Espido Freire - La Flor Del Norte

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Novela histórica que nos descubre la desgarradora vida de Kristina Haakonardóttir, la joven princesa de Noruega convertida a la fuerza en infanta de Castilla al desposarse con don Felipe, hermano de Alfoso X El Sabio. Kristina partirá desde sus frías tierras del norte en un viaje hacia Castilla para acabar, fi nalmente, en una Sevilla que comienza a florecer y que le sorprende con costumbres, colores y sensaciones nuevas para ella. Pero todos sus descubrimientos estarán impregnados de sufrimiento y agonía por un destino inevitable a la que su misteriosa enfermedad la conduce. La pobre Kristina morirá traicionada y repudiada lejos de su hogar, entre un pueblo que siempre la vio como la Extranjera. «Me llamo Kristin Haakonardóttir, hija y nieta de reyes, princesa de Noruega, infanta de Castilla. Me llamaban La flor del norte, El regalo dorado, La extranjera, y, en los últimos meses, La pobre doña Cristina»

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– He de contarte algo.

– Ay, Cecilia. Ya basta de secretos. Sé clara.

Acababa de casarse con su segundo marido, pero aún aguardábamos a que los vientos que la llevarían a las Hébridas fueran favorables. Aprovechábamos juntas los pocos momentos que nos quedaban, sin saber que serían los últimos, y conspirábamos como si tuviéramos la misma edad y los mismos intereses.

– No eres ya una niña, pero tendrás que correr mucho para aventajarme -me dijo-. Yo he conseguido dos maridos, y tú aún no has cazado ninguno.

– Mi padre proveerá. Aún soy joven.

– No tanto. Los años vuelan. Mírame a mí, en el último se me han cubierto de arrugas las comisuras de los ojos. -Sonrió, forzando el gesto, y una red de marcas delicadísimas le recorrieron las sienes-. ¿Has tomado ya algún amante?

– ¿Estás loca? -contesté, riéndome-. ¿Crees que quiero que mi madre me mate?

– Deberías hacerlo.

– No quiero acabar mi vida tan pronto. Gracias.

– Si algo he aprendido a mis años -dijo ella- es que cada instante robado al placer es un momento inútil. Sin aviso, como un ladrón, llega la muerte y te arrebata todo, lo que obtuviste y lo que dejaste por hacer. De todos los errores que puedes cometer, no caigas en ése.

Las dos pensábamos en muertos queridos.

– No puedo elegir un amante -expliqué, repentinamente seria-. Quizás contigo hayan sido más permisivos, pero a mí me destinan a un puesto más alto. Es probable que hagan verificar mi virginidad.

– Hay otros modos.

– Ya los conozco; y no quiero que la Bruja me remiende, como a un tambor.

– Hay otros modos -insistió ella-, y te dejarán tan intacta y doncella como a María Santísima.

– Te escucho.

Jugó un poco conmigo.

– Pensándolo bien, no sé si te encuentras preparada… Y si mi madre nos descubre, nos mataría a ambas.

– Cecilia, no seas cruel.

Me explicó entonces las distintas maneras en las que podían ajuntarse un hombre y una mujer, unidos o no por lazos sagrados, y de qué forma burlar las preñeces y gozar de las obligaciones del matrimonio. Me mostré tan asustada y fascinada como cuando me había contado de qué manera montaban mis padres uno sobre el otro, y cómo eso era lo que traía hijos al mundo.

– Pero eso es… eso es impío. ¡No puede resultar placentero! ¡Dios nos dio un agujero a la mujer para ese fin!

– Si Dios quisiera que únicamente usáramos ese agujero -dijo entre carcajadas-, ¿para qué nos daría otros?

– ¡Eres terrible!

Luego, volviendo a la serenidad, me recomendó:

– No obstante, has de ser sensata y elegir con cabeza, no vayas a ser luego chantajeada o tratada con poca delicadeza. Tu primer amante debería ser Haakon. Al fin y al cabo, es tu hermano mayor y tu rey, y, tanto por las antiguas leyes como por las nuevas, tiene derechos adquiridos sobre ti.

– Prefiero morirme antes que insinuarle algo así. ¿Con qué palabras? ¿De qué manera?

Agitó las manos, desesperada ante mi ineptitud.

– ¿Qué amor o qué confianza te unen a tu hermano, que no eres capaz de hablarle con claridad?

– Todo el amor, y toda la confianza. Pero…

Cecilia me vio azorada y se compadeció de mí.

– Yo hablaré con Haakon, si tantas dificultades encuentras. Pero con esto, recuerda que te obligas a un favor.

Esa noche, Haakon llamó a mi cuarto.

