Collen McCullough - Angel

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Harriet Purcell tiene veintiún años y acaba de diplomarse como técnica en radiología. Con un sueldo más propio de un hombre en el Sidney de los años sesenta, desoye los consejos de su padre, quien le advierte que «sólo los locos, los bohemios y las prostitutas se atreven a vivir en Kings Cross». Así, decide independizarse y se muda a la casa de huéspedes de la señora Delvecchio, situada en ese barrio de mala nota. Allí descubre que su casera, a parte de los alquileres de sus extraños inquilinos, cuenta con otra fuente de ingresos mucho más provechosa: lee las cartas, el horóscopo y escruta las profundidades de su preiada bola de cristal…
Pero es la pequeña Flo, hija de la señora Delvecchio y médium en las sesiones que esta organiza, quien definitivamente roba el corazón de Harriet. A medida que la jóven se adentra en los secretos de los hombres, el amor y las cartas del tarot, va descubriendo también que seguir los dictados del corazón no siempre resulta fácil, y que proteger a quienes más amamos puede convertirse en la tarea más ardua.
Angel es el luminoso relato del despertar de una joven a la vida adulta. Una tierna y deliciosa historia de amor con los más divertidos y bohemios personajes…

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– Me manda la señora Delvecchio Schwartz -anunció-. Le pregunté por Pappy, pero no me quiso decir nada y ella no está en casa.

Fui a preparar café con el ceño fruncido.

– Venga, déjame hacerlo a mí -dijo y me apartó del camino-. Quiero saber qué le pasa a Pappy, tú concéntrate en eso.

Así que se lo conté. Me escuchó lleno de tristeza, apretando los dientes y dando puñetazos sobre la mesa.

– Voy a encontrar a ese bastardo y lo mataré a golpes.

– Antes de hacerlo, será mejor que escuches lo que la señora Delvecchio Schwartz tiene que decir al respecto -respondí escondiéndome detrás de la taza de café-. Pappy no quiere que se le caiga ni un pelo a Ezra. Está decidida a protegerlo a toda costa, incluso a costa del bebé. Se niega a demandarlo para su manutención, a informar a la esposa o a hacer cualquier otra cosa que pueda perjudicarlo. Además, la señora Delvecchio Schwartz te pondrá el dedo en la llaga, te dirá que no eres ni el esposo, ni el padre, ni el hermano, ni el tío, ni el primo de Pappy; y que no tienes ningún derecho a decir o hacer nada.

– ¿Acaso el amor no es una buena excusa? -preguntó-. Pappy no tiene familia. Si nosotros no la cuidamos, ¿quién lo hará?

– La estamos cuidando de la forma que ella quiere que lo hagamos, Toby -respondí con tranquilidad-. El daño ya está hecho y, gracias a Dios que contamos con Duncan Forsythe. Si no está aquí al lado, es que ya se debe de haber ido al sanatorio. Y no, no sé cómo se llama ni dónde queda, porque Duncan no quiso decírmelo. Tampoco puedes decir nada a nadie, así que controla tus nervios. ¡Si llegas a hablar con Harold cuando te lo encuentres por el camino (aunque sólo sea para camelarlo), te juro, Toby Evans, que te castraré! Ese hombrecillo endiablado no tiene un pelo de tonto y es muy peligroso.

Sin embargo, dudo mucho que haya escuchado una sola palabra de lo que dije. Estaba muy alterado. Además, estaba furioso de sólo pensar que Duncan pudiera ayudar mucho más que él. Me dio lástima. Es difícil imaginar todo lo que debe de haber sufrido con lo de Pappy y Ezra.

La segunda taza de café sirvió para calmarlo un poco. Se recuperó lo suficiente para mirarme de arriba abajo con… ¿desprecio?

– Pareces muy satisfecha -dijo cruelmente.

– ¿Satisfecha? ¿Qué quieres decir?

– Pese al problema de Pappy, parece como si, en cuanto el gran cirujano arregló su futuro, tú y él os lo hubierais pasado en grande. -Rió burlonamente.

Le di un cachetazo tan fuerte con la mano abierta que lo hice tambalear.

– ¡No te atrevas a juzgarme! -susurré-. ¡Que ni se te ocurra! ¡Y menos a Duncan Forsythe! El problema es que no soportas que otras personas hagan más por Pappy de lo que tú puedes hacer. Pues, ¡vete al infierno! ¡Aprende a vivir con eso, no la tomes conmigo!

Estaba tan pálido que la marca de mi mano sobre su piel destacaba como una mancha de nacimiento.

– Lo siento -dijo secamente-. Tienes razón. No te preocupes, ya se me pasará.

Puse el brazo alrededor de sus hombros y le di un apretón. Él me correspondió, se deslizó por debajo de mi brazo, me sonrió y se marchó.

