Jorge Molist - El Anillo

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En su veintisiete aniversario, Cristina, una prometedora abogada neoyorquina, algo engreída y snob, recibe dos anillos. El primero, con un gran brillante de compromiso, es de un rico agente de bolsa, mientras que el otro, un misterioso anillo antiguo, proviene de un remitente anónimo. Ella acepta ambos sin saber que son incompatibles y que el anillo de rojo rubí ha de arrastrarla a una aventura que le enseñará sobre la vida, el amor y la muerte, dándole una lección inolvidable que hará cambiar su destino y su visión del mundo para siempre. Empezando en Barcelona, Cristina recorrerá la costa mediterránea, retornando a su pasado y a otro mucho más lejano: el trágico destino del último de los templarios. Una atípica novela histórica sobre la importancia de nuestra relación con el pasado.

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Me acerqué con cuidado hacia la puerta entornada y entreabrí unos centímetros para observar el interior. Un grupo de personas vestidas con capas blancas y grises estaban de espaldas a mí, mirando hacia el altar. No me dio tiempo de ver más. Alguien me agarraba por la espalda y sentí el pinchazo frío de la hoja de un cuchillo en mi cuello. Oí el golpe de mi linterna chocando con el suelo y en terror silencioso forcejeé para ver la cara de mi asaltante.

¡Dios! Casi me muero. ¡Esa expresión de loco furioso! Esa barba blanca rala. ¡Era el hombre del aeropuerto! Sí, ese que me seguía.

No es propio de mí levantar demasiado la voz, pero esa vez me salió un alarido de terror, desgarrado, agudo, vergonzante… no recuerdo jamás en mi vida haber chillado de tal forma.

Todos se giraron sobresaltados y el hombre ese, con su daga en mi garganta, me empujó al interior de la capilla. Me cuesta imaginar que alguien pueda presentarse a un grupo de personas de forma más espectacular, pero, para ser sincera, en aquel momento tenía yo otras preocupaciones y poco me importaba hacer el ridículo. Nos quedamos unos segundos, como si se tratara de una imagen congelada de película, mirándonos yo a ellos y ellos a mí.

Al final, desde el fondo, Alicia, que vestía una capa blanca luciendo la misma cruz de dobles brazos, en rojo, que yo había visto esculpida en la piedra, habló.

– Bienvenida, Cristina -sonreía-. Te esperábamos -y se dirigió al hombre-: Gracias por su diligencia, fray Arnau. Puede usted soltar a la señorita.

Vino hacia mí y me besó en ambas mejillas.

– Hermanos -dijo dirigiéndose al grupo de unas cincuenta personas que llenaba la capilla-, les presento a Cristina Wilson, la portadora del anillo del maestre y miembro de pleno derecho de nuestra orden.

Algunos hicieron un gesto con la cabeza de saludo. Me fijé en que todos tenían la cruz roja de doble travesaño sobre el hombro derecho. Vi a Oriol, que vestía, al igual que el resto de los hombres, bajo su capa blanca, traje y corbata. Sonreía divertido. También pude reconocer al viejo librero cascarrabias de Del Grial que, ceñudo, me miraba con cara de pocos amigos y a Marimón, el vivaracho notario, sonriendo paternal.

– Bueno -añadió Alicia-. Será admitida en esta comunidad si ella así lo desea y sigue nuestros ritos de iniciación.

– Encantada de conocerles. Lamento haber interrumpido -balbucí cual estudiante que se equivoca de aula en la universidad-. Sigan, por favor.

Alicia me tomó bajo su protección y me condujo al primer banco, donde ella se sentaba, hizo un gesto al sacerdote, y éste continuó la misa en latín. Arnau, iba yo pensando, Arnau d'Estopinyá. Desde que Artur me contó la historia lo sospechaba, pero ahora ya era seguro. El hombre del aeropuerto y el ex fraile, que se creía Arnau d'Estopinyá, eran el mismo loco.

TREINTA Y SEIS

Él no quería, pero le insistí tanto que al final aceptó. Yo había recibido antes dos invitaciones para la verbena, pero no la suya. Una fue de Luis, que me propuso ir a una fiesta cerca de Cadaqués en una espectacular mansión en un acantilado sobre el mar. No me costó nada dedicarle un cariñoso no. Más difícil fue con Artur. Su fiesta era en una casona en Sarriá; esmoquin o traje oscuro para los señores y vestido largo para las señoras. He de confesar que me sentía atraída por aquel tipo, aun sabiendo que era un sinvergüenza. Vamos, un delincuente de esos de guante fino, y quizá fuera eso lo que le hacía tan apetecible.

