Amin Maalouf - Samarcanda
Здесь есть возможность читать онлайн «Amin Maalouf - Samarcanda» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Историческая проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:Samarcanda
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:3 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 60
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
Samarcanda: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Samarcanda»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
Samarcanda — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Samarcanda», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
Los biógrafos del Gran Maestro mencionan la matanza de sus hijos para ilustrar su rigor y su imparcialidad y precisan que la comunidad de Alamut se convirtió, gracias a esos ejemplares castigos, en un remanso de virtud y moralidad, lo que se cree con facilidad; sin embargo, se sabe por diversas fuentes que al día siguiente de esas ejecuciones, la única mujer de Hassan, así como sus hijas, se sublevaron contra su autoridad, que él ordenó que las expulsaron de Alamut y recomendó a sus sucesores que actuaran del mismo modo en el futuro para evitar que femeninas influencias alteraran su recto juicio.
Separarse del mundo, hacer el vacío alrededor de su persona, rodearse de murallas de piedra y de miedo, tal parece haber sido el sueño insensato de Hassan Sabbah.
Pero ese vacío comienza a asfixiarlo. Los reyes más poderosos tienen locos o alegres compañeros para aliviar el irrespirable rigor que los envuelve. El hombre de los ojos desorbitados está irremediablemente solo, amurallado en su fortaleza, recluido en su casa, encerrado en sí mismo. Nadie a quien hablar, sólo dóciles súbditos, servidores mudos, adeptos magnetizados.
De todos los seres que ha conocido, sólo hay uno con el que sabe que podría hablar aún, si no de amigo a amigo, de hombre a hombre. Y es Jayyám. Por lo tanto le escribe. Una carta en la que la desesperación se disimula bajo una espesa capa de orgullo: «En vez de vivir como un fugitivo, ¿por qué no vienes a Alamut? Como tú, yo fui perseguido; ahora soy yo quien persigue. Aquí serás protegido, servido y respetado, y ningún emir de la tierra podrá tocar ni un cabello de tu cabeza. He formado una inmensa biblioteca donde encontrarás las obras más excepcionales y podrás leer y escribir a tu placer. En este lugar alcanzarás la paz.»
XXIII
Efectivamente, desde que abandonó Ispahán, Omar lleva una existencia de fugitivo y de paria. Cuando acude a Bagdad, el califa le prohíbe hablar en público o recibir a los numerosos admiradores que se aglomeran ante su puerta. Cuando visita La Meca, sus detractores se ríen sarcásticamente al unísono: «¡Peregrinación de conveniencia!» Cuando al regreso pasa por Basora, el hijo del cadí de la ciudad acude a rogarle lo más cortésmente del mundo que acorte su estancia.
Su destino es, pues, de lo más desconcertante. Nadie le discute su talento y su erudición; allí donde va, verdaderas multitudes de letrados se reúnen a su alrededor y le interrogan sobre astrología, álgebra, medicina e incluso sobre cuestiones religiosas. Se le escucha con recogimiento. Pero indefectiblemente, algunos días o algunas semanas después de su llegada se organiza una camarilla que propaga toda clase de calumnias acerca de él. Se le tacha de impío o de hereje, se recuerda su amistad con Hassan Sabbah, se repiten las acusaciones de alquimista proferidas en Samarcanda, se le envían detractores llenos de celo que perturban sus charlas, se amenaza con represalias a aquellos que osan alojarlo. Generalmente, Omar no insiste. Cuando siente que la atmósfera se enrarece, simula una dolencia para no aparecer más en público y no tarda en partir hacia una nueva etapa que será igualmente breve, igualmente arriesgada.
Venerado y maldito, sin otro compañero que Vartan, está constantemente a la búsqueda de un techo, de un protector y de un mecenas. Puesto que desde la muerte de Nizam no se le paga la generosa pensión que este último le había asignado, se ve obligado a visitar a los príncipes y gobernadores y preparar sus horóscopos mensuales. Pero aunque a menudo pasa estrecheces, sabe hacerse pagar sin bajar la cabeza.
Se cuenta que un visir, sorprendido de oír a Omar exigir una suma de cinco mil dinares de oro, le había lanzado:
– ¿Sabes que a mí no me pagan tanto?
