Espido Freire - La Flor Del Norte

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Novela histórica que nos descubre la desgarradora vida de Kristina Haakonardóttir, la joven princesa de Noruega convertida a la fuerza en infanta de Castilla al desposarse con don Felipe, hermano de Alfoso X El Sabio. Kristina partirá desde sus frías tierras del norte en un viaje hacia Castilla para acabar, fi nalmente, en una Sevilla que comienza a florecer y que le sorprende con costumbres, colores y sensaciones nuevas para ella. Pero todos sus descubrimientos estarán impregnados de sufrimiento y agonía por un destino inevitable a la que su misteriosa enfermedad la conduce. La pobre Kristina morirá traicionada y repudiada lejos de su hogar, entre un pueblo que siempre la vio como la Extranjera. «Me llamo Kristin Haakonardóttir, hija y nieta de reyes, princesa de Noruega, infanta de Castilla. Me llamaban La flor del norte, El regalo dorado, La extranjera, y, en los últimos meses, La pobre doña Cristina»

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Hace de esto cinco días: algo de verdad debe de haber en que el mercurio vacía el cerebro, porque soy una nuez hueca, que piensa con pausas entre las frases, que regresa una y otra vez a la misma idea. Nunca fui muy lista, pero no creo haber sido siempre tan tonta como soy ahora.

Castilla me envenenaba, pero ¿quién? ¿Quién de ellos podría odiarme tanto, quién podría ambicionar lo poco que tenía, una gota de agua frente a sus mares, yo, que ni siquiera tenía hijos y no era, por lo tanto, un peligro, que nunca había intrigado, ni hecho ningún mal?

¿Qué error había cometido para que alguien, lentamente, me viera apagarme y dolerme, y dispusiera que aún había de sufrir más antes de mi muerte?

¿Y quién había envenenado a mi hermano? ¿Quién se había beneficiado de ello, si todos salimos perdiendo?

Cuando se convocaron las Cortes en Sevilla y aquí vinieron los infantes, sus acompañantes y, finalmente, los reyes, doña Violante se alegró tanto de encontrarme enferma como el resto de la comitiva se horrorizó. Acostumbrada a verme cada día un poco más débil, y a un espejo sincero, no fue agradable que me compadecieran y desviaran la mirada.

– Os dije que comierais bien -me dijo mi cuñada, mientras repasaba la labor de aguja que yo le entregaba, para que sus cada vez más numerosos niños tuvieran prendas cosidas por manos reales-, y, como en todo, no me habéis hecho caso. Estáis tan flaca y amarilla como mi hermana doña Constanza. Es una lástima, erais hermosa… ¿Tan malos os parecen nuestros alimentos, que no queréis probarlos? Os traía a vuestra ahijada, doña Leonor, para que os conociera, pero es una niña impresionable, y no deseo que os recuerde así. Prefiero que mantenga la idea de que erais una mujer alta y bien formada. Aunque no lo sé…, quizás sea desalmado por mi parte el privaros de la compañía de la niña, ya que vos os habéis probado incapaz de concebir una. Seré generosa. Ya os la mandaré otro día.

Estaba tan acostumbrada a su lengua que ya nada me importaba. Durante las pocas ocasiones en las que me vio en Sevilla, mientras se hospedaban con frugalidad en el alcázar, se esmeró en buscar ofensas nuevas, pero yo ya me encontraba fuera de su alcance. Me concentraba en otra cosa, en el aroma de azahar, en las mariposas que se perseguían por los patios. Ella intrigaba, pobre mujer, mientras yo decidía sobre mi pequeño imperio. Pobre, cruel, estúpida Violante, que hubiera sido un buen general para mandar sobre los ejércitos, y se ha visto obligada a tragar su propia bilis y a macerarse en su propio odio.

Don Alfonso me felicitó por mi buen manejo del castellano, que no esperaba de mí, y se mostró distraído con mi esposo y cortés conmigo.

– ¿Sois feliz aquí?

– Todo cuanto una mujer puede serlo.

– ¿Mi hermano, el infante, os trata con consideración?

– Con absoluta consideración y gracia… cuando sus obligaciones no le imponen abandonar la casa.

– Ya veo.

De sobra conocía que las relaciones entre los dos hermanos no habían mejorado desde nuestra boda y que las amistades de don Felipe no placían al rey. El monarca, además, estaba disgustado por el proceder ostentoso de su hermano don Sancho, que había ofendido con su orgullo al obispo de Sevilla, y se le oía quejarse de que sus hermanos sólo le causaban penas.

– Una familia extensa era, en tiempos antiguos, una bendición de Dios. A mí se me ha dado como prueba, para que aprecie la soledad y el estudio, y como enseñanza para que no desespere cuando la muerte se lleve a alguno de ellos.