Pero la invitación que yo deseaba no llegó, así que le dije a Artur que ya veríamos sobre la marcha, que dependía del humor con que saliera del cubil templario. Y él fue tan amable, o estaba tan interesado, por mí o por su negocio, que aceptó mi ambigüedad. En realidad yo aún tenía la secreta esperanza de ir de verbena con Oriol.

Al final de la misa, Alicia despidió la fiesta con unas breves palabras. Imagino que cualquier cosa oculta o esotérica la habrían tratado con anterioridad. Todos plegaron sus capas con cuidado y salieron por la puerta que da a la calle Santa Anna. Fray Arnau me exigió las llaves con las que yo había entrado y Alicia me dijo sonriendo:

– Ahora, echaremos el pestillo por dentro.

Al salir vi a Artur observando a cierta distancia y le hice una seña conforme todo estaba bien. Me pegué a Oriol y empecé a interrogarle sobre sus planes para la noche. Me dijo que regresaba a casa con su madre para quitarse aquellas ropas y que luego iría de verbena con unos amigos. En vista de que no mostraba intención de invitarme decidí tomar la iniciativa pidiéndole que me llevara con él. No pareció que la idea le entusiasmara y Alicia, que no se había perdido palabra de lo hablado, intervino para decir que eso era lo mínimo que se podía esperar de la hospitalidad de los Bonaplata. Al final él aceptó, pero supe que no podía esperar que me abriera, cortés, la puerta del coche.

De regreso, Oriol estuvo silencioso y Alicia amable. Yo me sentía incómoda por la escena que había protagonizado en la iglesia, pero Alicia lo tomaba con toda naturalidad.

– El hombre que te descubrió en el claustro es Arnau d'Estopinyá -me confirmó.

– Sí, todo encaja con la historia que me contó Artur. Ese hombre me ha estado siguiendo desde que llegué a Barcelona.

– Sí, cariño -repuso Alicia-. Siguiéndote y protegiéndote. Recuerda la salida de la librería Del Grial. Él os libró de los secuaces de tu amigo Artur.

– En la iglesia dijiste que me esperabas…

– Era probable que ese hombre te propusiera hacer lo que hiciste. Sabíamos que os veíais y sospechaba que él tenía llaves del callejón.

– ¿Y por qué no cambiasteis las cerraduras?

– Pensé que quizá a tu amigo le interesaba alguna de las piezas antiguas de la iglesia -Alicia sonreía-. Si hubiera caído en la tentación ahora estaría en la cárcel.

Callé pensativa. Esa mujer parecía controlarlo todo. Le había preparado una trampa a su enemigo. Me alegré de que Artur fuera demasiado listo para ella.

En el coche, de camino a la fiesta y ya los dos solos, le pedí disculpas a Oriol por mi intempestiva aparición en la iglesia y él se rió diciendo que no le sorprendía nada, que así era yo. Dijo que parecía que su madre lo tenía previsto y que, sabiendo de mi relación con Artur, habría mantenido el secreto sobre las reuniones templarias esperando que él descubriera sus cartas. Yo me sentí molesta. Parecía que todo el mundo me manipulaba. Así que para contraatacar ironicé con su traje, corbata y capa.

– Es la tradición -me aseguró sin perder la sonrisa-. Es así como nuestros abuelos quisieron que se hiciera.

– ¿Cómo es que alguien tan poco convencional como tú se presta a ese juego?

Se mantuvo callado unos instantes y dijo:

– Es en honor a mi padre.

Y nos quedamos en silencio; era un argumento definitivo. El tráfico era denso, no sabía adónde me llevaba, pero estaba con él y eso era suficiente.

– Quiero que sepas que yo no tengo relación alguna con Artur -no sé por qué sentí necesidad de decirlo-. Ha estado insistiendo en que él puede vender mejor que nadie las piezas del tesoro, que él tiene tanto derecho como nosotros y que quiere llegar a un acuerdo…

– Es el tesoro de mi padre -me cortó Oriol, tajante-. Si él no quiso acuerdos, yo no puedo aceptarlos.

Me sorprendió su rotundidad, su tono decía: «Estás conmigo o en mi contra». Empezaba a tener una imagen más clara de la situación y recordé las palabras de Artur diciendo que existía una deuda de sangre. Suspiré pensando que aquel asunto del tesoro podía terminar muy mal. Sólo esperaba que la tragedia no visitara a las familias Bonaplata y Boix tal como lo hizo años antes.

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