– ¿Duermes?

– No…

– ¿Deseas dormir?

– No -repetí, y le cogí las manos-. No te vayas.

Llevó mis dedos a sus labios y los cubrió de besos. Ésa fue la primera ocasión en la que compartió mi lecho. Con la calma de un maestro, me enseñó a respirar con calma, a mantener el cuerpo flexible, y luego, cuando fuera preciso, tensarlo, el uso de los aceites de frío y los aceites de calor.

En su espalda, una cicatriz larga, que Cecilia le había cosido a puntadas menudas, parecía la trayectoria de una puñalada.

– Me alegro de haber atendido los consejos de Cecilia -le dije.

– Yo también.

– ¿Cuánto tiempo más continuaré en Noruega, Haakon?

– Aún algo más. Debemos aprovecharlo bien.

Me hablaba del rey Alfonso de Castilla, a quien me destinaba. Comparábamos nuestras manos y nuestros pies, copias idénticas en tamaños distintos, me cubría la cara y el pecho de besos y luego se marchaba, porque su mujer le aguardaba y no quería irritarla; Riquilda se mostraba muy celosa por nuestra intimidad.

– En Suecia, los hermanos y las hermanas no se dedican tanta atención.

– Porque sois un pueblo bárbaro, que nada sabe de los lazos de sangre, ni los respeta.

– ¿Por qué baja la princesa a recibir al heredero? -se quejaba a mi madre-. Bien está que lo haga la reina, y la futura reina, pero ¿por qué ella?

– Porque Haakon así lo quiere, y así se ha hecho siempre. Es nuestra obligación conservar las tradiciones, y cuando no las hay, crearlas.

Riquilda observaba el rostro de Haakon al verme, el tiempo en el que me mantenía abrazada a él, y lo contaba con la avaricia de una vieja.

– Ay, quiera el Cielo que la casen de una vez y con ello se aleje de mi vida.

– Eso debieron de pensar en Suecia cuando os empaquetaron para mi reino.

Si mi madre sospechó algo, nunca lo dijo. Pronto las noticias y el duelo por el naufragio de Cecilia ocuparon su atención, y yo, por mi parte, mientras que Riquilda mostraba el pecho y el cuello con sus vestidos franceses, me mostraba más estricta y más casta que nunca ante los ojos ajenos.

Haakon y yo nos consolamos de la pérdida de nuestra hermana a escondidas, con besos que parecían dentelladas, como si en su recuerdo intentáramos que el placer compitiera con el dolor y lo venciera.

– Prométeme que me dejarás permanecer a tu lado un año más -suplicaba yo, colgándome de su cuello.

No hubo, ni habrá nunca, caballero como mi hermano Haakon.

– No podría casarte antes, aunque lo deseara. Si la aragonesa sigue yerma un año más, habrá esperanzas para que el rey Alfonso la repudie; pero aún no puedo enviarte allí. Mientras tanto, harás bien en formarte en las disciplinas que sean de su agrado. Te enviaré a Gudleik. Es un hombre delicado, y te enseñará a complacer a tu marido al estilo del sur, como hacen con los poetas en las cortes de Francia y España.

– Pero… no me abandonarás, ¿verdad?

– Por supuesto que no. De lo que él te enseñe, también me beneficiaré yo.

Jan Gudleik, tan tímido que se ruborizaba como una muchacha cuando debía hablar sin ayuda del verso, me adentró en el mundo de las prendas y los chantajes de amor y me enseñó a componer poemas que lo dijeran todo sin decir nada.

– Tenéis» talento para versificar, princesa -me alababa-. Ninguna de las otras doncellas puede alcanzaros.

– Me aduláis.

– Nunca adulo cuando hablo de poesía. Me sobran los modos para hacerlo en otros campos.

Supe por él, en suma, todo el placer que podía procurar la boca, tanto con sus palabras como con su uso en otras formas, y tan gustoso e inocente que ningún mal podía procurarme.

La primera vez que su lengua rozó la carne tierna que se ocultaba bajo mi vello púbico creí morir: desprevenida, di un grito, que no tuve tiempo de ahogar bajo mi mano. Contuvimos la respiración, seguros de que alguien debía haberme escuchado, pero la noche se mantuvo silenciosa y oscura.

– ¿Deseáis que continúe? -preguntó, en voz baja.

– No deseo otra cosa -respondí, aún agitada.

Cuando, un par de noches más tarde, le enseñé lo aprendido a mi hermano, él también contuvo un alarido mientras se vaciaba en mi boca.

– Por Dios -resopló-, qué bien hice atrayendo a los poetas a esta corte.

Contuvimos la risa, y me atrajo hacia su pecho.

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