y se movía entre unos y otros; tan pronto bailaba con hombres como con mujeres, con un individuo o con grupos. Era una forma de relacionarse. Yo le observaba con atención, era obvio que él no tenía pareja fija, ya fuese hombre o mujer, o al menos no en aquel grupo, aunque sospechaba que mi amigo se movía entre varias tribus a la vez y trataba a mucha gente distinta. Las llamas de la hoguera habían menguado, el tamborileo se apaciguaba y entonces fue cuando vi a Oriol cogiendo a un muchacho de la mano mientras le musitaba algo al oído. El chico le sonrió y a mí me dio un vuelco el corazón. A pesar del cava, bebido en vaso de plástico, y de la euforia rítmica, no perdía detalle de lo que allí pasaba y había reparado en varias parejas, algunas del mismo sexo y otras del opuesto, adentrarse en el pinar, con toallas de playa que sin duda hacían de sábanas sobre un tálamo de arena y agujas de pino.

– ¿Qué te ocurre? ¡Estúpida! -me censuré a media voz-. Tú estás comprometida con Mike. Lo amas. ¿Qué más da si Oriol es feliz con un hombre?

Pero no pude evitar sentir un nudo en la garganta y mis ojos hinchándose en lágrimas cuando les vi dirigirse al bosque cogidos de la mano. Adiós a mis más queridos recuerdos: el mar, la tormenta, el primer beso, el sabor salado y dulce de su boca…

– ¡Cuánta razón tiene mi madre! -murmuré de nuevo-. Ella lo ha entendido desde el principio.

Pero entonces se dieron la vuelta y, aún de la mano, se pusieron a correr hacia la hoguera y brincaron. Cayeron en un extremo, casi fuera, levantando un surtidor de pavesas. Luego, ya alejados de las llamas, se palmearon las manos celebrando la pirueta y riendo. Después les siguieron otras parejas. Oriol volvió a saltar tanto con hombres como con mujeres. Siempre lo hacían en la misma dirección, del bosque a la playa. Le vi lógica a eso, la hoguera estaba aún viva y de chocar dos, saltando en direcciones opuestas, en el centro de la pira, no sólo sufrirían el golpe sino que se exponían a quemaduras graves. Además, era obvio que en caso de que alguien se chamuscara la dirección a correr era la del mar.

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