Espido Freire - La Flor Del Norte

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Novela histórica que nos descubre la desgarradora vida de Kristina Haakonardóttir, la joven princesa de Noruega convertida a la fuerza en infanta de Castilla al desposarse con don Felipe, hermano de Alfoso X El Sabio. Kristina partirá desde sus frías tierras del norte en un viaje hacia Castilla para acabar, fi nalmente, en una Sevilla que comienza a florecer y que le sorprende con costumbres, colores y sensaciones nuevas para ella. Pero todos sus descubrimientos estarán impregnados de sufrimiento y agonía por un destino inevitable a la que su misteriosa enfermedad la conduce. La pobre Kristina morirá traicionada y repudiada lejos de su hogar, entre un pueblo que siempre la vio como la Extranjera. «Me llamo Kristin Haakonardóttir, hija y nieta de reyes, princesa de Noruega, infanta de Castilla. Me llamaban La flor del norte, El regalo dorado, La extranjera, y, en los últimos meses, La pobre doña Cristina»

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Si ella debía lo que tenía al juicio de Dios, a su mano imbatible y su fuerza de voluntad, yo vivía en un reino en el que la única ordalía de los últimos años había tenido lugar para elegir qué rito debiera imperar en la Iglesia, si el romano o el toledano. Se libró en Burgos, un Domingo de Ramos.

Mientras los caballeros defensores batallaban entre ellos, se prendió una hoguera de leña en la plaza principal, y a ella se arrojaron dos misales, el que contenía el oficio romano, y otro, bien guarnecido, que llevaba escrito, palabra por palabra, el toledano. Si uno de los misales no se quemaba, era ése el que triunfaría en las iglesias. Por caprichos del fuego, el toledano saltó fuera del suelo. Y el rey (algunos dicen que no fue él, sino un emisario real), de una patada, sin respeto por el santo texto, lo devolvió al fuego, donde se consumió. De lo que se deduce lo que siempre hemos sabido de los juicios de Dios, que donde impera voluntad real, obedecen las leyes del Cielo.

¿Quién se beneficiaba de la muerte de Haakon? Sólo una persona: el pequeño Magnus. Quiero decir, Su Majestad, el rey Magnus de Noruega.

Lo vimos crecer con la atención fijada en otras gracias, en otros avances. Nunca guardó demasiada relación con Sigurd ni con Cecilia, con quienes la diferencia de edad era dilatada. Tampoco se acercó demasiado a Haakon, cuyos deberes como heredero eran tantos y tan pesados que se le marcaban aparte. Olaf no le sirvió de apoyo, perdido en las tinieblas de su ceguera, encerrado, como yo ahora, en su triste cámara.

En cuanto a mí, Magnus fue mi juguete durante algunos años. Lo llevaba conmigo a todas partes, me enorgullecía su semblante serio y su precocidad de entendimiento. Luego, cuando me hice mujer, lo abandoné. No sé cómo. No recuerdo cómo. Otros juegos más fascinantes me ocuparon. Magnus, sencillamente, desapareció.

No lo veía cuando salíamos a recibir a Haakon las tres damas principales de la corte, cada una con su refresco. No obtenía demasiada atención en los pocos torneos en los que se le permitía participar, ni tampoco destacaba en los juegos de versos. Durante años pasó desapercibido, sentado en los lugares menores de la mesa, mientras estudiaba y se formaba, con toda probabilidad, para la Iglesia.

Llevaba sangre birkebeiner y bagler. Sangre de asesino, como todos nosotros. Sangre cainita; vio cómo mi madre le negaba a su hermano un tercio del reino, y cómo celebró su muerte. Nosotros le mostramos el ejemplo. Cuando despedazamos el cuerpo de Sigurd, cuando nos negamos a la piedad para los jóvenes poseedores de salinas que solicitaban merced, él observaba, y alimentaba con esa ponzoña su corazón.

Sólo teníamos ojos para Haakon, y nos arrancó los ojos.

Necesitaría cómplices. El se mantuvo a nuestro lado mientras Haakon cabalgaba hacia los cotos. No fueron muchos los caballeros que le acompañaron. Ivar se contaba entre ellos. ¿Podría Ivar haberle traicionado? La dama de alta alcurnia a la que estaba destinado, ¿se la había conseguido Haakon, poco dado a esas labores, o Magnus, que por el contrario destacaba, como mi padre, en la visión para los enlaces familiares?

Magnus hubiera tenido fácil acceso al Acqua Nefanda. A diferencia de los míos, de los de mi madre, de los de Haakon, sus movimientos no llamaban la atención. Y la Bruja, a la que mi madre había llevado a todos sus hijos, era una conocida envenenadora. Envenenadora, partera, remendadora de virgos, lectora de runas y de augurios.