Le cedimos nuestro cuarto cuando nos hizo el honor de mudarse por unos días a nuestra casa de las afueras, y, apoyada en el hombro de la Muda, le mostré las despensas y el patio, las caballerizas y toda mi labor.

– Sabréis disculpar nuestra humildad…

– Sin melindres, doña Cristina, sin melindres.

Tuve el orgullo de acompañarle a nuestra biblioteca, que, como correspondía a un infante que había sido hombre de la Iglesia, era numerosa. Contaba con cuarenta y un ejemplares, y no creo que hubiera en toda Sevilla otra que se le comparara.

– Tenéis el Dialogas contra iudaeos de Pedro Alonso -se admiró-. Antes de convertirse a la fe se había llamado Moshé Sefardí, y lo leo con frecuencia y con mucho agrado, por haber sido muy buen astrólogo y aritmético.

Por sugerencia de Baruch, nos habíamos hecho con una copia de los Fundamentos de la inteligencia y la torre de la fe, de Abraham Bar Hiyya, que yo nunca supe descifrar, pero que le arrancó otra sonrisa a don Alfonso.

– Sabéis, sin duda, que vuestro hermano don Magnus ha desposado a una princesa danesa -me dijo, mientras nos sentábamos en el patio interior y el negro, un morito y una esclava rubia nos atendían.

– Así es.

Magnus se había casado en septiembre con Ingeborg Eriksdatter, hija de reyes, de la que se contaba que era muy dulce y muy instruida, y que amaba la poesía. Claro que también de mí se dijo que dominaba el latín.

– Vuestro hermano será un gran rey -dijo el de Castilla-. Ha llegado al trono en el momento adecuado, y cuenta con los apoyos precisos. Sed mi anfitriona, doña Cristina, sentaos a mi lado y deleitadme, que nos vemos poco y por nuestras obligaciones sospecho que aún menos nos veremos.

Hice que los esclavos moros tocaran los instrumentos que eran propios de su tierra, y así, con buena comida y algo de refinamiento, atendí lo mejor que supe a mi señor y a su séquito. Les serví frutas, en primer lugar, higos de mis árboles, manzanas verdes y naranjas dulces y amargas. Carnero y torcaz, un besugo que había despertado la admiración en la cocina y, después de las viandas acostumbradas, nueces con miel.

– Recordáis bien mis gustos, pese al breve tiempo que vivisteis con nosotros.

– ¿Cómo olvidar nada referente a quien tan grande honor me hizo?

– ¿No teníais vos una gineta, señora?

– Sí, Majestad.

– ¿Ya no la tenéis?

– No, Majestad.

– Lástima. Se les coge cariño a esos animalillos.

En la conversación, le escuché con atención, como hacían todos, o fingían hacer, cuando el rey hablaba, y sólo una cosa le dije. Indagué si permanecía en su mente el Fecho del Imperio y si continuaba con la ambición de ceñir la corona de emperador.

– Así es, doña Cristina -contestó-, y si es vuestra intención afeármelo, ahorraos el esfuerzo, porque ya sabemos que han sido muchos empeños vanos los que llevamos; pero este año se verá completado mi deseo. Este año tengo una corazonada. Los astros son claros en ese aspecto, y he aprendido una manera nueva de leerlos. Y decidme quién os envía con esa pregunta, porque no creo que sea don Felipe, mi hermano, que bastante tiene con intrigar con esos Castro y esos Lara.

Lo dijo en voz suficientemente alta como para que mi marido, sentado a cierta distancia, lo escuchara; pero don Felipe hablaba con don Manuel y aparentó no haber sido aludido.

– También yo me sentaré en el trono del Imperio en buen momento -continuó-. Conquistamos Cádiz, que significa obtener dominio sobre Jerez, San Lucas de Barrameda, El Puerto, Palos, Moguer y Lepe. Los moros quedan acorralados en los altos y en el reino de Granada.

– Pero -dije yo- en tanto que eso ocurre, la gente huye, y nadie cultiva los campos.

Mientras movía a los moros, los mataba y los expulsaba, la tierra se quedaba muerta. Y don Alfonso no organizaba, a la par que la guerra, llamadas a la gente de otros lugares para que fueran allí a instalarse y así dar vida a lo que antes habían sido vegas y valles populosos.

– Acudirán poco a poco. No quiero despoblar Castilla para que se llene de gente el sur. Mientras cuente con el apoyo de Portugal y de Aragón, continuaré conquistando tierras. Antes de morir, mi padre el rey Santo me dijo que si mantenía el reino como lo había heredado, sería tan buen rey como él. Bien, pues yo lo convertiré en un imperio.

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