– Y fuiste tú quien asaltó mi apartamento en Nueva York.
Él ni se inmutó ni perdió la sonrisa.
– No fui yo personalmente. Se encargó un socio mío.
– ¿Y lo confiesas así? ¿Con ese desparpajo?
– ¿Y por qué no? -repuso ahora completamente serio. -Tengo tanto derecho o más a esas tablas, y al posible tesoro, que vosotros tres.
Hablaba convencido y yo me quedé muda de sorpresa. ¿A raíz de qué se creía Artur con derechos? Esperé a que hablara.
– Debes saber ya que tu padrino asesinó a mi padre, a mi tío y a un par de socios suyos.
– ¿Socios? Creí que eran guardaespaldas.
– Qué más da lo que fueran. Él los mató.
– No se ha podido demostrar, no hay pruebas.
– ¿Pruebas? -ahora Artur rió-. ¿Para qué necesito yo pruebas? Sé que fue él. Sé que habían acordado una transacción. Que tu padrino no sólo no entregó la tabla de la Virgen tal y como se había acordado, sino que, tras asesinarlos, robó las otras dos, la de Sant Jordi y la de Juan Bautista.
– ¿Que robó las tablas pequeñas?
– Sí, las robó -Artur me observaba atentamente; leía la sorpresa en mi cara.
– ¿Pero cómo…?
– Tu padrino y mi familia pertenecían a cierto club secreto, supieron del tesoro al mismo tiempo y rastrearon las tablas hasta un lugar cercano al monasterio de Poblet, de donde parece provenían originalmente. Profesionales del negocio de antigüedades, se movilizaron veloces para conseguirlas, pero por un estúpido asunto de herencias familiares la tabla central tenía un propietario distinto que las dos laterales. Alguien las había repartido hará un par de generaciones y llevó cierto tiempo localizarlas, con la infeliz circunstancia de que mientras mi familia encontraba y adquiría las pequeñas, tu padrino hizo lo mismo con la mayor.
– Y no se pusieron de acuerdo -interrumpí.
– Exacto. Bonaplata y su novio se mostraron muy poco razonables, pretendían comprar nuestras tablas, querían el tesoro sólo para ellos.
– ¿Y tu familia? ¿Quería vender?
– Tampoco. Pero estaban dispuestos a negociar…
– ¿Y qué pasó con el socio de mi padrino?
– Bueno… digamos que abandonó la negociación de forma prematura -una chispa irónica bailaba en sus ojos.
– ¡Lo matasteis!
– Fue un accidente.
– O un intento de intimidación…
– El caso es que se había llegado a un acuerdo…
– ¿Cómo lo sabes?
– Me lo contó mi madre -me quedé callada, no quería cuestionar eso-. Bonaplata entregaría su tabla a cambio de cierta suma. Pero no lo hizo. En lugar de eso, los mató y robó las nuestras.
– No me parece lógico. ¿Cómo mi padrino podría engañar y asesinar a esos pistoleros?
– No lo sé. Pero lo hizo -Artur había fruncido el ceño-. Él fue el responsable de mi orfandad.
– Pero vosotros empezasteis antes, asesinando al hombre que él amaba -Artur podía tener razones para odiar a Enric, pero yo necesitaba defenderle.
– No importa quién empezara -el hombre del avión, amable y bello, dejaba ver un interior duro y resentido-. Se comportó como un canalla, como un degenerado, rompió un pacto, no tenía palabra.
Apreté los labios y le miré fijamente antes de responder:
– Enric sólo protegía a los suyos. Amenazabais a su familia.
No creo que escuchara mis palabras. Su vista se perdió en el fondo del local por un tiempo, como rumiando algo que le costaba digerir, tardó en responder y cuando lo hizo, me clavó su mirada y dijo con voz baja y ronca:
– Entre mi familia y los Bonaplata hay una deuda de sangre -y vi su rojo color en sus ojos.