¿Qué le profetizaría a Magnus? ¿Cuántas veces se reunirían ambos, para beber aquella tisana que aligeraba la cabeza y dilataba las pupilas? ¿Con qué planes, con qué futuro? Nada adivinó de mis dorados pronósticos.

Un puro engaño, como mi padre dijo. Pero ¿y del de Magnus?

Con cuánta rapidez se rehízo, admiramos. Mientras mi madre zanjaba sus cuentas pendientes con el fantasma de Kanja, y mi padre inclinaba su noble cabeza, abrumado de nuevo por el poder en solitario, él tomó la carga que no le estaba destinada y la asumió. Escuchó los llantos del pueblo, que invocaba el nombre de Haakon y prendía velas para guiar su alma. Y luego, con serenidad, con toda calma, se sentó en su silla, en el lugar principal de la mesa.

La abuela tuvo que haberlo sabido. Puede que incluso la idea partiera de ella. Todos la habíamos decepcionado. Cecilia, por obligarle, a ella y a mi padre, a buscarle otro marido cuando ya le habían destinado el bagler; Sigurd, de voluntad débil y espíritu torturado; Olaf, a quien ni siquiera dedicaba un instante; yo, que no parecía servir para ningún trato real, o provechoso, o adecuado; Haakon, irreflexivo e impulsivo, mucho más inteligente que mi padre y libre de sus inseguridades, y, por lo tanto, menos deseoso que él de dejarse guiar por los juicios de la abuela Inga.

Magnus, callado, silencioso, taimado, era como ella: un superviviente que no alardeaba, un escorpión agazapado en una esquina, tan inflexible como ella, e igual de ambicioso.

Mi abuela sí miraba a Magnus. Mi abuela, a la que no se le escapaba nada de lo que ocurriera a su alrededor, no se dejaba deslumbrar y se dirigía hacia lo que deseaba como una flecha que busca el blanco. Siempre había logrado lo que buscaba.

La imaginé envuelta en sus sedas de siempre, con el peto de ámbar que le gustaba, caminando sin prisa por los pasillos del palacio de Bergen. La vi alimentando al leopardo con Magnus, los dos cabeza con cabeza, mientras mi padre lamentaba la ausencia de Haakon, con quien tan bien se entendía, y mi madre, sin nada ya que hacer, con demasiado tiempo ante sí y nada con lo que llenarlo, no aconsejaba, no decidía, no veía. El poder siempre había estado en las manos de la abuela Inga; y ahora se encontraba, también, en quien ella había designado. Y, mientras tanto, nosotros escuchábamos las hazañas de los reyes antiguos y olvidábamos que éramos nosotras, Astrid la Rubia, Kanja la Joven, Inga la Santa, las que habíamos dicho éste es mi hijo, éste será vuestro próximo rey.

Si mi bisabuelo, el rey Sverre hubiera tenido quien le cantara, como ocurre ahora con los reyes modernos, nos hubiera legado también valiosas lecciones.

De él, criado en un monasterio y excomulgado en el día de su muerte, hubiera aprendido a ejercitar la paciencia y a no esperar demasiado de quienes en un inicio parecían nuestros amigos y aliados. Hubiera aprendido a pactar con los enemigos de uno en uno, aun cuando pareciera que con eso se adelantaba poco y se deseara acabar de una vez.

Durante estos años he pensado qué decirle al rey Alfonso y cómo ganar su favor con consejos y estrategias que nunca tuve la oportunidad de desplegar, cuando tendría que haberme aconsejado a mí misma. Señor -fantaseé con que le diría mil veces-, tomad ejemplo del rey de Navarra, que no sólo saca provecho de su situación, tan dulce, en pleno camino de San lago, sino que además da prebendas a quienes desean dirigirse al norte. Tenemos al sur en guerra y al norte como amigo. Mirad hacia el norte, entonces. -Y no reparaba en que tenía al sur en guerra y el norte lejano, muy lejano.

Yo pensaba en cómo salvar el reino de Castilla y, mientras tanto, me dejaba envenenar. Era yo quien, ignorante de que me encontraba al borde de un precipicio, me empeñaba en asomarme a él para coger una flor en su extremo. Como don Alfonso, miraba las estrellas, sin fijarme en las trampas a mis pies.

Un reino que deja morir de hambre a sus súbditos mientras el rey legisla los correajes de los caballos, que quema los libros mientras pide prestado dinero a los infieles que ignoran la palabra de Dios, ofrece unos peligros que yo debí observar y de los que debí aprender. Pero era una extranjera en tierra nueva, una mujer ignorante y sola, y confiada en mis fuerzas y en mi belleza.

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