Collen McCullough - Angel

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Harriet Purcell tiene veintiún años y acaba de diplomarse como técnica en radiología. Con un sueldo más propio de un hombre en el Sidney de los años sesenta, desoye los consejos de su padre, quien le advierte que «sólo los locos, los bohemios y las prostitutas se atreven a vivir en Kings Cross». Así, decide independizarse y se muda a la casa de huéspedes de la señora Delvecchio, situada en ese barrio de mala nota. Allí descubre que su casera, a parte de los alquileres de sus extraños inquilinos, cuenta con otra fuente de ingresos mucho más provechosa: lee las cartas, el horóscopo y escruta las profundidades de su preiada bola de cristal…
Pero es la pequeña Flo, hija de la señora Delvecchio y médium en las sesiones que esta organiza, quien definitivamente roba el corazón de Harriet. A medida que la jóven se adentra en los secretos de los hombres, el amor y las cartas del tarot, va descubriendo también que seguir los dictados del corazón no siempre resulta fácil, y que proteger a quienes más amamos puede convertirse en la tarea más ardua.
Angel es el luminoso relato del despertar de una joven a la vida adulta. Una tierna y deliciosa historia de amor con los más divertidos y bohemios personajes…

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¡Oh, Dios mío! Esa era la única respuesta que no esperaba, y la que menos habría querido oír.

– ¡No, no, no! -grité, con un gesto de desesperación-. ¡No, eso no! ¡Eso nunca!

– Por el escándalo, supongo -dijo él, todavía lívido-. Pero tú quedarás al margen de todo. Conseguiré una mujer que nos ayude a comunicarnos por carta, y no volveremos a vernos hasta que yo sea un hombre libre. ¡Que Cathy muestre sus heridas a la prensa amarilla, y que la prensa amarilla haga su trabajo sucio! Mientras tú no estés involucrada, no importa lo sórdido que pueda llegar a ser todo el asunto. -Tomó con suavidad mis manos entre las suyas-. Amor mío, Cathy tendrá lo que quiera, pero eso no significa que a ti vaya a faltarte nada. Tengo el dinero suficiente para que así sea, créeme.

¡Oh, Dios! No entendió lo que yo quería decir, porque no se le ocurrió pensar que no quiero jugar a ser la esposa del doctor; que yo no podría representar el papel de la esposa del doctor, ni siquiera ante él. Tal vez si yo lo amara un poco más podría hacer el sacrificio. Pero el problema es que no lo amo incondicionalmente.

– Duncan, escucha -dije, fríamente-. No estoy preparada para casarme con nadie, no estoy preparada para sentar cabeza y asumir las responsabilidades del matrimonio. Sinceramente, dudo que alguna vez esté preparada para ello, al menos no para la clase de vida que debería llevar con David, que sería como la que tendría que llevar contigo.

¡Y justo en ese momento aparecieron los celos!

– ¿Quién es David? -preguntó él.

– Mi ex novio. Nadie, en realidad -dije yo-. Vuelve con tu esposa, Duncan, o búscate una mujer que quiera vivir en tu mundo si no soportas a Cathy. Pero olvídate de mí. No quiero tener aventuras con hombres casados, y no quiero que te imagines que soy la segunda señora Forsythe. Se terminó, y no puedo decírtelo de otro modo.

– No me amas -dijo él, decepcionado.

– Sí, te amo. Pero no quiero construir un nido en los suburbios, y no quiero sentir asco por mí misma.

– ¡Pero están los hijos! ¡Querrás tener hijos! -atinó a decir él, como si no tuviera ningún otro argumento.

– No niego que me gustaría tener al menos un hijo, pero eso tendré que decidirlo yo, y preferiría no tener un hijo si eso supone pedirle a un hombre que asuma la responsabilidad. Tú no eres como Ezra, Duncan, pero vienes del mismo mundo, esperas los mismos compromisos, y ambos veis igual a las mujeres. Algunas sirven para divertirse, algunas para procrear. Me siento muy halagada al saber que preferirías que fuera tu esposa antes que tu amante, pero no quiero ser ninguna de las dos cosas.

– No te entiendo -dijo él, profundamente desconcertado.

– No, señor, y nunca me entenderás. -Me acerqué a la puerta y la abrí-. Adiós, señor. Lo digo en serio.

– Adiós, entonces, amor mío -dijo él, y se marchó.

¡Oh, fue terrible! Seguramente lo amo, porque sentí un gran dolor. Pero me alegra haber roto antes de que todo empeorara.