Enric fue mi primer amor, mi gran amor -me quedé mirando a mi madre sin poder creer lo que acababa de oír. Ella dijo que quería hablar conmigo. Y habló, vaya si habló. Por poco se ahoga por no tomar aire. Yo la escuchaba pasmada. Llevaba años callando, su secreto era como un dique invisible que nos separaba; estaba entre las dos, se interponía y yo, sin saber, lo notaba a veces. Y de pronto el dique se rompió soltándolo todo.
Obediente, la había ido a recoger al aeropuerto y al ver los bultos me pregunté por qué cargaba con tanto equipaje. Por un momento temí que quisiera quedarse en Barcelona conmigo una temporada larga. ¡Ah no! Me dije. Luego pensé que una de las maletas contendría la tabla convenientemente embalada. Aun así el equipaje era numeroso. A mi madre siempre le ha gustado viajar bien pertrechada. Se instaló en el mismo hotel al que fui yo al principio; había reservado una amplia habitación dúplex en uno de los pisos más altos y asumió que yo me trasladaría a vivir allí.
Yo observaba su intrusión con cautela, dejándola hacer. Teníamos un trato y el precio de éste era la tabla y su transporte desde Nueva York. Yo debía cumplir mi parte; y lo primero fue abandonar la casa de Alicia para instalarme con ella.
– Hoy llega mi madre -le dije-. Me voy al hotel.
– Ya -murmuró, apretando los labios en una casi sonrisa. Sabía mejor que yo la opinión que mi madre tenía de ella-. Serás bienvenida cuando se vaya.
Mi madre estuvo hablando sin parar de mi viaje, del suyo, de cómo dejó a Daddy en Nueva York, pero reservaba la sorpresa para la cena.
Cuando dijo «Enric fue mi primer amor, mi gran amor», sus ojos buscaron los míos.
Yo me quedé estupefacta. No supe qué pensar, ni qué decir; mi primera reacción fue de incredulidad, aquello debía de ser una broma. Pero no había diversión en su mirada ni sus labios querían reír. Aquella cara con arrugas en la frente y patas de gallo, aquella faz que yo identifico como mamá, estaba frente a mí y tenía la expresión del acusado que espera veredicto. Solté los cubiertos en la mesa y balbucí:
– Pero… ¿y papá?
– Lo de tu padre fue después…
– Pero si Enric, Enric era…
– Homosexual -definió ella.
– Sí, eso -corroboré-, pero no debía de serlo tanto porque si no…
– Si no, no hubiera tenido un hijo…
Callé tratando de asimilar aquello y ella mantuvo el silencio unos instantes, como tomando aliento, luego inició su relato:
– Como sabes, los Bonaplata y los Coll estábamos unidos por una relación muy estrecha que se mantuvo por generaciones. Mi abuelo frecuentó a finales del siglo XIX Els Quatre Gats con el abuelo de Enric y la amistad se continuó con nuestros padres.
»De niños jugábamos juntos cuando las familias se reunían, ambos nos educamos en el Liceo Francés y, de adolescentes, al empezar a salir, formamos parte del mismo grupito, tanto en la ciudad como en los veranos de la Costa Brava.
»Yo siempre sentí una gran atracción por Enric. Era listo, simpático, imaginativo, tenía respuesta rápida e ingeniosa para todo.
Estaba convencida de que yo le gustaba y cuando se empezaron a formar parejas en nuestra época preuniversitaria, yo me reservé para él y de forma natural pasamos a ser una de ellas. Estaba locamente enamorada. Nuestros padres se mostraban encantados con que saliéramos juntos, en realidad ese enlace uniría dos familias cuyos lazos de amistad no podían ser más estrechos, era algo esperado por generaciones. Jamás tuve queja de mis padres si saliendo con él llegaba tarde a casa.
– ¿Os besabais? -inquirí curiosa y noté que mi madre se movía incómoda en su silla.
Se mantuvo unos momentos en silencio, era obvio que a María del Mar le costaba mantener aquella conversación.
– Sí -respondió al final-. Pero ten en cuenta que de eso hace más de cuarenta años y en nuestro ámbito social se llevaba llegar virgen al matrimonio. Aun teniendo fecha de boda, y nosotros nunca la llegamos a tener, mantenías los frenos. Nuestros besos y caricias eran bastante recatados.
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