Amin Maalouf - Samarcanda

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Algunos se atrevieron un día a preguntar por qué se les forzaba a pasar toda su juventud en esa especie de convento-cuartel donde se prohibía cualquier alegría. La represión se abatió sobre ellos con tanta dureza que desde entonces se abstuvieron de emitir la menor opinión discrepante. En público, se entiende, porque en el secreto de las casas comenzaron a organizarse reuniones. Los jóvenes conjurados estaban alentados por todas esas mujeres que habían visto partir a un hijo, un hermano o un marido para una misión secreta de la que no volvieron jamás.

Un hombre se convirtió en el portavoz de esa sorda, ahogada, reprimida aspiración; ningún otro habría podido permitírselo: era el nieto de aquel que Hassan había designado para sucederle; él mismo estaba llamado a convertirse, a la muerte de su padre, en el cuarto Gran Maestro de la Orden.

Tenía una apreciable ventaja sobre sus predecesores: nacido poco después de la muerte del fundador, no había tenido que vivir bajo el terror de este último. Observaba su casa con curiosidad, por supuesto con cierto recelo, pero sin esa morbosa fascinación que paralizaba a todos los demás.

Incluso una vez, a la edad de diecisiete años, había entrado en la estancia prohibida, la había recorrido, se había acercado al estanque mágico, había metido la mano en su agua helada y luego se había detenido ante el nicho donde estaba encerrado el manuscrito. Poco había faltado para que lo abriera, pero se habla arrepentido y, después de retroceder un paso, había abandonado la habitación andando hacia atrás. No quería ir más lejos en esa primera visita.

Cuando el heredero recorría pensativo las callejuelas de Alamut, la gente se arremolinaba a su paso, aunque sin acercársele mucho, pronunciando curiosas fórmulas de bendición. Se llamaba Hassan, como Sabbah, pero a su alrededor se susurraba ya otro nombre: «¡El Redentor! ¡El que se espera desde siempre!» Sólo existía un temor: que la vieja guardia de los Asesinos, que conocía sus sentimientos y que ya le había oído vituperar con imprudencia el rigor existente, hiciera lo imposible por impedirle acceder al poder. De hecho, su padre intentaba imponerle silencio, acusándole de ser un ateo y de traicionar las enseñanzas del Fundador. Se dice incluso que condenó a muerte a doscientos cincuenta partidarios suyos y expulsó a otros doscientos cincuenta obligándoles a cargar a la espalda, hasta el pie de la montaña, los cadáveres de sus amigos ejecutados. Pero por un resto de sentimiento paternal, el Gran Maestro no se atrevió a seguir la tradición infanticida de Hassan Sabbah.

Y cuando el padre murió, en 1162, el hijo rebelde le sucedió sin la menor dificultad. Por primera vez, desde hacía mucho tiempo, estalló una verdadera alegría en las grises callejuelas de Alamut.

Pero ¿se trata realmente del Redentor esperado?, se interrogaban los adeptos. ¿Es de veras aquel que debe poner fin a nuestros sufrimientos? Él callaba. Seguía caminando con aire absorto por las calles de Alamut o permanecía durante largas horas en la biblioteca, bajo la mirada protectora del copista que estaba a cargo de ella, un hombre originario de Kirman.

Un día se le vio avanzar con paso decidido hacia la antigua residencia de Hassan Sabbah, empujar la puerta con un gesto brusco, ir hasta el nicho y tirar de la reja con las dos manos y con tanta fuerza que la arrancó del muro, esparciéndose por el suelo largos chorrillos de arena y guijarros. Sacó el manuscrito de Jayyám y lo desempolvó con unas cuantas palmadas bruscas antes de llevárselo bajo el brazo.

Dicen que entonces se encerró en su casa a leer, releer y meditar. Y esto hasta el séptimo día, que dio la orden de convocar a toda la gente de Alamut, hombres, mujeres y niños, para una reunión en el meydán , la única plaza donde cabían.

Era el 8 de agosto de 1164, el sol de Alamut pegaba con fuerza en las cabezas y los rostros, pero nadie pensaba en protegerse. Al oeste se levantaba un estrado de madera, adornado en cada esquina con cuatro inmensos estandartes: uno rojo, uno verde, uno amarillo y uno blanco, y hacia él se dirigían las miradas.