Sábado, 24 de septiembre de 1960

Hoy Christine Leigh Hamilton se convirtió en la señora de Demetrios Papadopoulos. Fue una ceremonia maravillosa, aunque un poco rara. Supongo que hubo muchas negociaciones diplomáticas sobre lo que había que hacer hasta que el novio y la novia terminaron por ponerse de acuerdo. Los parientes y amigos del novio se acomodaron en un sector de la iglesia, y los de la novia en el otro. El sector de él estaba abarrotado, el de ella abarcaba una tercera parte de las filas y estaba formado por personal del Servicio de Urgencias, exclusivamente solteronas, aparte de algunos médicos acompañados por sus esposas. El doctor Michael Dobkins estaba allí con su esposa fisioterapeuta, lo cual desveló un misterio. Era el vivo retrato de Chris, hasta las enormes piernas semejantes a las patas de un piano; salvo por el hecho de que como tenía el dinero suficiente podía darse el lujo de usar lentes de contacto. ¿Cómo lo sé? Porque tiene esa mirada de «más cegata que un topo sin gafas». Por mucho que sus prótesis ópticas le faciliten la visión, conserva esa mirada borrosa típica de los miopes.

La última persona que esperaba ver era a Duncan; pero allí estaba, con esposa y todo. Por supuesto, me di cuenta de que Chris debía de conocerlo muy bien de la época en que trabajaba en el servicio principal de Radiología, porque los traumatólogos estudian muchas radiografías de huesos. Me refugié en la parte más apartada de la iglesia; llevaba la cabeza cubierta con un pañuelo rosado porque, por más que se tratase del casamiento de Chris, me negaba rotundamente a usar sombrero. Hasta el momento en que vi a la señora de Duncan Forsythe, me había sentido complacida con mi vestido rosa de punto y ceñido. Pero la señora Forsythe… ¡uf! Jacques Fath, si el drapeado de su ceñido modelo beis no me engañaba. Guantes de cabritilla beis con siete botones, zapatos de cabritilla beis de Charles Jourdan. Iba muy elegante. Comparada con nosotros, unos simples campesinos nativos y «nuevos australianos», ella destacaba entre todos los presentes; pese a que su pelo, su piel y sus ojos son de un color tan beis como lo era su atuendo. Su imagen tendría que haberse desdibujado entre la muchedumbre, pero no fue así. Sus joyas rebosaban de perlas demasiado deslucidas y pálidas como para ser falsas.

Duncan tenía un aspecto terrible, aunque la esposa se había asegurado de que fuese perfectamente vestido para una ocasión que, estoy segura, a ella no le importaba en absoluto. Apenas ha pasado una semana y él ya no significa nada para mí. Se ha desdibujado, pero no como el beis de su esposa, sino con varios matices de gris. Su piel se ha vuelto gris, igual que su pelo. ¿Pueden aparecer tantas canas en una semana? Supongo que sí, que el pelo puede encanecer de la noche a la mañana. Me pareció que incubaba un ataque cardíaco, pero Duncan es un hombre demasiado sano para que le ocurra algo así. No, Harriet Purcell, está sufriendo, nada más, ¡y todo lo que le pasa es culpa tuya, maldita bruja egoísta! Aunque me gustó poder echar una mirada a su esposa, probablemente nunca más vuelva a verla.

Resulta que Chris no tiene parientes cercanos, ¡así que quien entregó a la novia fue la Hermana Agatha! La novia llevaba un vestido con miriñaque estilo Scarlett O'Hara de tul blanco, cubierto con millones de volantes de encaje y una cola impresionante sostenida por dos niñas griegas que titubeaban adorablemente; y todo el mundo comenzó a murmurar de admiración cuando entró en la nave del templo del brazo de la Hermana Agatha. La Hermana Agatha llevaba un vestido azul pastel de guipur con volantes y un sombrero de paja que habría hecho las delicias de la reina madre, también azul pastel, adornado con unos copetes almidonados, una redecilla malva y un par de orquídeas color púrpura iguales a su corpiño. La Hermana de Urgencias -hoy Marie O'Callaghan, supongo- era la única dama de honor, y lucía un vestido de raso amarillo cuyos volantes tenían bordados unos narcisos. La novia llevaba uno de esos ramos que sólo se ven en las fotos de boda de los años veinte y treinta, masas compactas de azucenas y orquídeas. La dama de honor llevaba otro, despampanante, de rosas color té. Como comprar las flores es tarea del novio, guiñé un ojo a Demetrios.

El festejo se hizo en un restaurante griego de Kensington y, en mi opinión, fue brillante. ¡Los padres de Demetrios estaban tan orgullosos de él…! Se las había arreglado para salir de Grecia rumbo a Australia en uno de esos viajes de diez libras en barcos que parecen espantosas cucarachas negras. Gracias a eso, los Papadopoulos se habían incorporado a la clase media australiana. Los Forshythe, descubrí, se limitaron a asistir sólo a la iglesia. Allí le estrecharon la mano al novio y besaron a la novia en el atrio en medio de toneladas de papel picado para luego marcharse silenciosamente en un enorme Rolls negro, sin duda a disfrutar de una reunión más acorde con su paladar. No creo que ninguno de los dos me haya visto, porque me escondí detrás de una columna y me quedé allí hasta que el Rolls arrancó.

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