Espido Freire - La Flor Del Norte

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Novela histórica que nos descubre la desgarradora vida de Kristina Haakonardóttir, la joven princesa de Noruega convertida a la fuerza en infanta de Castilla al desposarse con don Felipe, hermano de Alfoso X El Sabio. Kristina partirá desde sus frías tierras del norte en un viaje hacia Castilla para acabar, fi nalmente, en una Sevilla que comienza a florecer y que le sorprende con costumbres, colores y sensaciones nuevas para ella. Pero todos sus descubrimientos estarán impregnados de sufrimiento y agonía por un destino inevitable a la que su misteriosa enfermedad la conduce. La pobre Kristina morirá traicionada y repudiada lejos de su hogar, entre un pueblo que siempre la vio como la Extranjera. «Me llamo Kristin Haakonardóttir, hija y nieta de reyes, princesa de Noruega, infanta de Castilla. Me llamaban La flor del norte, El regalo dorado, La extranjera, y, en los últimos meses, La pobre doña Cristina»

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– Mi Kristina, mi Kristina… ¿Cómo voy a soportar tu ausencia?

Yo volvía la cabeza.

– Calla. No me lo recuerdes.

– Pero es preciso recordarlo. Todo esto no es sino la preparación para tu futura vida.

Y así, agridulces, pasaban las noches, y los días se deslizaban con calma, cada cual con su ocupación.

– Deberíamos casar a Kristina -decía, de vez en cuando, mi padre.

– Aún no -contestaba mi hermano-. Déjamela un año más, un año tan sólo.

Sus huesos son ahora nada, hilachas en el ataúd. Cuando murió, perdí a mis compañeros de juegos, porque el poeta no se atrevió a regresar a mi lecho, ni yo me sentía con ánimos como para proponérselo.

De hecho, no volví a apremiar a mi cama a ningún otro hombre. Ivar Englisson se invitó solo, después de que durante semanas nos miráramos por encima del tablero de nuestras batallas de marfil, la noche en Yarmouth en la que, un poco borrachos, habíamos cantado todos, los jóvenes y los viejos, las canciones que nos traía la cerveza. El mareo de don Fernando, aquella noche, no se debía al oleaje. Cayó redondo sobre su lecho, en su camarote, mientras nosotros nos desnudábamos y entrelazábamos las piernas, encendidos por la prisa y la espera.

Ivar conocía las mismas técnicas que Haakon y, si cerraba los ojos, podía pensar que aún me hallaba en Bergen, en mi cuarto, y que las manos que recorrían mi espalda eran las suyas. Cuando regresaba a la realidad, me sobresaltaba por un segundo, y él, que me observaba con el rostro muy cercano al mío, contenía una expresión de desencanto. A diferencia de mi hermano, el caballero Ivar mostraba propensión a los celos, que a veces le delataban.

– Durante el día no me dirigís una mirada.

– No deben descubrirnos.

– Jugáis conmigo.

– Tenéis mi honor en vuestras manos. ¿Quién juega con quién?

Cuando, en tierra firme, las ocasiones para que nos encontráramos a solas fueron menos y desaparecieron finalmente, sus quejas aumentaron.

– No os entreguéis a don Jaime. Es un viejo baboso, que os ensucia con sólo miraros.

– Estáis loco, Ivar. Cualquiera diría que no me conocéis.

– No os conozco, ni conozco a nadie. No conozco a nadie, aquí.

El deseo, como el hambre, crece cuanto más se alimenta. Cuando me desposé con don Felipe, me sentía yo henchida de esperanzas y de cierto miedo, porque por mucho que hubiera aprendido en los juegos de amor anteriores, me faltaba la entrega más importante, aquella que debía sellarse en mi noche de bodas.

No llegó. Las primeras semanas me mordía las uñas, impaciente, con la sangre hirviendo ante la simple presencia de don Felipe. Me revolvía hacia él cuando compartíamos el lecho, hasta que me enfriaban rápidamente su fría cortesía y la espalda vuelta a mis ojos y mis trucos, que de pronto parecían muy humildes.

– Buenas noches, señora.

– Buenas noches.

Para lo que me valió haberla conservado, hubiera podido entregar mi virginidad a Haakon, a Gudleik. Se la hubiera podido regalar a Ivar. Nadie me pidió pruebas de ella, y a nadie le importó que no la perdiera.

Cuando me despedí de Ivar, mi alma no sólo lloraba el desgajarse por completo de mi país, sino también mis noches estériles, tan distintas de las que durante mi viaje me habían mantenido despierta y risueña.

– No os vayáis tan pronto -le supliqué-. No me dejéis sola. ¿Qué voy a hacer sin vos?

El esbozó una sonrisa.

– Os han casado con un buen galán. Aprovechadlo, ya que al viejo no lo quisisteis.