– Es lógico -respondió Jayyám.
– ¿Y por qué?
– Porque sabios como yo sólo hay un puñado cada siglo, mientras que visires como tú se podrían nombrar quinientos cada año.
Los cronistas afirman que el personaje supo reírse a carcajadas y luego satisfizo todas las exigencias de Jayyám, reconociendo civilizadamente la exactitud de tan orgullosa ecuación.
«Ningún sultán es más feliz que yo, ningún mendigo está más triste», escribe Omar en esa época.
Los años pasan y lo volvemos a encontrar en 1114 en la ciudad de Merv, antigua capital de Jorasán, que sigue siendo famosa por sus telas de seda y sus diez bibliotecas, pero que desde hace algún tiempo se ha visto privada de todo cometido político. Para volver a dar esplendor a su deslustrada corte, el soberano local trata de atraer a las celebridades del momento. Sabe cómo seducir al gran Jayyám: proponiéndole construir un observatorio semejante en todo al de Ispahán. A los sesenta y seis años Omar sólo sueña aún con ello; acepta con un entusiasmo de adolescente y se consagra al proyecto. Pronto se alza el edificio sobre una colina, en el barrio de Bab Senyán, en medio de un jardín de junquillos y moreras blancas.
Durante dos años, Omar es feliz y trabaja con empeño; nos dicen que efectúa experiencias sorprendentes en la previsión meteorológica, ya que su conocimiento del cielo le permite describir con exactitud los cambios de clima para cinco días sucesivos. Igualmente, desarrolla sus avanzadas teorías en matemáticas; habrá que esperar al siglo XIX para que los investigadores europeos reconozcan en él a un genial precursor de la geometría no euclidiana. También escribe ruba'iyyat , parece ser que estimulado por la excepcional calidad de los viñedos de Merv.
Evidentemente, para todo esto existe una contrapartida. Omar tiene la obligación de asistir a interminables ceremonias del palacio, de ofrecer solemnemente sus respetos al soberano con ocasión de cada fiesta, cada circuncisión principesca, cada regreso de una cacería o de una campaña y estar presente en el divan con frecuencia, dispuesto a lanzar algún dicho ingenioso, una cita, un verso apropiado para las circunstancias. Además de la impresión de haberse puesto la piel de un oso sabio, tiene constantemente la de perder en el palacio un tiempo precioso que habría utilizado mejor en su mesa de trabajo. Sin contar el riesgo de tener encuentros desagradables.
Como en ese frío día de febrero, cuando le enzarzaron en una memorable disputa a propósito de una cuarteta de juventud llegada a los oídos de un envidioso. Ese día, el divan es un hervidero de letrados con turbante. El monarca, plenamente satisfecho, contempla su corte con beatitud.
Cuando Omar llega, el debate está ya entablado sobre un tema que apasiona en ese momento a los hombres de religión. «¿Podría haberse creado mejor el Universo?» Aquellos que responden «sí» son tachados de impíos, puesto que insinúan que Dios no cuidó suficientemente su obra. Los que responden «no» son tachados igualmente de impíos, puesto que dan a entender que el Altísimo sería incapaz de hacerlo mejor.
Se discute con pasión, se gesticula. Jayyám se contenta con observar distraídamente la mímica de cada uno. Pero un orador lo no nombra, elogia su sabiduría y le pide su opinión. Omar se aclara la garganta. No ha pronunciado aún una sola sílaba cuando el gran cadí de Merv, a quien nunca le ha agradado la presencia de Jayyám en su ciudad y menos aún las atenciones de las que está constantemente rodeado, salta de su asiento señalándole con un dedo acusador.
– ¡Ignoraba que un ateo pudiera expresar una opinión sobre las cuestiones de nuestra fe!
Omar esboza una sonrisa cansada pero inquietante.
– ¿Qué te autoriza a tratarme de ateo? ¡Espera al menos a haberme oído?
– No necesito oírte. ¿No es a ti a quien se atribuye este verso: «Si castigas con el mal el mal que he hecho, dime ¿cuál es la diferencia entre tú y yo?» El hombre que profiere semejantes palabras ¿no es un ateo?
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «Samarcanda»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Samarcanda» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «Samarcanda» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.