Era un abrigo, gris azulado. De corte impecable, pesado, grueso. No le costó adivinar que había sido su madre la que lo había escogido.
– Espero que te guste -aventuró él.
– Es precioso. Gracias.
La prenda contaba con un cuello ancho que se levantaba por completo, y en los bolsillos llevaba metidos unos guantes azules. Apenas se los puso, se sintió maravillosamente bien. Alfred le sonreía, exultante, esperando algo más, y ella sintió deseos de decirle: «Que acabes de regalarme un abrigo no te convierte en mi padre.»
Pero lo que hizo fue acercarse a él, rodearle el cuello con los brazos y darle un beso en una mejilla recién afeitada, que olía a sándalo. Aquello fue un error, no debió haberlo hecho. Por su forma de mirarla supo que él creía que las cosas entre ellos habían cambiado.
¿De veras creía que podía comprarla tan fácilmente?
El otro momento culminante del día se produjo con la aparición de la radio eléctrica. No de esas de hilo de cobre, sino de las de verdad. Estaba fabricada en roble pulido, y contaba con una rejilla de tejido marrón en forma de pájaro sobre el altavoz delantero. A Lydia le encantó. Se pasó casi toda la tarde sin despegarse de ella, moviendo las ruedas, llenando el aire de la habitación con la voz estridente de Al Jolson, o con los tonos acaramelados de Noel Coward, que cantaban Room with a View. Los intentos de Alfred por conversar con ella quedaban casi siempre en eso, en intentos, pero después de que por el aparato dieran una noticia referida al primer ministro Baldwin, él se arrancó con una perorata sobre lo sensato que había resultado firmar un acuerdo y reconocer el gobierno de Chiang Kai-Chek, y se mostró orgulloso de que Gran Bretaña fuera uno de los primeros países en hacerlo.
– Pero ha sido Josef Stalin, y no nosotros, los británicos -añadió- quien ha tenido la buena idea de entregar dinero y asesoría militar a los nacionalistas del Kuomintang. Y ahora Chiang Kai-Chek ha decidido librarse de los rusos. Qué necio.
– Eso no tiene sentido -replicó en voz baja Lydia, con un oído puesto aún en Adele Astaire y su Fascinating Rhythm -. Stalin es comunista. ¿Cómo iba a ayudar al Kuomintang, que se dedica a matar a los comunistas en China?
Alfred se limpió los lentes.
– Debes comprender, querida, que está apoyando la fuerza que cree que saldrá victoriosa en esta lucha de poder entre Mao Tse-Tung y el gobierno de Chiang Kai-Chek. Tal vez parezca contradictorio que Stalin haya tomado esa decisión, pero en este caso debo reconocer que tiene razón.
– Ha expulsado a León Trotski de Rusia. ¿Cómo va a tener razón?
– Rusia, como China, necesita un gobierno unido, y Trotski estaba causando facciones y divisiones, y…
– Silencio -exigió Valentina de pronto-. Dejad de hablar de Rusia. ¿Qué sabéis ninguno de los dos? -Se levantó y se sirvió otra copa de oporto, que llenó hasta el borde-. Es Navidad. Vamos a estar contentos.
Los miró con gesto severo, y dio un sorbo al licor.
Se retiraron temprano, pero durante el trayecto de regreso a casa no se dirigieron la palabra. Las dos albergaban pensamientos que preferían no compartir.
Fue en el día de Año Nuevo cuando todo cambió.
Apenas puso los pies en el claro que se abría junto a la Quebrada del Lagarto, Lydia lo supo. El dinero no estaba. El cielo era de un azul pálido, límpido, y el aire tan frío que parecía morderle los pulmones, pero ella se había cubierto muy bien con el abrigo nuevo, y llevaba puestos los guantes, de modo que no le importaba. Los árboles que flanqueaban la estrecha franja de arena mostraban sus ramas desnudas, blancas como esqueletos, y el agua saltaba tras ellos con gran energía. Lydia había llegado hasta allí con la idea de poner otra marca en la roca plana, una línea fina grabada en ella que indicara que había vuelto allí, por más absurdo que resultara.
Pero el túmulo había desaparecido.