No fue una buena forma de empezar el día. Además, tuve que ir a la oficina de la Hermana Agatha a comunicarle que Pappy estaría fuera dos semanas.

– ¡Esto es de lo más irregular, señorita Purcell! -objetó-. ¿Por qué la enfermera Sutama no se personó en enfermería?

– Fue a su médico local -mentí-. Tengo entendido que él remite a sus pacientes a lugares como Vinnie u hospitales privados de la zona Este. -Oh, ¿por qué todo el mundo tiene que complicar tanto las cosas?

– Eso es irrelevante, señorita Purcell. La enfermera Sutama es parte del personal y tiene derecho a internarse en Queens sin importar quién sea su médico. Basta transferirla al cuidado de uno de nuestros médicos que, sin duda no necesito recordárselo, son los mejores.

– Lo lamento, Hermana Toppingham, pero no puedo darle más información. Lo único que sé es que la enfermera Sutama ha preferido permanecer al cuidado de su propio médico.

– ¡Esto es de lo más irregular! -cacareó la Hermana Agatha, observándome con desconfianza a través de sus ojos celestes. Sospechaba que había gato encerrado, estoy segura. Será una vieja acartonada pero, no cabe duda de que, después de treinta años de dirigir un batallón de mujeres jóvenes, es fácil darse cuenta de que, algunas veces, uno más uno es igual a tres.

– Lo siento, Hermana -dije utilizando la respuesta convencional.

– Está bien, señorita Purcell, está bien -respondió, mientras se inclinaba sobre el escritorio para revisar unos papeles-. Puede retirarse.

Salí de un aprieto y me metí en otro, aunque éste formaba parte de la rutina. Paciente desorientado, se solicitan las propiedades calmantes de Harriet Purcell.

Por suerte, una hora más tarde, las cosas se tranquilizaron y pudimos sentarnos a tomar una taza de té. La Hermana de Urgencias se unió a nosotras (la fecha de la boda era ya inminente). Sin embargo, antes Chris tenía otra cosa que discutir conmigo.

– ¿Por qué has llegado tarde? -preguntó.

– He tenido que ir a ver a la Hermana Agatha. Pappy sigue enferma.

– ¿Qué le pasa?

– Nada grave, pero su médico decidió ingresarla.

– ¡Pobrecilla! ¿En qué hospital está, en Vinnie o en el de Sydney? Marie y yo queremos ir a visitarla de camino a casa.

– No va a ser posible. Está en un sanatorio en el campo.

Chris y Marie intercambiaron una mirada de complicidad y empezaron a hablar de la boda.

¡Gracias a Dios, Pappy no se relacionaba con nadie del personal! Con Chris y la Hermana de Urgencias no hubo problemas, pero sin duda la noticia de la repentina enfermedad de Pappy correrá como reguero de pólvora. Todo el mundo la conoce; hace trece años que trabaja en Radiología. Chris y la Hermana de Urgencias me hicieron sudar la gota gorda. Una cosa es pensar en la remota posibilidad de quedar al descubierto, o incluso decidir que a uno no le importa que eso suceda; pero cuando, de pronto, te enfrentas cara a cara con la realidad concreta porque el problema de una amiga se va a convertir en un asunto de dominio público… el mundo se ve desde otra perspectiva.

¿Qué pasaría si papá y mamá se enteraran? ¡Por Dios santo! ¡Me muero si mis padres piensan que su hija es una rompe-hogares! Porque así es como me van a calificar si Cathy F. se llega a enterar. Seré una rompehogares.

Sábado, 17 de septiembre de 1960

Cuando Duncan llegó hoy a mediodía, se lo dije.

– No puedo soportar este malestar. -Traté de explicarle sin entrar en detalles tales como los corrillos del hospital o la bofetada que propiné a Toby por sus desagradables comentarios-. Sé que he elegido el peor momento, justo cuando acabas de comportarte maravillosamente con Pappy, y por eso te pareceré de lo más ingrata. Pero es que estoy pensando en mis padres, ¿me entiendes? Duncan, lo que yo haga con mi vida es asunto mío, pero no si estoy involucrada con un hombre casado… En ese caso, todo el mundo se siente con derecho a opinar. ¿Cómo hago para plantar cara a mamá y papá? Si seguimos así, esto terminará por saberse. Así que debemos romper.

¡Menuda cara puso! ¡Y sus ojos! Pobrecillo, era como si le hubiese dado una puñalada certera.

– Tienes razón, por supuesto -dijo con voz temblorosa-. Pero yo tengo otra solución, Harriet. No puedo vivir sin ti, de verdad que no puedo. Lo que dices es incuestionable, mi amor. Lo último que querría es hacerte sentir que no puedes mirar a la cara a tus padres. Así que lo mejor será que le pida a Cathy que nos divorciemos. Ya mismo. Y cuando tenga el divorcio, podremos casarnos.

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