Amin Maalouf - Samarcanda

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Hace menos de una hora que se han marchado cuando una multitud enloquecida llega a saquear la casa de Jayyám y a prenderle fuego. Al final de la tarde desvalijan el observatorio. En el mismo momento, el cuerpo en paz de Yahán era enterrado al pie de la muralla que bordea el jardín del palacio.

Ninguna losa indica a la posteridad el lugar de su sepultura.

Parábola extraída del Manuscrito de Samarcanda .

«Tres amigos iban de paseo por las altiplanicies de Persia. Aparece una pantera; toda la ferocidad del mundo vivía con ella.

»La pantera observa largo rato a los tres hombres y luego corre hacia ellos.

»El primero era el de más edad, el más rico, el más poderoso. Gritó: “Soy el dueño de estos lugares, jamás permitiré a un animal que haga estragos en las tierras que me pertenecen.” Estaba acompañado de dos perros de caza, los soltó contra la pantera y pudieron morderla,pero eso sólo consiguió enfurecerla más; los mató, saltó contra su amo y le desgarró las entrañas.

»Ese fue el destino de Nizam el-Molk.

»El segundo se dijo: “Soy un hombre sabio, todos me honran y me respetan. ¿Por qué voy a dejar que mi destino se decida entre unos perros y una pantera?” Dio media vuelta y huyó sin esperar el resultado del combate. Desde entonces anda errante de cueva en cueva, de cabaña en cabaña, convencido de que la fiera le va pisando los talones constantemente.

»Ese fue el destino de Omar Jayyám.

»El tercero era un hombre de fe. Avanzó hacia la pantera con las manos extendidas, la mirada dominadora, la boca elocuente, “Sé bienvenida a estas tierras, le dijo, mis compañeros eran más ricos que yo y los has desvalijado, eran más orgullosos y los has humillado.” La fiera escuchaba seducida, dominada. Consiguió mucho ascendiente sobre ella y la domó. Desde entonces ninguna pantera se atreve a acercarse a él y los hombres se mantienen a distancia.»

El Manuscrito concluye: «Cuando vienen tiempos de confusión, nadie puede parar su curso, nadie puede evitarlos, algunos consiguen servirse de ellos. Mejor que nadie, Hassan Sabbah ha sabido domar la ferocidad del mundo. Ha sembrado el miedo a su alrededor para prepararse en su reducto de Alamut un minúsculo espacio de sosiego.»

En cuanto se apoderó de la fortaleza de Alamut, Hassan Sabbah comenzó los trabajos para asegurar un total hermetismo con respecto al mundo exterior. Necesitaba, sobre todo, hacer imposible toda penetración enemiga. Por lo tanto, gracias a acertadas construcciones, mejoró las cualidades, ya excepcionales, del lugar, cerrando con trozos de muralla el menor pasaje entre dos colinas.

Pero esas fortificaciones no le bastan a Hassan. Aunque el asalto fuera imposible, los sitiadores podrían apoderarse de su reducto si consiguieran rendirlo por el hambre y la sed. Así es como terminan la mayoría de los asedios. Y sobre ese punto Alamut es particularmente vulnerable, al tener pocos recursos de agua potable. Pero el Gran Maestro encuentra la solución al problema. En vez de abastecerse del agua de los ríos cercanos, cava en la montaña una impresionante red de aljibes y canales con el fin de recoger el agua de la lluvia y del deshielo. Cuando se visitan hoy las ruinas del castillo, se puede aún admirar, en la gran habitación donde vivía Hassan, un «estanque milagroso» que se llena a medida que se vacía y que, prodigio de ingeniosidad, no se desborda jamás.

Para las provisiones, el Gran Maestro acondiciona unos pozos donde entroja aceite, vinagre y miel; igualmente acumula cebada, grasa de cordero y frutos secos en cantidades considerables, suficiente para aguantar un cerco total durante casi un año, lo que en esa época excedía con mucho las capacidades de resistencia de los sitiadores, particularmente en una zona donde el invierno es crudo.