La montaña de guijarros que había levantado en la base de la roca. Destruida. Esparcida. Desaparecida. La tierra sobre la que se alzaba se veía gris y removida. El corazón le dio un vuelco, y hasta su lengua llegó el sabor de la adrenalina. Se arrodilló, se quitó los guantes y escarbó en el suelo arenoso. Aunque en otros lugares la tierra se había helado hasta endurecerse por completo, ahí seguía siendo suave, y se desmoronaba con facilidad. No hacía mucho que otra persona lo había hecho. El tarro de cristal seguía en su sitio, gélido al tacto. Pero del dinero no quedaba ni rastro. Los treinta dólares se habían esfumado. Experimentó una gran sensación de alivio. Estaba vivo. Chang estaba vivo.
Vivo.
Aquí.
Había venido.
Torpemente, con prisas, destapó el tarro, metió la mano dentro y extrajo lo que había dentro. Una sola pluma blanca, suave y perfecta como un copo de nieve. La posó en la palma de la mano y se dedicó a contemplarla. ¿Qué significaba?
Blanca. De un blanco chino. El blanco era el color del luto en China. ¿Significaba que había muerto? ¿Qué estaba muriéndose? La boca se le secó al pensarlo. O… Blanco. La pluma de una paloma. Paz. Esperanza. Un signo de futuro.
¿Cuál de las dos? ¿Cuál de las dos?
Permaneció largo rato arrodillada junto al agujero cavado en la tierra, con la pluma atrapada entre las dos palmas ahuecadas, mientras el viento le lanzaba sus cuchillas desde el río, directamente al rostro. Pero ella apenas se percataba. Finalmente, colocó la pluma sobre un pañuelo, lo dobló con esmero y se lo metió en la blusa. Extrajo entonces la navaja del bolsillo, se cortó un mechón de pelo y lo metió en el tarro. Lo cubrió con la tapa, que apretó con fuerza, y volvió a enterrarlo. Y construyó otra montaña de guijarros.
A sus ojos, el montículo parecía un túmulo funerario.
Un ruido en el sotobosque, tras ella, le hizo girarse. Dos urracas emprendieron el vuelo, alertándola con sus graznidos roncos y los destellos azulados de sus alas. Se le erizó el vello de la nuca, y una sonrisa y un grito de alegría asomaron a sus labios. Dio un paso al frente para ir a su encuentro.
Pero no era Chang.
La decepción se apoderó de ella, desgarrándola.
Una mano larga, de uñas amarillentas, apartó una rama baja de brezo y el cuerpo a la que pertenecía abandonó la espesura. Durante una fracción de segundo Lydia entrevió una figura alta y delgada, vestida con harapos.
No era Chang.
Entonces, la figura se esfumó. Lydia avanzó deprisa, corriendo tras él, entre los arbustos, ajena a las espinas y los rasguños. El camino era poco más que un sendero abierto por las alimañas, estrecho y serpenteante bajo los abedules, pero las manchas de espesa vegetación proporcionaban lugares para ocultarse.
No lo veía. Dejó de correr y aunque se mantuvo en silencio, escuchando atentamente, sólo oía los latidos de su corazón, que resonaban en sus oídos. El aire frío se le clavaba en la garganta. Esperó. Un cernícalo sobrevolaba en las alturas, aguardando también. Sus ojos rastreaban el bosque, en busca de algún movimiento, y al poco vio que una sola rama se agitaba, antes de quedar de nuevo inmóvil sobre ella, a la izquerda, entre una maraña espesa de saúco y hiedra, donde un racimo de bayas heladas se aferraba a los tallos y un gorrión saltaba de rama en rama.
¿Había sido el pájaro el que había movido la rama?
Se adelantó un poco, mientras palpaba la navaja que llevaba en el bolsillo. La extrajo y dejó el filo al descubierto. Avanzó más, observando los arbustos y los espacios en penumbra, y cuando ya creía que lo había perdido, un hombre dio un salto, fue a caer casi a sus pies y echó a correr. Pero sus movimientos eran erráticos. Tropezaba, se ladeaba. Lydia no tardó en darle alcance, se colocó tras él. El corazón le latía con fuerza cuando le agarró el hombro, y el ligerísimo empujón bastó para que le fallaran las piernas y cayera de bruces en el suelo. Ella se arrodilló junto a él al instante, empuñando la navaja. Que fuera capaz de usarla era algo en lo que por el momento prefería no pensar.
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