– Continuáis siendo celoso, aunque muchas veces os lo he reprochado, que es defecto que no perdono en un caballero. Ése es un comentario cruel.

– Acostumbraos. A mí no habéis de verme más. Cuando regrese de la embajada en Tierra Santa, me casaré. Es condesa, y aún muy joven, y dicen que muy bella. Le enseñaré lo que he aprendido de vos: a no tener en cuenta las emociones; a no hacer excepción a vuestra disciplina; a marchar adelante, siempre adelante. Aunque dejéis por el camino un reguero de sangre, vos os comportáis como una auténtica princesa. Vamos, reponeos, doña Cristina. Habéis preferido a un barbilindo segundón. Hoy es la primera ocasión en la que os veo llorar, y no es digno que lo hagáis porque se os marcha vuestro escudero. Aferrad ese trozo de hielo que tenéis por entrañas, y que os congele las lágrimas. Las mías se secaron hace mucho tiempo por vuestra culpa.

Cuando llegaron mis dueñas para desnudarme, la hinchazón de mis ojos había desaparecido, y para cuando mi esposo se acostó, ya había recuperado la serenidad. Pero durante los siguientes meses mi pecho se deshizo. Murmuraba su nombre con tanta frecuencia que sentí miedo a ser descubierta. Luego, con el tiempo y sus trabajos, pensaba en él con menos frecuencia. Cuando llegó a Sevilla la noticia de que había muerto le lloré sinceramente.

– ¿Quién era? -me preguntó doña Inés, cuando me vio tan apenada.

– Uno de los caballeros de mi escolta. Un hombre recto. Un hombre bueno.

Nunca le amé como a Haakon, pero si incluso a mi hermano le he relegado al olvido, si han pasado días y días en los que no le he recordado en una oración o en un pensamiento, ¿qué le quedará al pobre Ivar? En ocasiones, Dios me perdone, le aborrezco y le deseo una larga estancia en el Purgatorio: un año por cada una de las odiosas palabras con las que me castigó antes de marcharse.

Mi hermano Sigurd será el único de mis parientes a quien no encuentre en el Cielo, porque Dios castiga con más dureza a quien se arrebata la vida que a quien la roba, a quien le priva de su alma, justamente ganada, que a quien envenena, miente o asesina, y todos sabemos que de ellos hay abundancia en mi familia, y quién sabe entre aquellos que, sin ser familia, se nos atribuyen.

O quizás no.

Quizás fueron los alemanes…, los ingleses…

Creo que, por un instante, me quedé dormida. He de ser muy cuidadosa y no morir de la manera engañosa en la que Olaf lo hizo, porque aún he de despedirme de mis recuerdos, y no quiero morir antes de hacerlo y de deleitarme en lo poco que me queda. Ha oscurecido por completo, y el silencio, fuera de mi cuarto, resulta extraño. Nadie ha venido a verme. Tal vez entre las dueñas y los esclavos se ha corrido el rumor de que agonizo. O de que he descubierto a doña Inés.

Quizás ya lo sabían; puede que lo supieran todos en la casa y lo atribuyeran a un justo castigo por las veces en las que los mandé azotar, por la mutilación del chico de Berbería y la Muda, por otras ofensas que las mentes de los servidores conservan con peculiar encono. Ni siquiera escucho el rumor de la fuente. De cuando en cuando oigo un silbido irregular, bronco. Entonces me doy cuenta de que es mi respiración.

San Olav, a quien tanta devoción tuve, o quizás san Fernando, mi suegro, o cualquiera de nuestros abundantes santos familiares me conceden la merced de morir en paz y serena, y lúcida. No necesito a ese odioso abad para la confesión general. Ya no siento dolores. Ni siquiera noto el peso de las piernas, de los brazos. Sólo mi pensamiento es libre, y vuela ligero.

Le he indicado a Baruch de Estella que es mi deseo que me entierren en Sevilla, pero lo hice antes de aprender que mi verdugo era mi marido. Ahora no quisiera que el infante viera mi tumba, ni siquiera que me recordara, viva o muerta. Hace demasiado calor en Sevilla, y no puedo soñar con que devuelvan mi cuerpo a Bergen, para descansar bajo un árbol, cerca de un fiordo. Ah, entregar mi cadáver a un fiordo, como un secreto nunca revelado.

Me llamaban «la flor del Norte». «El regalo dorado.» Luego fui, simplemente, «la extranjera», y, en los últimos meses, «la pobre doña Cristina». Da igual mi nombre. Los gatos, los vencidos y los dioses nuevos nunca tienen nombre, de la misma manera que las buenas reinas sólo tienen eso, su nombre. Sólo queda eso tras ellas. No lo he olvidado. No lo he olvidado.

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