Hassan dispone, pues, de un escudo sin fallo; posee, por decirlo así, el arma defensiva absoluta. Con sus fieles asesinos tiene, igualmente, el arma ofensiva absoluta. En efecto ¿cómo precaverse contra un hombre decidido a morir? Toda protección se funda en la disuasión; ya se sabe que los personajes importantes se rodean de una guardia de aspecto aterrador que hace temer una muerte inevitable a cualquier eventual agresor. Pero ¿y si el agresor no teme morir? ¿Y si está persuadido de que el martirio es un atajo para llegar al paraíso? ¿Y si tiene constantemente en la mente las palabras del Predicador: «No estáis hechos para este mundo sino para el otro. ¿Tendría miedo un pez si se le amenazara con tirarlo al mar?» ¿Y si, además, el asesino consigue infiltrarse en el círculo de su víctima? Entonces no se puede hacer nada para detenerlo. «Yo soy menos poderoso que el sultán, pero puedo perjudicarte mucho más que lo que él pueda hacerlo», había escrito Hassan un día a un gobernador de provincia.

Así, después de forjarse los instrumentos de guerra más perfectos que puedan imaginarse, Hassan Sabbah se instaló en su fortaleza y ya no la abandonó jamás; sus biógrafos dicen incluso que en los treinta últimos años de su vida sólo salió dos veces de su casa, y las dos veces ¡para subir al tejado! Allí estaba, de la mañana a la noche, sentado con las piernas cruzadas, sobre una estera que su mismo cuerpo había raído, pero que nunca quiso cambiar o reparar. Enseñaba, escribía y lanzaba a sus asesinos al acoso de sus enemigos. Y cinco veces al día rezaba, sobre la misma estera, con sus visitantes del momento.

Para aquellos que nunca han tenido la ocasión de visitar las ruinas de Alamut, no es, sin duda, inútil precisar que ese lugar no habría adquirido tanta importancia en la Historia si hubiera tenido como única ventaja su difícil acceso y sí no hubiera habido en la cima del pico rocoso una planicie lo bastante amplia como para contener una ciudad o por lo menos un pueblo grande. En los tiempos de los Asesinos se accedía a ella por un estrecho túnel al este que desembocaba en la fortaleza baja; callejuelas que se entrecruzaban, casitas de tierra al amparo de las murallas; atravesando la meydán , la plaza mayor, única área de reunión para toda la comunidad, se llegaba a la fortaleza alta. Ésta tenía la forma de una botella tumbada, ancha al este y el cuello dirigido hacia el oeste. El gollete era un pasillo estrechamente vigilado. La casa de Hassan estaba al final. Su única ventana daba a un precipicio. Fortaleza dentro de la fortaleza.

Por los espectaculares crímenes que ordenó, por las leyendas que se tejieron en torno a él, a su secta y a su castillo, el Gran Maestro de los Asesinos aterrorizó durante mucho tiempo al Oriente y al Occidente. En todas las ciudades musulmanas cayeron altos dignatarios; los cruzados tuvieron que deplorar dos o tres víctimas eminentes. Pero se olvida con demasiada frecuencia que fue en Alamut principalmente donde reinó el terror.

¿Qué reinado es peor que el de la virtud militante? El Predicador supremo quiso reglamentar cada instante de la vida de sus adeptos. Desterró todos los instrumentos de música; si descubría la más pequeña flauta, la rompía en público y la tiraba al fuego; al culpable se le cargaba de cadenas y se le apaleaba antes de expulsarlo de la comunidad. El consumo de bebidas alcohólicas estaba aún más severamente castigado. El propio hijo de Hassan, sorprendido una noche por su padre en estado de embriaguez, fue condenado a muerte inmediatamente; a pesar de las súplicas de su madre, fue decapitado al alba del día siguiente. Para dar ejemplo. Nadie se atrevió nunca más a beber un trago de vino.

La justicia de Alamut era, cuando menos, expeditiva. Se cuenta que un día se cometió un crimen en el recinto de la fortaleza. Un testigo acusó al segundo hijo de Hassan. Sin tratar de verificar los hechos, éste mandó que le cortaran la cabeza a su último hijo varón. Algunos días más tarde, el verdadero culpable confesaba y a su vez fue decapitado.

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