Y de pronto apareció. Totalmente vestido de un blanco resplandeciente, y tras él su mujer, joven y menuda, con el rostro descubierto, los ojos fijos en el suelo y las mejillas rojas de vergüenza. Esa visión pareció disipar las últimas dudas de la multitud y se oyeron atrevidos murmullos: «¡Es Él, es el Redentor!»

Con paso digno, subió los pocos peldaños de la tribuna y dirigió a sus fieles un amplio gesto de saludo destinado a hacer callar los cuchicheos, antes de pronunciar uno de los discursos más asombrosos que jamás haya resonado en nuestro planeta:

– ¡A todos los habitantes del mundo, genios, hombres y ángeles! -dijo-, El imán del Tiempo os ofrece su bendición y os perdona todos vuestros pecados, pasados y futuros. Os anuncia que la Ley sagrada es abolida, porque ha sonado la hora de la Resurrección. Dios os había impuesto la ley para que merecierais el paraíso. Lo habéis merecido. Desde hoy, el paraíso os pertenece. Por lo tanto, estáis liberados del yugo de la Ley. ¡Todo lo que estaba prohibido, está permitido, y todo lo que era obligatorio está prohibido! Las cinco oraciones cotidianas están prohibidas -continuó el Redentor-. Puesto que ya estamos en el paraíso, en permanente unión con el Creador, no necesitamos dirigirnos a Él a determinadas horas; aquellos que se, obstinaron en efectuar las cinco oraciones, manifestarían con ello su poca fe en la Resurrección. Rezar se ha convertido en un acto de incredulidad.

Por el contrario, el vino, considerado por el Corán como la bebida del paraíso, fue autorizado desde ese momento; no beberlo era la señal manifiesta de una falta de fe.

«Una vez proclamado esto», relata un historiador persa de la época, «la asamblea se puso a tocar el arpa y la flauta y a beber ostensiblemente vino en los mismos escalones de la tribuna.»

Reacción desproporcionada, a la medida de los excesos practicados por Hassan Sabbah en nombre de la ley coránica. Pronto se ocuparían los sucesores del Redentor de atenuar su ardor mesiánico, pero Alamut no volvería a ser jamás esa cantera de mártires deseada por el Predicador supremo. Desde entonces, la vida allí sería agradable y se interrumpiría la larga serie de asesinatos que habían aterrorizado las ciudades del Islam. Los ismaelíes, secta radical donde las haya, se transformarían en una comunidad de una tolerancia ejemplar.

De hecho, después de haber anunciado la buena nueva a los habitantes de Alamut y sus alrededores, el Redentor envió emisarios a las otras comunidades ismaelíes de Asia y de Egipto provistos de documentos firmados con su propia mano. Rogaba a todos que desde ese momento celebraran el día de la Redención, cuya fecha proporcionaba según tres calendarios diferentes: el de la hégira del Profeta, el de Alejandro el Griego y el del «hombre más eminente de los dos mundos, Omar Jayyám de Nísapur».

En Alamut, el Redentor ordenó que el Manuscrito de Samarcanda fuera venerado como un gran libro de sabiduría. Se encargó a unos artistas que lo adornaran: pintura, grabados, cofre de oro cincelado con incrustaciones de pedrerías… Nadie tenía derecho a copiarlo, pero estaba siempre colocado en una mesa baja de madera de cedro en la pequeña sala interior donde trabajaba el bibliotecario. Ahí, bajo su altanera vigilancia, algunos privilegiados iban a consultarlo.

Hasta entonces sólo se conocían algunas cuartetas compuestas por Jayyám en los tiempos de su imprudente juventud; de ahí en adelante se aprendieron, citaron y repitieron muchas otras, algunas con graves alteraciones. Se asistió, incluso, desde esa época, a un fenómeno de los más singulares: cada vez que un poeta componía una cuarteta que podía ocasionarle disgustos, se la atribuía a Omar; cientos de falsificaciones vinieron así a mezclarse con las ruba'iyyat de Jayyám, de tal manera que resultó imposible, a falta del manuscrito, discernir las auténticas.

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