Espido Freire - La Flor Del Norte

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Novela histórica que nos descubre la desgarradora vida de Kristina Haakonardóttir, la joven princesa de Noruega convertida a la fuerza en infanta de Castilla al desposarse con don Felipe, hermano de Alfoso X El Sabio. Kristina partirá desde sus frías tierras del norte en un viaje hacia Castilla para acabar, fi nalmente, en una Sevilla que comienza a florecer y que le sorprende con costumbres, colores y sensaciones nuevas para ella. Pero todos sus descubrimientos estarán impregnados de sufrimiento y agonía por un destino inevitable a la que su misteriosa enfermedad la conduce. La pobre Kristina morirá traicionada y repudiada lejos de su hogar, entre un pueblo que siempre la vio como la Extranjera. «Me llamo Kristin Haakonardóttir, hija y nieta de reyes, princesa de Noruega, infanta de Castilla. Me llamaban La flor del norte, El regalo dorado, La extranjera, y, en los últimos meses, La pobre doña Cristina»

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– Deberíamos -insistía mi hermano Haakon-, deberíamos., deberíamos…

La atención de los reyes se volvió a las ciudades alemanas de la Liga Hanseática, y en especial al puerto de Lübeck, la ciudad de las siete torres. A través de Lübeck podía importarse el cereal del Báltico en menos tiempo y a menor precio, y, a su vez, nuestro pescado, más barato y en mejor estado que el danés que les llegaba, podría servir de moneda de cambio.

– Deberíamos casar a Kristina.

– Aún no. Es demasiado pronto. Reservémosla.

Pactó, guiada por la necesidad, mi familia con Federico II, al que debían obediencia los de Lübeck, una serie de contratos que nos garantizaban el grano. Pero murió Federico II, y murió su sucesor, y el rey de Castilla, que era hijo de alemana, reclamó entonces el condado de Suabia, la corona de emperador y con ello el control de Lübeck.

– Que Elías y Knut partan hacia Castilla y que hablen con el rey Alfonso de la ayuda y el apoyo que podemos prestarle, siempre que nos garantice, cuando sea coronado, el control del puerto alemán.

Y así fue como Knut Haakoson partió hacia Castilla con un barco lleno de pájaros, el apoyo incondicional al Fecho del Imperio y la oferta de sellarlo con mi mano. Noruega recibiría el trigo, y don Alfonso, ayuda. Nada de ello quedaba cerrado. Muchas cosas debían transcurrir para que ese hecho se diera, para que los barcos del Báltico inundaran de grano dorado las ciudades noruegas y para que el rey, frente a la oposición de Inglaterra y la opinión variable del papado, fuera ungido. Por lo tanto, no merecía la pena sellarlo con una prenda de excesivo valor.

Una princesa para un infante. Que fuera Haakon y no el rey padre el que me entregara, para que salvara las apariencias frente a los otros aspirantes al Imperio. Quizás fueron entonces los alemanes, o los ingleses, y no Magnus, quién sabe, los que asesinaron a mi hermano, al que sabían cercano a la causa castellana. Tal vez me he dejado llevar en exceso por la imaginación, atenazada por enemigos como me hallo, y culpe a mi hermanito de un pecado mortal del que ni siquiera tiene idea.

Fuera como fuera, resultó muerto días después mi hermano, mi amado, mi brillante estratega, demasiado confiado, como yo, para rodearse de catadores y escuderos.

Debió pactarse entonces, todo encaja, que este enlace y esta princesa pasaran desapercibidos, pero que sirviera como un peón que pudiera convertirse en reina, llegado el momento. Don Alfonso no será emperador, y yo muero sin haber serado de nada. Qué mala apuesta. Y yo que creía dominar el ajedrez. Qué mal jugado. Qué hiedra inútil se desarraiga de la pared.

Pide permiso mi marido para verme, y se lo concedo. Con el paso ligero al que me he acostumbrado, se inclina sobre mí y me besa en los ojos.

– ¿Cómo os sentís?

– Tan mal como aparento -digo, por costumbre.

– He hablado con doña Inés.

Pese a lo que sé, me resulta imposible odiarle. Las historias, como los árboles, cuentan con capas, y mi rencor no ha atravesado aún las que restan para llegar a mi marido. Es tan apuesto que el corazón se regocija al mirarlo. Cuentan que el demonio fue el más bello ángel. Así se vale Dios de nuestra vanidad, para enamorarnos de la hermosura y que nos engañemos y arrepintamos.

– La tenéis engañada -digo, con una débil sonrisa, y me doy cuenta de que mi voz es ronca y débil.

– Sí -reconoce él.

– ¿Qué haréis con ella, luego, una vez muerta yo?

