David Liss - La Conjura

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Una vez más, el aclamado autor David Liss combina su conocimiento de la historia con la intriga, atractivas caracterizaciones y un cautivador sentido de la ironía, que le permite sumergir al lector en una vivida recreación del Londres de la época y componer un colorido tapiz de las intrigas políticas, los contrastes sociales y la picaresca reinante.
«Los lectores de El mercader de café, y los amantes de la novela histórica y de intriga disfrutarán con la fascinante ambientación, los irónicos diálogos y la picaresca de un héroe inolvidable.»
Benjamin Weaver, judío de extracción humilde, ex boxeador y cazarrecompensas, es acusado injustamente de haber cometido un asesinato, y que se convertirá en un improvisado detective con imaginativos recursos. Conforme avance en su investigación, comenzará a emerger el turbio mundo portuario, la corrupción política y la sed de poder.

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Cogí un vaso que supuse sería de Dogmill y vacié su contenido en el suelo duro y sucio. Acto seguido me serví vino de la botella y bebí.

– Bueno, pues me habéis ahorrado la molestia de informaros de vuestra situación. Ahora podemos llegar a un acuerdo.

Dogmill golpeó la mesa con la palma con tanta fuerza que pensé que iba a romperse.

– No hay ningún acuerdo, aparte de que vais a devolverme a mi hermana y yo os arrancaré la cabeza de los hombros.

Hertcomb se adelantó y le puso una mano en el hombro.

– No veo que le estéis dando a este hombre motivos para negociar de buena fe.

– Bien dicho, Hertcomb.

– No queráis dárosla de amigo conmigo -dijo con petulancia-. Si contengo al señor es por su hermana, no por vos. Habéis traicionado mi confianza.

– Vuestra confianza difícilmente puede considerarse algo tan valioso como para que haya necesidad de tratarla con mimo -repuse yo.

Hertcomb abrió la boca pero no dijo nada. Pensé que iba a echarse a llorar, y confieso que tuve ciertos remordimientos por lo que le había dicho, pero estaba interpretando un papel, y lo haría hasta sus últimas consecuencias.

Dogmill respiró hondo y se volvió hacia mí.

– Baker, creo que tendréis que haceros a la idea de que habéis afrentado al hombre equivocado.

– ¿Es esa vuestra idea de negociar de buena fe? -pregunté. -Lo es, puesto que estoy diciéndoos la verdad. No me sacaréis ni un penique. Ni un cuarto de penique. No consentiré que un individuo de tan baja ralea como vos me obligue a pagar para recuperar a mi hermana. Pero tengo otra oferta. Si me devolvéis a mi hermana sana y salva, os concederé un día de ventaja antes de empezar a perseguiros. En ese tiempo, si sois listo, podéis marcharos y poneros fuera de mi alcance, porque si os atrapo, os haré picadillo. Es la mejor oferta que puedo haceros.

Yo meneé la cabeza.

– Debo decir que no es eso lo que tenía en mente cuando cogí a vuestra hermana, le até las manos a la espalda y le metí un trapo en la boca.

Greenbill, en pie detrás de su amo, reprimió una sonrisa. A pesar de su lealtad, siempre disfrutaba de un poco de violencia con una mujer.

Pensé que Hertcomb tendría que volver a contener a su amigo, pero Dogmill no se movió.

– Quizá esperabais conseguir algo más, pero no será así. Ahora debéis decidir si queréis sacrificar vuestra vida además de vuestras esperanzas de conseguir riqueza.

– La mayoría de los hombres están dispuestos a renunciar a unas pocas libras si con ello pueden salvar la vida de algún ser querido. Y sois vos quien está en peligro, no yo. Es hora de que lo admitáis.

– ¿Acaso pensáis que son solo fanfarronerías? Ya habéis probado una pequeña parte de mi ira, sin duda lo recordaréis. Pero tengo mucha más. -Se volvió hacia Hertcomb-. Que pase el señor Gregor.

Hertcomb se levantó y desapareció un momento, pero enseguida regresó seguido de un caballero alto y delgado. Me sonrió y tomó asiento.

– Creo que conocéis a este caballero, ¿me equivoco?

– Lo conozco -repuse yo, pues el caballero en cuestión era Elias Gordon.

– El señor Gregor está dispuesto a pedir una orden de arresto por el robo de ciertos pagarés que cogisteis de su casa en Jamaica. Así que, como veis, estáis en mis manos.

– ¿Haríais lo que dice, señor Gregor?

Elias estaba nervioso, pero parecía estar disfrutando. Había cierto tono melodramático en aquella actuación, y no podía evitar explayarse.