– No lo sé. -Frunce el ceño, y ladea la cabeza-. A veces siento que no puedo vivir sin ella. Otras veces la estrangularía con mis propias manos. Desde que la conocí, creo en las brujas. Sé que la he amado porque no ha sido nunca del todo mía, pero cuando pueda tenerla, sospecho que mi capricho se desvanecerá pronto.

Suspiro. El suspira conmigo.

– Eso es lo que siempre os ocurre a los hombres.

– Al menos, es lo que me ocurre a mí.

– Os convendría una noble -digo.

– Sí. Lo sé. Una de las Castro. El tiempo dirá. Vos no os preocupéis ahora por esto.

Me coge en volandas y, como a una niña, me sienta en su regazo. Yo desaparezco entre sus brazos. ¿Fue siempre tan alto don Felipe?

– Lamento haberos hecho sufrir -confiesa-. Nunca sospeché que el tósigo causara tanto daño ni que opusierais tanta resistencia. Se os veía tan delgada y frágil…

– Soy de una raza fuerte.

– Ya lo sé. ¿Me perdonáis, doña Cristina?

Intento sonreír.

– No. El único gusto que os he pedido, mi capilla a san Olav, me lo habéis negado.

– No encontré tiempo para ello. Los días pasan volando y siempre he tenido algo más importante a lo que atender. Ya lo haré, descuidad. ¿No me guardáis más reproches, hermosa?

Mantenemos, por primera vez en cuatro años, una conversación de enamorados.

– Si me detengo a pensarlo, sin duda encontraré alguno.

– No afeéis vuestra frente pensando de esa manera.

– Mucho he de pensar para que mi frente se afee aún más.

El infante entierra la nariz en mi cuello.

– Nunca os he tocado. Por mi culpa, vais a morir sin la dicha de haber conocido varón.

– No creo que me pierda demasiado.

– Eso depende del varón.

Ah, la vanidad masculina.

– ¿Me estáis cortejando, don Felipe?

El infante se levanta de mi asiento, conmigo aún en brazos. Desde lo alto, antes de que me deposite en el lecho, acierto a ver dos tapices, mis pieles arrojadas a los pies de la cama, la pequeña arqueta en la que siempre he guardado mis joyas. Coloca mi cabeza sobre un almohadón y se coloca a horcajadas sobre mí. Sus ojos, con las vetas doradas que reptan en el fondo, me miran muy de cerca.

– Aún hay tiempo para recuperar lo perdido.

Como tantas otras veces, iniciamos el juego de los cordones, con la diferencia de que en esta ocasión es él quien me afloja el corpiño, quien se suelta la camisa. Entonces, a mi mente acuden voces, imágenes, cenas en las que no me dirigían la palabra, y mi enorme tristeza, mi búsqueda constante de en qué me había equivocado, qué hacía mal, cómo podía ser que no me amara. Surge su espalda a caballo en cada ocasión en la que se alejaba, camino de Sevilla, y mis atardeceres solitarios, cada vez más enferma.

– No -digo yo. Y repito otra vez-: No. -Se detiene, sorprendido-. No os molestéis, don Felipe. Ya me habéis hecho suficientes favores.

Si lo deseara, podría continuar. Sólo visto una camisa, carezco de fuerzas, puede dominarme con una mano y taparme la boca con la otra. Sin embargo, se detiene. Mi rechazo le ha herido en el orgullo, el exquisito orgullo de los hombres castellanos. Con ademán airado, se ata el cuello y se ajusta de nuevo las calzas. Se vuelve para mirarme.

– Nunca, mientras yo viva, se alzará esa iglesia.

– Entonces, me ocuparé desde donde me encuentre de que no encontréis ni calma ni consuelo.

– Nunca me han hecho falta. -Y noto en su voz un temblor ridículo, algo agudo, el olor de la ofensa. Termina de vestirse y se inclina sobre mí-. Me habéis amargado la vida -me susurra, al oído, antes de irse.

Oscurece lentamente, y en mi cuarto sólo el ventanuco ofrece un rectángulo de luz. Exhausta, con casi todos los eslabones de la cadena en su lugar, saboreo el pobre triunfo de haber humillado dos veces en mi vida a don Felipe. La última, por ese no que le ha bajado al mismo tiempo el engreimiento y la virilidad. La otra, por llevarme conmigo el secreto de los juegos de amores, por haber jugado tan bien, al menos en ese aspecto, con mi aspecto de inocencia y de desconocimiento.

Los juegos comenzaron hace mucho tiempo, y me habló de ellos mi hermana Cecilia, que, como en tantas otras cosas, abría mis ojos a realidades ante las cuales mi madre me colocaba una venda.

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