– Creo que sabéis muy bien lo que estoy dispuesto a hacer -dijo.

Lo sabía, desde luego, pues ya lo había hecho. Había convencido a Dogmill del riesgo que corría su hermana. Yo quería que la situación se resolviera enseguida, así que Elias se había presentado en casa de Dogmill para asegurarse de que sucedía así.

– Como veis, no tenéis alternativa -dijo Dogmill-. Haced lo que os digo, u os destruiré.

– Bien -dije yo-, si las cosas están así, aún podemos llegar a un acuerdo. Dado lo apurado de la situación en que me encuentro, estoy dispuesto a renunciar al dinero. ¿Qué os parecería cambiar a vuestra hermana por cierta información? ¿Os incomodaría en exceso?

Él pestañeó varias veces, como si tratara de desentrañar el sentido de mi propuesta.

– ¿Qué información? -exigió.

– Información relativa a Walter Yate.

En este punto Greenbill se sonrojó y una expresión que no logré dilucidar pasó por el rostro de Dogmill.

– ¿Qué queréis que sepa yo de eso?

Me encogí de hombros.

– Espero que algo, si es que queréis ver a vuestra hermana con vida.

– ¿Por qué queréis esa información?

– Curiosidad -dije dando un sorbito de vino-. Si me explicáis por qué hicisteis que lo mataran y algunos otros detalles, dejaré a vuestra hermana en libertad. Así de simple.

– ¿Que yo hice que lo mataran? -repitió Dogmill-. Estáis loco.

– Tal vez. -Terminé mi vino y dejé el vaso-. Entonces os dejo. Si cambiáis de opinión, podéis dejarme una nota aquí en las próximas cuarenta y ocho horas. Si no, podéis estar seguro de que no volveréis a ver a la señorita Dogmill. -Y dicho esto, me puse en pie y me dirigí hacia la puerta.

Greenbill se adelantó para interceptarme el paso.

– No permitiré que os marchéis -me dijo Dogmill-. No toleraré que mi hermana quede en vuestras manos, y no dejaré que os marchéis si no me decís dónde está. Podéis hablar de las cuarenta y ocho horas que os plazca, pero os juro que esto terminará esta noche, señor.

Le sonreí, con una sonrisa compasiva.

– No cometáis el error de pensar que actúo solo. El señor Gregor le confirmará mi astucia, creo.

– Es muy astuto -dijo Elias-. Será mejor que le hagáis caso.

Dogmill lo miró, furibundo, y se volvió hacia mí. Se mordió el labio, mientras trataba de pensar una forma de obligarme a quedarme en aquella habitación según sus condiciones y no según las mías, pero no se le ocurrió nada. Por el momento, mi plan funcionaba.

– Decidme qué proponéis -dijo al cabo-. Y rezad para que os perdone la vida.

– Muy generoso. Bien, debéis saber que si no regreso a un punto de reunión acordado a una hora determinada, mis socios tienen orden de trasladar a la señorita Dogmill a un lugar del que no me han informado. Si no tienen noticias de mí en un día, librarán a la señorita Dogmill de las miserias de este mundo. Por tanto, podéis torturarme hasta que revele lo que queréis saber, pero me considero lo bastante fuerte para aguantar hasta el primer plazo que he mencionado, y una vez se cumpla ese plazo, no podréis recuperar a vuestra hermana a menos que yo esté libre y os quiera llevar hasta ella. Así que, señor, decidle a vuestro sabueso que se aparte de mi camino. Tratadme como a un hombre ahora o en otra ocasión, pero nada de amenazas.

Greenbill me miraba a mí, y Dogmill, a Hertcomb. Hertcomb se miraba los zapatos.

Finalmente, Dogmill dejó escapar un suspiro.

– Maldito sinvergüenza. Os diré lo que queráis, pero sabed que no os servirá de nada. Si queréis utilizar esa información en mi contra, no os servirá de nada, pues el testimonio de una sola persona no tiene validez ante un tribunal, y en el caso de un hombre como vos, es lo mismo que nada.

– Tal vez -dije, volviendo a tomar asiento-, pero eso es asunto mío, no vuestro. Solo deseo saber qué tenéis que decir en relación a Walter Yate. Tenéis mi palabra de que si me habláis abierta y sinceramente, veréis a vuestra hermana regresar sana y salva esta misma noche.

Al final, Dogmill se sentó, y Hertcomb lo imitó tímidamente. Greenbill, por su parte, siguió apostado ante la puerta, con la expresión de un ganso que espera la llegada de la natividad cristiana.

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